Immortalis CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Donovan Mandeville inspeccionaba, aprensivo, el cadáver aún caliente del segundo mártir del mes de marzo.

—Entonces descartamos a Jack el Destripador. —Pensaba que eso estuvo descartado desde que no observamos alevosía, inspector.

—Bueno, doctor Winthrop. Con la popularidad que han adquirido sus técnicas después de cinco asesinatos canónicos, no me habría extrañado que hubiera sustituido los ya predecibles desmembramientos por un método novedoso. Más por sorprender a su público que por despistar.

—Los asesinos en serie sufren del mal del ego desproporcionado —repuso el médico—. El Destripador persigue el reconocimiento de su firma igual que siempre ha perseguido el mismo perfil de víctima.

—Es eso último lo que me ha convencido de que no se trata del viejo Jack —admitió Mandeville—: que la víctima sea, por vez primera, de género masculino.

Los tres caballeros presentes dirigieron sus miradas reflexivas al finado.

Mandeville lamentaba el destino del «pobre fulano» por mera educación en tanto que se secaba el sudor de la frente con un pañuelo de lino; pañuelo de lino que en un principio había sacado del bolsillo para sofocar el mal olor concentrado en el depósito.

Winthrop, requerido para aportar una segunda opinión que complementara la del experto forense, prestaba atención a sus anotaciones. Apoyado en la misma mesa de latón donde languidecía lo que quedaba de Samuel Paulson, garabateaba con la torpeza de tener un brazo en cabestrillo.

Edward era el único que le había conferido al muerto una dimensión humana. A fin de cuentas, había coincidido con él un par de noches atrás. Para mayor precisión, lo había visto danzando en el salón del barón Fellowes con nada menos que la sonriente Lenore Nightingale entre sus brazos.

El movimiento espasmódico de la pierna derecha delataba su nerviosismo, así como el ceño fruncido que había arrastrado de la comisaría al sótano del hospital de Londres.

Era allí y no al desangelado depósito de Whitechapel a donde trasladaban los cadáveres sospechosos de un crimen encarnizado.

En los bajos de la clínica habían podido contar con el experto consejo de un médico forense, un químico y, ahora, un cirujano.

Winthrop había determinado que lo habían envenenado antes de practicarle la desecación. Para el diagnóstico se había basado en gran medida en el testimonio de la hermana de la víctima, que había encontrado el cuerpo entumecido y tendido en una cama de su propio vómito.

—Yo también me inclino por descartar a Jack —murmuró Edward.

Se levantó del asiento, una destartalada sillita de latón, y apoyó las manos en el borde de la mesa para asomarse a las tripas expuestas de Samuel Paulson—.

A nuestro nuevo amigo criminal se le pueden achacar los agravantes de nocturnidad y premeditación que conocimos con el Destripador, no así su popular ensañamiento.

—Con Mansfield no se ensañó, no, pero ¿no aprecia usted un ánimo de mortificación en el acto de intoxicar a un hombre?

—repuso Winthrop—. Si esta segunda víctima llegó a vomitar y terminó asfixiada, es obvio que padeció una larga agonía.

Al menos a mí no se me ocurre destino peor que pasar entre quince minutos y media hora retorciéndome entre estertores.

—Pretendía llegar hasta ahí, doctor. Si el asesino envenenó al señor Paulson, habremos de considerar un importante cambio de voluntad en sus métodos respecto de la primera muerte.

—O una cierta caballerosidad. Es bien sabido que con las damas uno ha de ser más gentil —meditó Mandeville, no sin el humor que tanto necesitaba para sobrellevar la tragedia.

—Conocía a ambas víctimas —prosiguió Edward—. No se detectaron señales de forcejeo en ninguno de los casos.

—Y en vista de que Jane lo recibió en su dormitorio de la pensión y luego la hallamos...

—Mandeville paladeó todas las palabras posibles antes de hablar, comprometido como siempre con hacerle justicia al lenguaje— satisfecha en el Támesis, podríamos estar tratando con un hombre bien parecido. Un seductor.

—O solo con suficiente dinero en el bolsillo para alegrarle el día a una pobre miserable —puntualizó Winthrop, de carácter más práctico que romántico—. Yo buscaría al responsable en la lista de invitados de la velada social que inaugurará la temporada, inspector.

—Apoyo la moción. La hermana de Paulson encontró por la mañana dos vasos de vino, uno sin probar y otro infectado de la sustancia que ahora mismo está estudiando el señor Blythe...

—... y nuestro finado era la clase de burgués que solo desplegaba su generosidad con los de su misma raza —completó Mandeville, mirando a Edward.

—Misma raza o una mucho más elevada —especificó Winthrop—.

Si Paulson le abrió la puerta al asesino, lo sentó en su salón y descorchó en su honor un Château Margaux, dudo que fuera tanto porque le impresionara su atractivo físico como por la obligada ostentación que inspira un caballero de posición muy superior.

—Además, ¿a quién se le podría disculpar una visita a horas intempestivas? —agregó Edward—. A un gran amigo...

—... o a un noble al que no se le puede decir que no —concluyó Winthrop.

—Pero ¿por qué un hombre bien conectado con el beau monde , como se le presupone al asesino de Paulson, solicitaría los servicios de una fulana de baja estofa como Mansfield?

¿No es lo habitual que los señores con título o renombre busquen desahogo entre las bellezas del teatro o la ópera?

—reflexionó el ceñudo Mandeville—. Ahí veo una clara discrepancia.

—A lo mejor asesinó a Jane para despistar, para que lo asociáramos con el Destripador, y su blanco original era Paulson —sugirió Edward.

—No dejen que las pequeñas contradicciones les distraigan.

Es el mismo criminal —atajó Winthrop. Alzó la vista por fin de sus anotaciones y cerró el cuaderno—.

No quedaba una sola gota de sangre en ninguno de los dos cuerpos, a los que se les practicó en vida un minucioso drenaje.

Y, lo que es más o al menos a mí se me antoja doblemente revelador, en ambos casos las incisiones son casi inapreciables, obra de un sujeto con conocimientos médicos avanzados.

No puede haber en Londres, no de manera simultánea, dos homicidas con este extraordinario talento.

Mandeville se desplomó en la silla con un suspiro hastiado.

—¡Miren a dónde me lleva el deseo de descifrar las mentes perversas!

Puedo comprender que un asesino encuentre placer descuartizando un cuerpo.

Exige habilidad, y los caminos del morbo son, además de perturbadores, inescrutables.

Pero ¿drenar la sangre? ¿Por qué demonios querría nadie vaciar los fluidos de un ser humano?

—Como médico, solo se me ocurre que la finalidad sea practicar transfusiones —sugirió Winthrop—.

Es infrecuente porque a veces sucede que el receptor las rechaza y pierde la vida, pero también se han dado buenos resultados, sobre todo para contrarrestar las hemorragias posparto.

Yo mismo he realizado esta práctica en algunas cirugías, muchas de ellas con éxito.

La única fisura que le veo a esta teoría es la conservación de la sangre.

Perdónenme la insensible elección de palabras, pero no es tan simple llenar una garrafa con siete litros y venderla a quienquiera que realice transfusiones al margen de la práctica profesional sin que el líquido coagule y se eche a perder.

Mandeville enarcó las cejas.

—¿Por qué supone usted que el asesino mata con una finalidad económica?

—Mata porque es capaz y no le supone ningún engorro, eso salta a la vista. Pero no observo regodeo en su actuación. Una vez tiene la sangre, desaparece.

—Olvida usted el estudio de un detalle crucial —intervino Edward—, que es la relación entre las dos víctimas.

Ambas eran lo bastante distantes en clase, sexo y modo de vida para deducir que el asesino elige a sus futuros damnificados con la meticulosidad de un propósito muy personal.

Si solo quisiera hacer negocio con fluidos, buscaría víctimas mucho menos populares que una prostituta y un burgués y procuraría borrar sus huellas.

—¿Una puta es una víctima popular? —Winthrop enarcó una ceja burlona—. ¿Desde cuándo?

—Desde que son el perfil predilecto del Destripador.

—Hace tres años que no sabemos nada de Jack el Destripador, Whishaw.

—Pero la sociedad aún no ha sanado la herida de sus crímenes. Hasta que no se resuelva su caso, el homicidio de una mujer de vida alegre será más conocido en el mundo policial que el asesinato de un miembro de la casa real.

—Permítame dudarlo —se mofó Winthrop.

—Hemos descartado profundizar en la conexión entre la prostituta de Whitechapel y el nuevo rico de Bloomsbury porque no es obvia y seguro que tampoco pertinente —retomó Mandeville en referencia a la réplica de Edward—.

Jane no estaba casada y no conocía ni íntima ni parcialmente a Samuel, de manera que los asesinatos no han podido ser obra de un marido celoso, si es lo que insinuabas.

Sabemos por cortesía de la señorita Paulson que su hermano frecuentaba burdeles, sí, pero no en el distrito H.

Prefería las casas de citas y, por lo visto, estaba enamorado de una cortesana en concreto, una tal Rosalind Leighton que le amenizaba las noches tocando el piano.

—Sí, sí, y la pobre criatura se echó a llorar al conocer el destino de su adorado —resumió Edward con impaciencia—.

Me creo que se amaran y Samuel le fuese fiel evitando acudir a la pensión de Mansfield.

Lo que no me creo, Mandeville, es que las víctimas fueran seleccionadas al azar, como sugiere Winthrop.

El asesino no se propone ni limpiar el East End de lenocinio y perversión, como parecía ser el sueño del Destripador, ni convertirse en el conde de Montecristo llevando a cabo una venganza bíblica contra la clase alta.

—Y ¿qué propone, entonces? ¿Cuál puede ser el nexo?

—Eso pretendo averiguar interrogando a mi testigo común.

En el caso de que lo fuera, cosa de la que aún no estaba seguro.