Immortalis CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

—Tienes razón. —Con cautela, se acercó a ella rodeando la camilla de manera que cada uno estuviera en un extremo.

Hizo un esfuerzo por ignorar el hormigueo en los dedos, dolorosamente conscientes de su cercanía, de la suavidad de su piel, y la invitó a explayarse sobre su pasión—: ¿Ves algo que se le haya podido escapar a Winthrop?

—¿Hay algún químico forense analizando el presunto veneno?

—Sí, Blythe.

—Blythe, bien. —Asintió, conforme. Edward sonrió entre exasperado y divertido.

¿Por qué le sorprendía que conociera a todas las eminencias del mundo científico?

—. Lo bueno (y malo) de la mayoría de los venenos es que son muy asequibles: en herbolarios y boticas pueden encontrarse arsénico y sales de mercurio, y no es raro ver un jardín privado con digitalina, por poner un ejemplo.

Dependiendo de los resultados del examen químico, podrías darte un paseo por las farmacias de Bloomsbury y preguntar por los clientes que recientemente hayan adquirido los mencionados productos.

—Antes que al señor Paulson, el asesino mató a una prostituta de Gulp’s.

Considerando que su rango de acción criminal comprende desde el distrito H.

hasta los barrios residenciales del West End, tendría que preguntar en todas las boticas de la capital...

y a todos los jardineros particulares, también.

Esperaba que me ayudaras a afinar la búsqueda —concluyó, planteado ya el contexto—. ¿Jane Mansfield te suena familiar?

Esperó a ver su reacción antes de proseguir, sintiéndose miserable por tratarla como a una sospechosa en vez de una testigo. Pero debía admitir que todo en Lenore era sospechoso, empezando por sus escapadas nocturnas y terminando por su incapacidad para aceptar lo que sentía.

Por no mencionar el asunto de Winthrop, que se había prometido seguir investigando. Conocía a Lenore desde la tierna infancia. Sabía de sobra cuándo un tipo era «un viejo allegado de su padre» y cuándo flotaba un secreto entre los dos.

—Jane —repitió. Aunque procuró sonar despreocupada, había palidecido—. ¿Así se llamaba la joven?

—Ajá. Pelirroja, entre veinte y veinticinco años. Sus compañeras de oficio la describían como una muchacha vitalista y soñadora. Por lo visto era muy querida en el barrio.

—Siendo sincera, Edward —suspiró, tirándose de uno de los bucles—, no sé por qué crees que yo conocería a una cortesana de Whitechapel. Tienes suerte de que no me indigne con naderías, porque si le hicieras esta insinuación a otra señorita, te habrías ganado una bofetada.

Él disimuló la tensión corporal como pudo.

Aquella era la segunda mentira que decía. Descarada, además. Y no tenía esta certeza porque creyera a pies juntillas las declaraciones del agente Turner sobre sus excursiones nocturnas: estaba seguro de que jugaba con él porque Lenore era la persona menos fiable con la que se había topado nunca.

Se le escapó una risita fría.

—Y yo no sé por qué creí que me dirías la verdad cuando no has sido franca conmigo ni un solo día de tu vida —le soltó.

Se arrepintió en el acto. A fin de cuentas, la había mandado llamar con el propósito de disculparse por tratarla como a una vulgar ramera en su propia casa.

Pero viendo la rigidez de su cuello, el ceño fruncido con el que lo miraba, aceptó que era tarde para desdecirse—.

Me consta que hace unas cuantas noches estuviste merodeando por Gulp’s en torno a la una de la madrugada.

Un testigo de mi confianza así me lo transmitió.

Eres la única persona que he encontrado que podría haber tratado con ambas víctimas en los momentos previos a sus muertes.

De no haber sido por las circunstancias, se habría regocijado en el milagro de haberla sorprendido.

—¿Me estás acusando de asesinato?

—De mentirle a un agente de la ley, en todo caso.

Lenore sacudió la cabeza sin dar crédito.

—Tú mejor que nadie sabes dónde estaba y con quién mientras se celebraba la fiesta —le recordó con rencor.

—El señor Paulson fue asesinado la noche siguiente.

¿También tienes coartada para entonces? —Lenore giró la cara para ocultar la verdad vergonzosa que encerraba el rubor de sus mejillas.

Averiguar cuál era se convirtió en la misión de la vida de Edward, que rodeó a toda prisa la mesa para buscar su mirada—. ¿Dónde estabas, Lenore? ¿Con tu abuelo?

—Yo no... —Se pasó la lengua por el borde de los labios.

El gesto alteró a Edward, que por un segundo se olvidó de dónde estaba.

La tenía demasiado cerca, y los recuerdos de la fiesta no habían dejado de perseguirlo desde entonces: flotaban a su alrededor como una bandada de pájaros de mal agüero, impidiéndole concentrarse—.

No me puedo creer que pienses que soy sospechosa.

—No pienso que seas sospechosa del crimen, Lenore, pero sí tienes un comportamiento sospechoso.

Dime, al menos, qué hacías en el East End después de medianoche.

Dime, aunque sea, cómo demonios se te ocurrió una locura semejante.

Fuiste sin carabina, ¿verdad? Por Dios —se exasperó—, si quieres pasearte por zonas de alto riesgo, ten la decencia de ponerme sobre aviso para que al menos intente estar patrullando por allí.

Lenore alzó la barbilla, no tan sorprendida por su humilde petición —al final, era habitual que Edward cediera a sus deseos y empecinamientos aun estando en rotundo desacuerdo— como por su tono angustiado.

Tampoco esto segundo debería haberla cazado con la guardia baja. Edward llevaba toda la vida sin dormir, preocupado por la sola idea de que estuviera sufriendo muy lejos de su consuelo.

Le aguantó la mirada con un nudo en la garganta.

Era un misterio cómo una mujer que no creía en Dios y huía de toda emoción podía tener unos ojos tan dulces.

Siendo niño le dijo una vez que eran del color de los caramelos de azúcar de cebada que su madre compraba en la botica junto con los remedios de sus neuralgias; de un tono ámbar oscuro que bajo el sol se derretía hacia el dorado de la miel.

—No puedo decírtelo —se disculpó, y agachó la vista.

El corazón le ardió en el pecho. Arrebatado, la tomó de las mejillas para obligarla a enfrentarlo.

—Lenore, ¿estás metida en un problema? —Ella seguía esquivándole la mirada, y por más que él la sacudía con suavidad, no respondía—.

Háblame, por Dios te lo pido, o me imaginaré los escenarios más tremebundos.

¿Hay alguien extorsionándote?, ¿un usurero del East End?

¿Tiene que ver con los penny dreadfuls ?

—No.

—¿Entonces? Si no me lo dices, no puedo protegerte.

—No tienes que protegerme, Edward.

—¿Ya no confías en mí? —Tragó saliva—. ¿Es por lo que ocurrió la otra noche?

Lenore volvió a ruborizarse, pero él estaba tan absorto en los temores que no pudo atribuirse la victoria. Cuando ella entraba en escena, lo peor que podía imaginarse siempre era lo peor que podía sucederle a un ser humano.

—No quiero hablar de eso.

Sus constantes negativas terminaron por desesperarle.

—Pues de algo tendremos que hablar. Estás aquí para ser interrogada. Si te niegas, estás yendo en contra de la ley, y Scotland Yard podría aplicar un castigo a la altura.

Lenore frunció el ceño, contrariada. Con el pequeño rostro enmarcado entre sus manos, le pareció más joven; esa niña rebelde que en el fondo nunca dejaría de ser.

Edward le perdonaba las actitudes a menudo infantiles porque la melancolía había irrumpido abruptamente en su vida, truncándole la infancia, agotándole la esperanza, quebrándole el alma.

En su opinión, estaba en su legítimo derecho de recuperarla o desquitarse como más le placiera, incluso si elegía valerse del mismo para hacerle daño a él.

—No me da miedo la policía.

—¿Y qué te da miedo? —Avanzó un paso más, temblando de anticipación. En algún momento, la proximidad con ella se había vuelto intolerable—. ¿Con qué puedo amenazarte para que seas sincera conmigo?

Lenore se plantó con la barbilla alzada.

—¿Y respetar mi silencio no es una opción? Una mujer tiene derecho a guardar secretos, Edward, y esos secretos no son necesariamente de interés policial.

—Si no son de interés policial y no son de interés médico, o de lo contrario me los habrías revelado sin tapujos, ¿de qué índole son?

¿Amorosa, quizá? —soltó al fin. Aquello había estado torturándolo desde que su hermana lo mencionara la mañana que levantó el cadáver de Jane—.

Bells sospecha que tus escapadas pueden estar relacionadas con un hombre.

Sin duda explicaría que hubieras estado muerta de aburrimiento en tu propia fiesta, y también que rehúses darme una explicación coherente cuando te pregunto por qué no aceptas mis sentimientos.

Lenore le agarró las muñecas para sacarse sus manos de encima. Puso distancia entre los dos con torpeza. Una emoción salvaje había prendido sus ojos, que ahora eran oro líquido en un rostro por lo demás indiferente.

—No los acepto porque eres mi amigo —siseó entre dientes—, no mi amante.

Edward meneó la cabeza con una sonrisa anonadada.

—Así fue durante muchos años, Lenore, y no los cambiaría por nada..., pero la gente crece, los objetivos vitales cambian, las relaciones evolucionan. Ya no somos los niños que jugaban a los médicos con los gatos callejeros.

Ella reaccionó como si la hubiera insultado.