CAPÍTULO 20 #2
Edward había citado a Lenore en el hospital de Londres a las cuatro en punto para ir deshaciendo la maraña de enigmas.
De cara al inspector jefe y al resto del equipo forense, su motivación había sido estratégica: sabía que Lenore había estado merodeando por el burdel de la señora Gulp, donde casualmente se promocionaba Jane Mansfield, y sabía que conocía al señor Paulson porque Fellowes lo había invitado a la velada en calidad de pretendiente potencial.
Y era verdad que tenía un interés más humano que personal en llegar al fondo de la cuestión, pues su sentido de la justicia seguía siendo la brújula de su destino; más incluso que la consecución de una medalla al honor.
No obstante, también la había citado con aquella excusa porque sospechaba que después de lo acontecido en su casa no conseguiría fomentar un reencuentro de ninguna otra manera.
Si Lenore no recibía una citación formal firmada por Scotland Yard, lo condenaría a padecer su ausencia de por vida, y todo por haber cometido la insensatez de tocarla.
Consultó su reloj de bolsillo. Las cuatro menos cinco minutos. Alguien debía de estar escoltando a la señorita Nightingale al depósito.
De seguro no la habría impresionado saberse requerida por la Policía Metropolitana, pero ni en mil vidas habría rechazado la oportunidad de pasearse por el hospital de Londres.
Por un hospital a secas, fuera cual fuera ese.
Edward siempre tendría a su favor que la conocía como la palma de su mano.
Si jugaba bien sus cartas, Lenore no se le escaparía jamás.
Como había estipulado en su esquema mental, las puertas se abrieron a las cuatro y dos minutos.
El escolta tuvo que forcejear con el pomo y casi desencajar el quicio para que la entrada cediese: las humedades habían podrido la madera.
Entre las goteras mal tratadas y la putrefacción de los cadáveres, en el aire flotaba un intolerable olor a perro mojado.
A esto hizo mención Mandeville al reconocer la figura femenina.
—¿Su testigo es una mujer, Whishaw? ¿Trae a una jovencita a esta pocilga? Ya me extraña menos que no haya encontrado esposa aún, si así es como se las gasta.
Pero Mandeville no podía entender que estaba más cerca de conquistarla recurriendo a ese tipo de artimañas que enviándole ramos de flores.
A decir verdad, tampoco Edward lo comprendía, pero había aprendido a respetar y tratar de hacerse responsable de la luz que asomaba a los ojos de Lenore cuando se paseaba por esa clase de tugurios.
Encontraba fascinantes los lugares lúgubres, las heridas infectadas, los hombros dislocados.
La muerte, incluso.
Esa vez no fue diferente. No había cambiado en los días que habían transcurrido desde que Edward pusiera el mundo al revés cubriéndola con sus manos.
Fue un alivio. Había albergado el temor de que Lenore se hubiese transformado en algo distinto; de que él hubiera corrompido con su pasión un espíritu sensible que había nacido para permanecer fuera de su alcance.
«Al diablo con eso», pensó mientras la veía acercarse con los ojos puestos en todas partes menos en él.
Con el tiempo había aprendido a no tomar su actitud distraída como un ataque personal. No es que Edward fuera demasiado insípido para los temerarios gustos de la señorita, sino que todo lo demás, todo lo que no era su querido amigo de la infancia, le era desconocido y, por ende, más interesante.
Él había sido asquerosamente predecible hasta la noche de la fiesta, cuando se propasó.
«¡Al diablo con eso!», se insistió.
Lenore no era inalcanzable ni inconmovible, y se lo había demostrado.
No iba a flagelarse por haber reventado el cristal que, como a una pieza de museo, la preservaba de la avaricia y la gula ajenas.
Todo pecado capital era perdonable si se cometía para desvirtuar la pureza del amor, proceso obligado cuando se lo pretendía rescatar de las nubes de lo platónico para volverlo mundano.
¿Cómo se haría posible su materialización, si no?
Lenore le dirigió a Mandeville un educado cabeceo.
Tenía las manos enguantadas en el regazo, el cabello recogido en un moño del que pendían dos bucles ni rubios ni castaños.
Los mechones pretendían disimular la separación de las orejitas, rasgo que delataba su verdadero origen: el mundo de las hadas.
No era exactamente bonita, pero la belleza prefería dejársela a los hombres sin imaginación.
El foco de sus ojos almendrados pasó del inspector jefe a él, y de él a Winthrop.
Edward se habría prendado del intercambio de miradas entre ambos si no hubiera percibido un cierto secretismo entre el médico y ella, que se contemplaron unos segundos de más con complicidad antes de cortar el contacto.
El estómago le dio un vuelco. ¿Qué había sido eso?
—Tengo entendido que desean interrogarme acerca del señor Paulson.
—Whishaw nos informó de que la víctima había estado la noche anterior bailando en su fiesta privada, señorita Nightingale —dijo Mandeville—.
A lo mejor usted podía darnos alguna pista sobre su comportamiento entonces, los invitados con los que alternó, si observó algo extraño...
, pero sería mejor que antes el inspector adjunto se la llevara a un lugar más apacible.
—No me molestan ni el olor ni la iluminación, señor. No es la primera vez que visito un depósito. Tampoco la primera que veo a un hombre abierto en canal —agregó con una sorna que nadie, salvo aquel que conociera su humor oscuro, podría haber apreciado.
Edward creía ser el único hasta que vio una sonrisa sarcástica en los labios de Winthrop.
Mandeville se quedó de una pieza. Más por no afearle el comentario que porque lo encontrara disculpable, procuró mostrarse indulgente.
—He de decir que, pese a mi profesión, a mí no me entusiasman los cadáveres. Con el permiso de mi subordinado, me retiraré con el doctor a seguir la ronda de interrogatorios.
Se dio un golpecito en el ala del sombrero invisible y salió a paso ligero. Edward admiró su honestidad y su arrojo para actuar conforme a sus deseos: y es que Mandeville llevaba deseando marcharse desde que había entrado.
Winthrop despidió a Edward con un escueto cabeceo y a Lenore con una expresión difícil de interpretar. Ahora que había sido testigo del misterioso entendimiento entre ambos, el inspector había afinado los sentidos para captar hasta el más nimio gesto.
Y maldita la hora.
—Se llevó usted un buen mamporro, doctor Winthrop —alcanzó a decir Lenore antes de que se retirase.
El doctor alzó la vista a la vez que las cejas. Evitó a tiempo que una sonrisa sabedora confirmara el carácter privado de la broma, pero Edward la descifró. Lenore había sido responsable directa o indirecta de su estado, como confirmó el propio médico al decir, burlón:
—El precio que pagar por frecuentar malas compañías, señorita.
Edward no se perdió que Lenore ponía los ojos en blanco, exasperada, y Winthrop se marchaba de allí con su característica expresión sardónica.
El mal presentimiento inicial se fue agrandando hasta dominarlo por completo.
Lo único que fue capaz de articular en cuanto se quedaron a solas —y sin disimular su contrariedad— fue:
—¿De qué conoces al doctor?
Lenore pestañeó como si no lo entendiera.
—Trabaja en el hospital de Great Ormond Street desde hace años. Era amigo de mi padre.
—No sabía que también fuera amigo tuyo.
—Y no lo es. El doctor Winthrop es un hombre altivo e insolente, defectos del carácter que encuentro aborrecibles.
—No le dio pie a seguir cuestionándola, al menos a ese respecto.
Tampoco Edward sintió la necesidad. Sabía que era sincera—.
Pensaba que tenías preguntas que hacerme relativas al asesinato.
Creo que no voy a serte de gran ayuda. Apenas traté al señor Paulson en tres ocasiones, y contando también la última, dudo que en ninguna de ellas corriera peligro de muerte.
—Desde luego, no suena como si lamentaras su pérdida.
Lenore lo miró de reojo.
—Tengo muy recientes otros lutos, inspector Whishaw. Lutos a los que daría prioridad si me apeteciera sumirme en la desolación... Claro que no es el caso.
Lanzado ya el primer dardo, se acercó al cuerpo exánime y observó con intención analítica la disposición de los órganos expuestos.
—Según Winthrop —procedió a explicar Edward después de carraspear.
Vigiló su reacción a la mención del nombre.
No pareció deshacerse en amores—, la causa de la muerte no tiene nada de extraordinaria.
Sufrió un colapso nervioso inducido por el envenenamiento y ahí terminó todo.
—Suspiró en voz alta—. Lamento no tener mejor carnaza que ofrecer a ese perro de la curiosidad que mimas con tanta dedicación: no hay inflamaciones, heridas aparatosas o bacterias involucradas.
La vio sonreír a regañadientes antes de mirarlo de soslayo con legítimo recelo, pues al final solo Dios sabía en qué punto estaba su relación.
Haciendo equilibrismos en un desfiladero, tal vez.
Por lo menos se había dignado acudir a su encuentro. Era un avance.
Edward estaba acostumbrado a que Lenore lo mirara sin verlo.
Así había sido durante los años que pasó enferma de melancolía y en las jornadas que gustaba de llamar «días de niebla», cuando le prestaba una visita y la encontraba encogida bajo la ventana con algún recuerdo de su madre en la mano y la mente cifrada.
Había esperado que se refugiara en un silencio similar para alejarlo de sus pensamientos, pero no.
Lenore lo estaba mirando de verdad. Con esa timidez que no afloraba con casi nadie —ante pocos más se mostraba vulnerable— y con el miedo de no saber por dónde la atacaría esta vez, sí, de acuerdo, pero lo miraba.
—Bastante tenemos con que yo no me comporte de acuerdo a mi posición para que tú tampoco seas un caballero. Alguien debe preocuparse de hablar del señor Paulson con cariño, ¿no te parece?
Edward relajó los hombros y le devolvió la sonrisa.