Immortalis CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Encontró a Lenore muy atareada. Las faldas de luto se zarandeaban con una agitación sospechosa a lo ancho del laboratorio. Todavía estaba recolectando como flores en el campo las herramientas necesarias para el estudio.

Él no anunció su presencia de inmediato. La miró de hito en hito desde el umbral con la cabeza ladeada y la ligera sensación de estar metiéndose en la boca del lobo.

No le extrañaba que la señorita Nightingale soñara con ser médico.

Había crecido en un ambiente liberal. No le extrañaba que la señorita Nightingale tuviera madera de doctora.

Había talentos hereditarios y, por lo visto, la mano para la medicina era uno de ellos.

No le extrañaba que la señorita Nightingale supiera manejar instrumental de laboratorio.

Había disfrutado de la oportunidad de practicar en su propia vivienda.

Lo que le extrañaba era que hubiese podido acceder a un depósito de cadáveres cercado por Scotland Yard y se le hubiera concedido, además, el permiso para extraer la sangre, piel y saliva de uno de los cuerpos.

Gulliver había tenido manga ancha con su hija menor, pero esa manga ancha no era —o no debía ser— trasladable a los médicos del hospital de Londres o del depósito de Whitechapel, y ni mucho menos a la comisaría del distrito H.

, a la que la Policía Metropolitana había metido en cintura tras el fracaso con el Destripador.

Siendo muy optimista, Lenore podría haber empleado en beneficio propio la fascinación que el inspector adjunto sentía por ella, tan dolorosamente evidente que Reuben se había compadecido del pobre miserable en el curso de un intercambio verbal.

Pero el verdadero mandamás a nivel operativo, quien tomaba las decisiones en el cuerpo, era Donovan Mandeville.

Conociéndolo como lo conocía, a Winthrop le sorprendería que el inspector jefe se hubiera dejado subyugar por los atípicos encantos de la señorita Nightingale.

El tipo era un apasionado de las mujeres bonitas, empezando por su esposa y terminando por su última amante ocasional, sin descontar ni desmerecer a la que fuera a suceder a la segunda...

lo que no significaba que no le quedara espacio en el corazón de condominio para incluir a Lenore, sino que la muchacha habría sido descartada de entrada por no responder con exactitud al canon de belleza obvio.

La hija del médico no era lo que uno llamaría un colmo de hermosura, y los hombres como Mandeville, primarios y exasperantes por su grado de previsibilidad, carecían de la sensibilidad necesaria para apreciar un atractivo más sibilino.

El sujeto del estudio de Lenore, pues, podía estar o podía no estar muerto, pero donde desde luego no había estado era en la morgue.

Por supuesto, no pensaba verbalizar sus sospechas. Corría el riesgo de que la muchacha le cerrara las puertas de la casa y el laboratorio, y, además, a Reuben le gustaba hacer averiguaciones por su cuenta. El proceso era más divertido y obtener resultados era mucho más gratificante.

—Le propongo realizar la tinción de Gram con la muestra de saliva para primero clasificar las bacterias presentes en el extracto —sugirió para dar a conocer su llegada—, después observar su morfología individual y, más tarde, identificarlas para...

Ella ni siquiera se giró antes de interrumpirlo.

—Conozco la tinción de Gram y sé para qué se hace, doctor.

—¿De veras? —Reuben se frotó la barbilla—. ¿Para qué se hacía, señorita? Se me ha olvidado. Qué mala memoria la mía.

Lenore castigó su burla con una mirada cansina, pero aceptó caer en ella más por ordenar sus ideas recordando el procedimiento que para deslumbrarlo.

Gulliver había sido un excelente maestro. No solo le había enseñado las lecturas obligadas de un estudiante de medicina, sino que le había inculcado una delirante seguridad en sí misma y el ego desmesurado de los profesionales del gremio.

—Se practica para averiguar qué tipo de organismo causa una enfermedad infecciosa.

—¿Ha realizado este experimento alguna vez?

—Junto a mi padre.

—Ahora entiendo por qué el inspector adjunto la requirió en el depósito el otro día —indagó con aparente naturalidad. Se adelantó hacia el microscopio óptico—. Sabe que no es usted una jovencita impresionable y que podría colaborar en la autopsia sin desmayarse.

De no haber sido él un hombre acostumbrado a vigilar el movimiento corporal ajeno en busca de diagnósticos y ánimos beligerantes, no se habría percatado de que Lenore se tensaba con la mención de Edward: la muchacha demostró un control admirable sobre sus impulsos reponiéndose de inmediato.

—Si supiera de veras que no soy impresionable y que puedo colaborar en una autopsia, doctor, me habría requerido para practicarla, no para interrogarme acerca de la polca que bailé con el difunto.

—Tuvo que ser una polca francamente brutal si la cuestionó como principal sospechosa —comentó con sorna.

Luego lanzó la vista al techo, buscando ahí una justificación verosímil—.

Supongo que, igual que la policía no puede entender las particularidades de nuestro oficio, pero aun así ha de respetarlas, nosotros tampoco debemos juzgar sus métodos.

Yo también me he estado preguntando por qué se me interrogó a posteriori sobre mi presunta complicidad con usted.

Por alguna razón, el inspector debió pensar que una asociación puntual entre un médico y una muchacha soltera —subrayó con intencionalidad— es tan susceptible de aportar pistas sobre el asesinato de Paulson como el arma homicida o la escena del crimen.

—O a lo mejor solo se acercó a interrogarle porque cree que estoy enamorada de usted.

Reuben levantó la mirada de la placa de Petri. Movió la cabeza lentamente hacia Lenore, a la que encontró justo como había imaginado: poniéndole a su tarea toda la solemnidad que le había restado al comentario pronunciándose con un desdén cuasiofensivo.

—Si lo está, señorita Traviata, voy a tener que desalentarla.

—Más que desaliento, doctor, su rechazo me proporcionaría un alivio inmenso.

Reuben se echó a reír, no sin perplejidad.

Por lo que había podido observar en su paso por el mundo, los enamoramientos eran la base sobre la que las mujeres burguesas construían su vida, el único valor que considerar a la hora de tomar una decisión.

Por otra parte, se reservó la pregunta obvia: por qué los afectos de Lenore le supondrían una gran preocupación al inspector.

Por años que hubieran pasado desde que lo sufrió en carne propia, Reuben nunca olvidaría la expresión de un hombre enamorado.

—Un alivio inmenso le proporcionaría usted al caballero si tuviera la bondad de desmentir sus sospechas.

—Si tuviera que pararme a desmentir todas las habladurías que se vierten sobre mí, doctor, nunca habría terminado de leerme un tratado médico.

—Y entonces todo el mundo habría sido significativamente más feliz.

—En especial el inspector, eso por descontado —masculló con los hombros rígidos por la indignación.

Reuben volvió a extrañarse, esta vez ante el descubrimiento de que la señorita Nightingale podía experimentar emociones humanas.

Saliéndose de contextos académicos, por supuesto.

Ya venía sabiendo que la entusiasmaban los diagnósticos de cólera.

—No lo desmiente porque no le conviene, ¿me equivoco? —se sorprendió inquiriendo. ¿ Qué le importaba a él, por Dios ?—. Porque es usted incapaz de mentir, y si bien no soy yo el objeto de su deseo, alguien hay acaparando sus pensamientos.

Lenore seguía sin mirarlo. No era más que un desesperado intento por fingir indiferencia hacia un tema que, sin embargo, tenía el poder de erizarle el vello.

—Creía que nos reuníamos en el laboratorio para honrar la ciencia, doctor.

Reuben lanzó una exclamación teatral.

—Ah, pero el amor es una ciencia también. Inexacta y por eso poco fiable, sí, pero podría tratarse de una ciencia social. ¿Por qué tanto misterio, señorita? ¿Es que está enamorada del hombre inadecuado?

Lenore apretó los labios y hundió aún más la barbilla en el pecho, impaciente por volver a concentrarse en su tarea.

—No tengo tiempo para absurdos enamoramientos.

—¿Para qué tiene tiempo, entonces? ¿Qué busca sino un marido?

—La verdad sobre todas las cosas.

La curiosidad de Reuben sobrevivió a todos los obstáculos que tanto ella como él mismo habían puesto: el sarcasmo, la provocación, el desdén, la socarronería. Fue lo mismo que esquivó Lenore con éxito valiéndose de respuestas breves pero categóricas.

Aunque nunca había habido fingimientos por su parte durante los encontronazos con la señorita Nightingale, que de veras se le antojaba un estorbo y un colmo de insolencia, debía reconocer que nunca la había tomado ni por una simplona ni por una mera entrometida.

Su pasión por la ciencia estaba implícita en los conocimientos que había fomentado desde muy temprana edad y manifiesta en las prácticas clínicas que realizaba a conciencia y que, visto lo visto, priorizaba sobre el cuidado del hogar o la búsqueda de esposo.

Reuben no dudaba que el barón Fellowes apreciaría que se tomara sus obligaciones de casadera algo más en serio.

No había contado, sin embargo, con que la criatura sería interesante más allá de su obcecación por conquistar los ámbitos masculinos.

Reuben había conocido a mujeres deslenguadas y con ambiciones fuera de su alcance en innumerables ocasiones; casi cada vez que había puesto un pie en la calle.

Mujeres cuya vida giraba en torno al descubrimiento, por amor al descubrimiento, no había visto tantas.

Ni siquiera él podía afirmar que su dedicación en particular estuviera libre de motivaciones personales, la mayoría innobles, como ver algún día su nombre escrito junto al de Pasteur...

o solo impreso en un periódico lo bastante leído para que sus enemigos montasen en cólera y Cecily Lovelace, desde dondequiera que estuviese, supiera que si alguien seguía los pasos del gran médico Reuben Winthrop llegaría indefectiblemente hasta ella.