CAPÍTULO 21
El doctor Reuben Winthrop solía detenerse a admirar la cuarta townhouse georgiana de Great Ormond Street antes de introducir la llave en la cerradura.
A sabiendas de que fue esta la que ocupó Gulliver Nightingale sus últimos días de vida, alzaba la vista hacia los ventanales de la habitación principal.
Entonces se quitaba el sombrero, una humilde prenda de fieltro con la que nunca terminaba de sentirse cómodo, tal era la falta de costumbre, y guardaba un minuto de silencio.
Había establecido esta especie de ritual en señal de respeto al difunto. Toda una excentricidad para quien lo conocía, porque Reuben no era de la escuela del agradecimiento o la mortificación y las tradiciones solemnes se la traían al pairo.
Creía que quienes predicaban la importancia del perdón nunca habían sido víctimas de un agravio imperdonable; que las costumbres sociales, incluso aquellas en apariencia inofensivas o beneficiosas para fomentar el espíritu comunitario, eran herramientas de manipulación para someter la voluntad y anular la personalidad del individuo y de este modo fundirlo con el resto de la masa homogénea que era el vulgo.
En cuanto al agradecimiento... Si alguien le había prestado un favor alguna vez, se seguía atribuyendo a sí mismo el orgullo y la astucia de haber salido ileso de una situación complicada.
A fin de cuentas, había sido él quien había tenido el excelente criterio de buscar a la persona adecuada para solventarlo.
Por supuesto, tampoco creía en los halagos.
Siempre se había cuidado de no reconocerle al doctor Nightingale en particular ni los logros ni la brillantez.
Ceder a la adulación habría sido redundante en el mejor de los casos, puesto que su extraordinario hacer saltaba ya a la vista, y de un servilismo sonrojante en el peor.
Sin embargo, si alguna vez Reuben se había sentido inclinado a ponerle una mano en el hombro a un tipo y estrechárselo en un gesto de hermandad, había sido inspirado por la compañía de Gulliver. Hasta la fecha podía tratarse de la única persona a la que le debía algo más que su gratitud.
Como, por ejemplo, la vida.
Había tenido la desfachatez de morir sin saberlo.
Algo que, igual que otras tantas cosas, Reuben jamás se perdonaría.
Establecido ya el riguroso saludo al fantasma de Nightingale, accedió al recibidor, no sin antes forcejear con la puerta. Las bisagras del acceso principal se habían desengrasado y había que emprenderla a empellones, como en una intervención policial.
Reuben todavía llevaba —y llevaría por un tiempo— el brazo en cabestrillo, lo que le dificultaba tareas cotidianas como cargar en brazos a un paciente demasiado débil. Para pelearse con la puerta no habría estado de más que alguien le echara una mano.
Maldijo a Lenore Nightingale una vez más en cuanto cruzó el umbral, sudando por el esfuerzo y con un dolor punzante en la escápula fastidiada. Prefería no recordar cómo se había accidentado. Si lo tenía demasiado presente, sucumbiría a terribles deseos de venganza devolviéndole el golpe triplicado.
Allí de donde Reuben venía, a las mujeres no se les prodigaba un trato preferente por el simple hecho de pertenecer al sexo débil.
Con independencia de su género, quien la hacía la pagaba.
Pero, como solía decirle Cecily, «tarde o temprano tendría que empezar a actuar como un caballero, aunque solo fuera para despistar a sus enemigos».
No le quedaría otro remedio que tomarle la palabra y comenzar a practicar sus modales con la señorita Nightingale, su nueva compañera de aventuras científicas. Al final, si no era por estricta conveniencia, Reuben no se molestaba ni se molestaría jamás en desplegar un buen comportamiento.
Nada más entrar, oyó el ajetreo de la primera planta.
Lenore ya estaba allí. Puso los ojos en blanco y suspiró para sus adentros, harto de sus extravagancias antes de empezar siquiera la segunda parte de sus investigaciones.
Se quitó el abrigo, también con dificultad — Dios santo, odiaba sentirse un reverendo inútil —, y, en lugar de ir a su encuentro, se dejó distraer por la salita que cobijaba el precioso gramófono.
El aparato le maravillaba. Había estado a punto de robarlo en más de una ocasión.
Por suerte, había mantenido a raya los impulsos viciados de su antigua vida y había priorizado respetar la memoria de su viejo compañero.
Aun así, era muy consciente —hasta un punto insoportable— de que solo si lo sustraía a espaldas de su insolente heredera podría gozar de una pieza musical en su salón.
Ni viviendo mil vidas podría permitirse un lujo de tamaña categoría.
Nunca había tenido nada que envidiarle al sueldo del doctor Nightingale.
Cierto era que el difunto realizaba consultas privadas en casas nobles, lo que suponía un monto extra, mientras que él se oponía a prestar un servicio individualizado a la fauna del West End por simples códigos de ladrón.
Pero por más que hubiera atendido los caprichos de los condes y marqueses de Victoria —siempre con una pinza en la nariz—, jamás habría igualado la fortuna heredada de Gulliver.
Los Nightingale eran una familia de zorros astutos.
Llevaban un par de generaciones aprovechándose de la decadencia aristocrática y la moda de vincularse con la burguesía para fomentar matrimonios entre trabajadores honrados —médicos, sobre todo— y mujercitas de sangre azul.
Haciendo alarde de un talento sin parangón para gestionar las finanzas, los Nightingale habían protegido la dote de sus nobles esposas casi tanto como habían mimado su relación con los parientes de alto linaje, a saber: aquellos que en momentos de escasez nutrirían las arcas de la pareja con préstamos que no exigirían nunca de vuelta por razones de orgullo nobiliario.
Gulliver había amado a su esposa. De eso no cabía la menor duda.
Pero Reuben, fuera por malpensado o porque le constaba que nada en el mundo era fruto del azar, sostenía que en un principio se había casado con ella por razones muy alejadas del afecto.
Y bien podía estar en boga el matrimonio de conveniencia entre las clases altas, pero para los pobres diablos como él era impensable desposar a una desconocida por algo tan sucio como el dinero.
En contraposición con esta crítica, se erigía otra defensa para equilibrar la balanza: que Gulliver hubiera tenido suficiente efectivo para abrazar el hedonismo de una vida contemplativa hizo de su labor médica algo tan vocacional como deshonroso para la familia de la novia.
Sus pares nunca le habían perdonado la osadía de levantarse cada mañana para hacer algo de provecho, y al médico le había importado un rábano.
Bien por él .
La opinión de Reuben, pues, siempre había estado dividida.
Admiró su dedicación, sí, pero, conceptualmente, que un rico persiguiera la carrera sanitaria se le antojaba síntoma de los lugares a los que el aburrimiento podía llevar a un hombre inquieto.
Había elegido los puntos de sutura igual que podría haber escogido la política o bien una carrera deportiva; algo que le ayudaría a sobrellevar el tedio existencial de quien no debía esforzarse para traer pan a la mesa.
—Winthrop, por favor —se había defendido Gulliver con su característico humor una vez que, borrachos de whisky escocés, Reuben se atrevió a reprocharle las diferencias que los separaban—.
No dejes que la comprensible ojeriza hacia mi clase te ciegue ante un hecho fehaciente como solo puede serlo que soy un médico brillante, y que eso está beneficiando a quien debe beneficiarse mucho más de lo que podría beneficiarme a mí.
Fuera o no mi madre la hija de un conde, sea o no mi suegro un barón, mi labor sanitaria es tan poco aristocrática por su altruismo como las circunstancias de tu nacimiento, y ¿no nos hace eso hermanos?
«Ni por asomo», le respondía él para sus adentros unos meses después de aquello.
Reuben acarició los contornos lobulados del gramófono, lacados en un bonito tono dorado.
Volvió a maravillarse con la belleza de los inventos humanos.
Se planteó reproducir de nuevo el disco de La Traviata , pero le pareció absurdo arriesgar nuevamente su integridad física por una pieza.
De seguro Lenore reaparecería con un garrote y le equilibraría el hombro contrario con una de sus piadosas caricias.
Lanzó un vistazo aprensivo hacia el piso superior, allí donde ella llevaría rato esperándolo.
Se encaminó al laboratorio con el ánimo derrotado de un condenado a muerte.
No era más que una puesta en escena, claro estaba, porque Reuben soportaría a mil mujeres como Lenore Nightingale si a cambio podía echar un vistazo a sus misteriosas muestras.
Durante la primera sesión no solo habían observado un tipo de bacteria improbable —que no imposible; a los hechos podían remitirse— por su resistencia sobrenatural.
También habían sometido la muestra de tejido epitelial a los pertinentes experimentos.
Las conclusiones le habían fascinado y perturbado a partes iguales.
Ya en un primer momento había advertido que el extracto de piel no se había empezado a descomponer tras la muerte, como habría sido esperable.
Había seguido coleando después de someterlo a lluvias de ácido nítrico y formol concentrado.
Un auténtico milagro.
Lenore y él habían intercambiado un par de notas para citarse allí esa tarde.
Habían acordado lo siguiente: ella seguiría centrándose en la investigación del sujeto A, mientras que Reuben empezaría a estudiar la misteriosa enfermedad que pronto se llevaría a Felicity.
Intuía una relación directa entre los síntomas de la paciente, la muerte de Gulliver y la existencia de la bacteria sobrehumana.