Immortalis CAPÍTULO 20 #5
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CAPÍTULO 20 #5

—No osaría culpar a nadie, ni a las divinidades ni a los mortales...

a no ser que esos mortales sean causantes directos o indirectos de las condiciones infrahumanas en las que viven las personas de bajos recursos —añadió Barnes entre dientes.

No era hombre de odios apasionados, pero el dolor le aguijoneaba donde más le dolía: en la injusticia—.

Si recurro a Dios, ni siquiera es porque crea a ciegas en su gracia.

Solo me aferro a la dulce esperanza de que se lleve a mis criaturas a un lugar mejor; lo que sea para sobrellevar esta sinrazón que es la muerte de una joven.

—¿A dónde la lleva ahora, Barnes?

—A descansar al pabellón. Ya no puedo hacer nada por ella.

Lenore sacudió la cabeza. Impidió que Barnes siguiera empujando la camilla interponiéndose en la ruta y colocando las manos sobre los tobillos cubiertos de Felicity.

—No es tuberculosis, doctor. Mire su piel. Fíjese en las manchas azuladas. Ninguna enfermedad descrita en los tratados médicos presenta esa anomalía. La única referencia que tenemos de ese síntoma es... —tragó saliva— era mi padre.

—¿Nightingale? Lenore... —empezó en tono cansino, el que se empleaba con los niños insistentes a los que no se les quería gritar—. En su día ya zanjamos que la enfermedad de su padre...

—No es tuberculosis, no —la apoyó un nuevo interventor.

Winthrop había regresado de charlar con otro compañero de gremio y se había asomado sobre el hombro de Barnes para valorar el estado de la enferma—.

Y tampoco son manchas de escorbuto o septicemia.

He tratado a suficientes marineros y pacientes crónicos para distinguir el tono y la forma de las manchas, en el escorbuto más pequeñas y violáceas y en la septicemia más bien rojizas.

Sea lo que sea de lo que se contagiara, no es una enfermedad conocida.

Desde que detectó esta segunda bacteria —continuó, mirando a Barnes—, ¿cuánto ha tardado en infectarla?

—La última vez que vino por su dosis de mercurio para la sífilis ya advertí signos de demencia avanzada y un rastro leve de estas manchas.

Le pedí que se quedara para observarla, pero ella me dijo que sabía que iba a morir y no tenía caso perder sus últimos días de libertad languideciendo en el hospital.

A pesar de que nunca le cobré por mis servicios, insistió en darme tres libras por las molestias —agregó con la voz entrecortada.

Los ojos se le habían llenado de lágrimas—. Es una buena muchacha.

Como siempre ajeno a todo sentimentalismo, Winthrop preguntó sin rodeos:

—¿Le importaría que le tomara una muestra de sangre o esputo para estudiarla?

—¿Por qué? —Parpadeó deprisa para ahuyentar el llanto—. ¿Cree que podría encontrar una cura?

Aquella era una pregunta ingenua, en especial viniendo de un médico curtido, pero Edward no podía juzgarle por aspirar a un milagro. Volvía a aliviarle descubrir que en el gremio sanitario había especialistas que no habían renunciado a su humanidad.

—No, pero de cara al futuro nos convendría estar preparados.

Dudo que la enfermedad sea altamente contagiosa si la joven se ha estado paseando por Whitechapel y el hospital sin llevarse al menos a un amante por el camino —meditó Winthrop—, pero si hay un brote de tuberculosis evolucionada en Londres, más nos vale saberlo.

No podemos permitirnos una catástrofe parecida a la epidemia de cólera del sesenta y seis.

—No, claro que no.

—¿Podría usted ayudarme, señorita Nightingale?

Señaló con la barbilla el bolsillo de su chaleco, de donde Lenore tendría que sacar el material necesario para extraer la muestra.

Ella lo hizo sin vacilar.

La absoluta falta de mojigatería no era impropia de la joven, y menos aún en ámbitos científicos, pero Edward se tensó de igual modo y la corazonada de que había algo creciendo entre los dos regresó con más fuerza.

Estuvo a punto de increparle: ¿por qué diablos no podía encargarse él de recoger la sangre o el esputo?

No lo hizo porque la respuesta estaba a la vista. Tenía un brazo en cabestrillo y se necesitaban dos manos.

A continuación, se enzarzaron en una lluvia de posibles diagnósticos.

Edward estaba acostumbrado a quedar en un segundo plano cuando la alternativa a charlar con él era conversar sobre el arte de la medicina, pero en aquella ocasión desapareció por completo del plano visual y mental de Lenore.

Le habría irritado de no haber sido por la palidez extrema que se había apoderado de ella, de la preocupación que de pronto manifestaban el movimiento frenético de manos, el hablar atropellado, la imposibilidad de enfocar la vista.

Algo relativo a Felicity le había causado una fuerte impresión, y dudaba que fuera su misteriosa enfermedad: a Lenore le entusiasmaban las promesas de un estudio médico exhaustivo, y cuantos más enfermos estuvieran a disposición de sus investigaciones, mejor.

En eso se parecía a su padre.

No, aquello era distinto. Felicity la había descolocado. Había tocado una fibra sensible. Pero, como tantos otros, este enigma estaba destinado a permanecer muy lejos del conocimiento de Edward.

Y más le valía hacer las paces con ello, o de lo contrario se volvería loco.