CAPÍTULO 20 #4
Aunque no había dicho nada más que una verdad universal, se arrepintió.
Sabía que lo que Lenore no podía soportar era la fugacidad de la vida y, por extensión, de todo aquello que estaba en ella.
La razón de su honda tristeza había sido la incapacidad de comprender por qué un día su madre había dejado de tejer en la mecedora.
Ese fue el golpe de gracia, pero el punto del que partía debido a su fragilidad de espíritu ya era peliagudo.
Por paradójico que fuera, su extrema sensibilidad le impedía comprender conflictos emocionales cotidianos.
Y es que tampoco había podido asimilar nunca que un día su hermana decidiera que ya no jugaría nunca más con ella; que abandonaría la familiaridad de la casa para exponerse al prejuicio social en los salones y que su mejor amigo ya no la miraba como una aliada de la infancia, sino como a la piedra fundacional de una vida conyugal común.
El problema de base era que muy en el fondo, tan al fondo como se condenaba lo indecible y lo vergonzoso, Lenore odiaba haberse convertido en una mujer.
Lo entendía como un estigma limitante y peligroso para sus ansias de libertad y como la razón de todos sus problemas actuales, desde la emocionalidad que la desbordaba hasta el hecho de que Edward se hubiera enamorado de ella.
—Vi a Jane en mi paseo por Whitechapel —soltó de carrerilla con tal de esquivar la conversación seria, y se preparó para marcharse—.
Estaba charlando en clave amistosa con un par de compañeras sobre algunos de los clientes más generosos.
Hasta ahí puedo contarle, inspector Whishaw.
No me entretuve con ella. Solo puedo constatar que sí, parecía vitalista y soñadora.
Edward avanzó un paso hacia ella con la intención de dar otro, y otro, y uno más, pero el orgullo le retuvo en el sitio.
En su lugar se hizo oír en tono firme.
—No vas a poder huir de mí toda la vida, Lenore. Tarde o temprano tendrás que sentarte a hablar conmigo.
—¿Acaso no hablamos suficiente la noche de la fiesta? —masculló con la vista clavada en el suelo.
—Tú no mediaste palabra.
—¡Porque no hay palabra que pueda disuadirte!
—Ahí te equivocas —resolvió con llaneza—. Dime que no me quieres y cesaré en mi empeño.
Ella fue a mirarlo por encima del hombro. Se quedó en la intención, con el mentón alineado con el hombro.
Por un instante, la vida de Edward quedó suspendida en el aire, en esa pequeña baldosa del mundo que ocupaba Lenore Nightingale con sus vestidos de manga larga, su pelo electrizado en la coronilla y ondulado en las puntas y sus ojos alucinados que exclamaban «¡Eureka!».
Le había tendido una trampa, porque no la creería si le decía que no lo amaba. Y no sabía si rehusaría aceptarlo por la obstinación de los enamorados, que pensaban que era imposible que tanto amor desesperado no fuera correspondido, o porque su soberbia no conocía límites.
En cualquier caso, Lenore no dijo nada, proclamando una vez más y de forma indirecta los sentimientos que era incapaz de negarse.
Edward lamentó entonces haber hecho la pregunta equivocada. Deseó viajar al pasado y corregirse: «Dime que te repugna la idea de ser mi esposa, y cesaré en mi empeño».
Ah..., pero es que si Lenore hubiera respondido que no a ese planteamiento, Edward sí la habría creído.
Veía a través de ella. Simplemente a veces elegía darle la espalda a lo que no le gustaba.
Y ¿quién podría culparlo? ¿Quién no se hacía el ciego o el sordo por conveniencia?
Era de la supervivencia de su fe y de su corazón de lo que estaban hablando.
Lenore dejó la conversación en el aire rehaciendo sus pasos hacia el piso superior, donde la recibiría el ajetreo del hospital de Londres.
Con ningún otro propósito que proteger su reputación —incluso si ella ya había demostrado que le era indiferente—, Edward la alcanzó y la tomó del brazo para guiarla a través del zafarrancho.
La concentración de batas blancas, enfermos conscientes acompañados de familiares que exigían tratamiento inmediato y camillas que cruzaban volando los pasillos presentaba una amenaza para todo aquel distraído que no tuviera la costumbre de sortear peligros cotidianos.
Lenore, además, estaba aturdida y sonrojada por la discusión, como confirmó al echarle un vistazo rápido.
—¿El carruaje te espera fuera? —preguntó Edward en voz baja.
Contagiada de su repentina timidez, ella contestó sin apartar la vista del suelo.
—Sí, pero me gustaría encontrarme con el doctor Winthrop antes de... —Alguien conocido la distrajo; podría decirse también que la salvó de Edward. Una sonrisa le iluminó la expresión—. ¡Doctor Barnes!
El inspector adjunto miró en la dirección a la que ella echó a andar con brío y reconoció a uno de los médicos de Great Ormond Street.
Había coincidido con el bonachón de Barnes en casa de los Nightingale en más de una ocasión.
Era uno de esos compañeros de profesión del difunto Gulliver que en su tiempo libre se deshacía de la bata clínica para vestirse de confidente.
Barnes le había contado durante una de las reuniones cargadas de brandy y anécdotas desternillantes que, aunque trabajaba como experto pediatra en la clínica de niños huérfanos, de vez en cuando ponía su pericia al servicio de los adultos del hospital de Londres.
No era el único que se dividía en beneficio de la comunidad.
Winthrop colaboraba con el departamento forense de la Policía Metropolitana y Gulliver había realizado algunas cirugías de gran complejidad en aquellas mismas instalaciones.
Sospechaba, no obstante, que las motivaciones de cada uno de los mencionados distaban de parecerse.
De todos los profesionales con los que Edward había tratado, podía decir con pleno convencimiento que Barnes era el único que había elegido carrera por amor a la vida, no a la ciencia.
Barnes celebró el cruce con Lenore con una sonrisa de circunstancias y enseguida se llevó el antebrazo a la frente, por donde sudaba con profusión.
No era un buen momento para pararse a saludar. Le estaba costando empujar la camilla a pesar de que la doliente era una joven demacrada. Pesaría cuarenta y cinco kilos a lo sumo.
Solo mirarla le puso de un humor aprensivo. Tenía las cuencas de los ojos hundidas, los músculos del cuello rígidos y la piel surcada de manchas cerúleas.
Se le ocurrió evocar el aspecto cadavérico de Jane Mansfield, cómo se le transparentaban las venas de las sienes y la mandíbula. Lenore tuvo que fijarse en lo mismo, porque en lugar de dirigirse a Barnes apoyó una mano en el borde de la camilla con ruedas y echó un vistazo temeroso a la enferma.
—¿Qué le sucede?
Aun exasperado por la discusión, Edward no podía sino conmoverse porque la vocación la llamara incluso en situaciones de alta tensión. Acababa de ser interrogada, violentada incluso, y sin embargo toda su atención caía y siempre caería en la víctima de un destino cruel.
—Tuberculosis, diría yo. En su estadio final —añadió en voz baja.
La muchacha no se habría enterado, de todos modos.
Luchaba contra una duermevela febril meneando la cabeza de un lado a otro.
Si Edward se hubiera inclinado, la habría oído balbucear incoherencias—.
Debió contraerla hace días, porque ya llevábamos un par de semanas tratándola por sífilis terciaria.
Creía que estaba progresando gracias a los compuestos de yodo cuando apareció con estas manchas y delirios paranoides.
Ahora se le han juntado ambos males. Mi pobre Felicity...
—apostilló, mirando con tristeza a la muchacha—.
Cuando Dios se encapricha con uno de nosotros, ¿qué podemos hacer sino rendirnos a su plan?
—No sé si deberíamos involucrar a Dios en estos casos —musitó Edward.