Immortalis CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

—No sé de qué me extraño. Tiene usted un don innato para doblegar la voluntad de los hombres.

Eso sí que debería estudiarse en un laboratorio...

—Si Lenore había dudado en algún momento de la coartada de Winthrop, se aclaró en cuanto lo vio moverse con la naturalidad de la costumbre a lo ancho del laboratorio.

Tomó en su poder el mechero Bunsen y la placa con la muestra—.

Con su permiso, voy a hacer un experimento.

—¿Con mi...? ¡No le he dado ningún permiso!

Fue tarde. Winthrop calentó la muestra líquida colocando la llama bajo el cristal y esperó con paciencia y expectación un resultado que ninguno de los dos podría haber previsto.

Lenore sabía que los científicos probaban a hervir la sangre para poner a prueba la resistencia de los organismos vivos, y en todos los casos comunes se veía que el líquido volvía a coagularse.

No sucedió así en este caso, y no lo supo porque Winthrop le dejara asomarse a la lente del microscopio, sino por el pasmo que le descompuso el semblante.

—Increíble —murmuró.

Lenore no tuvo que pedirle —o, en su defecto, exigirle— que se apartara. Winthrop posó una mano inesperadamente amable en su hombro para invitarla a maravillarse con él.

—No coagula —confirmó ella.

—Y, lo que es más, los bacilos ni se inmutan. Fíjese también en el color. Nunca había visto una sangre tan oscura. Es verdad que la fiebre tifoidea y la septicemia oscurecen el tono y también la espesan, pero no es negra, es...

—Púrpura.

—No lo entiendo. —Lenore buscó su mirada y se encontró con la expresión pensativa de un investigador serio.

No había ni rastro del desdén inicial. Tal era su asombro que necesitaba compartirlo con ella, ella entre toda la gente—.

He observado estas bacterias mil veces antes y le puedo asegurar que no sobreviven a altas temperaturas.

Pareciera que ahora se muevan más; que los intentos por erradicarlas solo aumentan su resistencia.

¿El cadáver del que extrajo la muestra sigue en el depósito?

—No lo creo, doctor.

—¿Tiene más extractos? De tejido muscular o epitelial, por ejemplo.

Lenore se cuidó de responder de inmediato. Antes le sostuvo la mirada al médico por segunda vez desde que había llegado. Él la miraba a su vez con el brillo ambicioso de un gran descubrimiento en los ojos, de normal apáticos por la inmersión total en una rutina que debía considerar tediosa.

Podía apiadarse del afán investigador de un doctor. Ella era víctima de la misma inquietud. Pero ni la mayor de las ilusiones por un proyecto común podría convencerla de poner en peligro a Dariy.

No sabía si a este respecto le jugaba en contra el ritual de lealtad al que se había sometido por voluntad o si había un deseo íntimo y personal, ajeno a su magia ancestral, inclinándola a protegerlo.

En cualquier caso, Lenore quería descubrir quién era el marqués de Volteran a un nivel profundo y visceral, y el doctor Winthrop tenía una experiencia y un acceso a saberes específicos que ella no podría cultivar ni siquiera leyendo de nuevo la biblioteca de su padre.

Además, nunca sabría a quién pertenecía la muestra. Solo sabría que una vez hubo caminando por el mundo un individuo que no era humano.

—Sí, lo tengo. Pero si es su deseo profundizar en su estudio, habrá de hacerlo conmigo, pues soy la propietaria de la muestra.

También tendrá que prometerme que no le hablará de los que sean nuestros descubrimientos a nadie; ni siquiera a su sombra.

Esas son mis condiciones, doctor Winthrop. Ninguna de ellas es negociable.

Sin saberlo, estaba poniéndolo a prueba. En función de lo que contestara, le sería concedido el regalo de su respeto y admiración o por el contrario condenaría de manera definitiva su desmesurado ego.

No hacía falta ser un genio de la adivinación para saber que odiaba la idea de trabajar con una mujer.

Una que, para colmo de males, era de familia burguesa y una prolongación de la némesis de la que creía haberse librado ya.

Pero si la corazonada no le mentía —y es que su instinto nunca la había defraudado—, Winthrop pondría a un lado sus reticencias con tal de saber.

A fin de cuentas, si había sido compañero de laboratorio del doctor Gulliver Nightingale, debía ser porque les movían las mismas aspiraciones, y esas aspiraciones no diferían de las de Lenore.

—Supongo que no sería sabio negarme a la proposición de una mujer que sabe usar una barra de metal.

—No, no lo sería.

Winthrop alargó el brazo sano hacia ella con una expresión no del todo solemne. Tampoco del todo burlona. En vez de reprocharle el desencanto de su mirada, Lenore decidió apiadarse de él y le estrechó la mano.

No tenía el mejor de los aspectos con el pecho medio descubierto, el cabestrillo inmovilizándole un brazo y la palidez de estar sufriendo el dolor de una fisura.

El hecho de que pudiera soportarlo sin emitir queja solo confirmó que antes de ejercer la medicina había vivido inmerso en aguas peligrosas.

Pero ella también, aunque sus corrientes hubieran sido distintas.

Por eso selló el acuerdo con la tranquilidad de hallarse por fin ante un igual.