CAPÍTULO 19 #2
Winthrop dejó de subirse la manga una vez llegó a la altura del codo y volvió a mirar a Lenore, ya sin ese aire abiertamente belicoso del que sí se veía capaz de defenderse.
Una nueva emoción, mucho más compleja e intimidatoria, había conquistado su semblante.
Con su comentario había prendido la chispa que podía quemar un bosque entero.
Winthrop se levantó para enfrentarla con una sonrisa ladina que auguraba terribles presagios. En el rato que había estado sentado, Lenore había olvidado que la superaba en estatura por una cabeza entera.
—Le corresponde un lugar muy superior al mío, así es...
, pero también alejado del hospital de Great Ormond Street, el paraíso de enfermos que sueña con habitar en su empeño por encarnar el más repugnante de los arquetipos: el de burguesita en busca del sentido último, desesperada por las emociones fuertes que no podría brindarle una vida en los salones.
Por si no lo sabía —continuó en tono informativo—, en la clínica tratamos a sucios cockney como yo a diario.
Un humilde servidor, pues, está en su salsa, y la celebra por barata y falta de refinamiento que sea.
Usted quizá debería permanecer en la suya, en su deliciosa béchamel francesa, y no mezclarse con el vulgo, o acabará causándole una indigestión a la persona equivocada...
con las consecuencias que eso le podría acarrear.
Lenore abrió la boca para defenderse con furor, pero no cabía contraataque posible después de una merecida reprimenda. Ella misma se había arrepentido de subrayar sus recién descubiertos orígenes con remilgo.
No agachó la cabeza, sin embargo.
—Tengo tanto que aportar al mundo de la ciencia como mi padre.
—Estoy de acuerdo. —Pausa—. Tiene que aportar el toque picante de clasismo.
—¡Clasismo! ¡Está usted haciendo uso de un microscopio óptico precisamente porque mi padre no entendía de diferencias sociales!
—A su padre, señorita Traviata —replicó con desprecio—, le fascinaba tener el control de las narrativas, de las que por cierto era siempre héroe indiscutible.
Si de veras hubiera tenido la intención de poner instrumental médico evolucionado al servicio de la comunidad, habría donado su microscopio óptico al hospital, no lo habría tenido cautivo en su mansión.
Lenore se puso rígida.
—Hay que tener valor para denostar a quienes ya no están para defenderse, y más todavía mientras hace uso de estas instalaciones gracias a su generosidad.
—Eso es lo que pretendía decirle, señorita; que su padre y, por lo que veo, también usted, confundían generosidad con limosna. Hay un abismo de condescendencia entre una cosa y la otra.
Lenore se cruzó de brazos.
—Si tanto le ofende que mi padre no le regalara un microscopio por su cumpleaños, doctor, ¿por qué no rechaza lo que se le ofrece y vuelve por donde ha venido?
—Porque los enfermos cuyas bacterias investigo no tienen por qué sufrir, además de sus dolencias, las consecuencias de mi orgullo.
—Un orgullo que no cabe por esa puerta —subrayó con malicia—. Pero por eso que dice tal pareciera que le reservase usted más amor a la ciencia que a sí mismo. De ser así, de ahora en adelante sería un excelente momento para demostrarlo.
—Deje entonces de importunarme con su cháchara y podré regresar a mis quehaceres.
Por lo que Lenore había observado durante sus encuentros, la mayoría de ellos casuales y con un desenlace brutal, Winthrop llevaba la mala educación por bandera.
Inicialmente lo había asociado a una ojeriza dirigida a ella en particular, en todo caso heredada del recelo que demostraba hacia su padre, pero empezaba a preguntarse si no era su modo de relacionarse en general.
Tenía una facilidad cuando menos alarmante para sacar de sus casillas a los demás, casi como si se entrenara.
Se abstrajo tanto tratando de descifrarlo que pasó por alto que Winthrop se asomaba con aire casual a la lente del microscopio.
Para cuando quiso darse cuenta de lo que podría suponer que descubriera lo que se traía entre manos, era tarde: Lenore se abalanzó sobre él al mismo tiempo que el doctor se enderezaba para mirarla, suspicaz.
—¿Estaba usted observando la sangre de un cadáver? ¿Con qué objetivo?
—Parafraseando a un sabio, eso no es de su incumbencia.
Pero Winthrop volvió a echar un vistazo, y aunque Lenore alargó el brazo para apartarlo, pensó que un empujón violento resultaría mucho más sospechoso. A fin de cuentas, el doctor pensaba que su afición por la medicina era tan inofensiva como una niña que aún jugaba con muñecas.
—Supongo que sabe que el objeto de su estudio murió de una enfermedad infecciosa.
El desinterés en su tono la hizo respirar aliviada e incluso animarse a indagar.
—¿Reconoce la bacteria presente en la sangre?
—¿Bacteria? ¿En singular? —La perplejidad le había pintado una sonrisa en la cara—. El sujeto coleccionaba bacilos de todos los colores y formas; es el Mardi Gras de Nueva Orleans, pero en una placa de Petri.
—Y le parecerá a usted tan gracioso —masculló por lo bajini.
Por supuesto, jamás reconocería que no había comprendido la referencia.
Quién le habría dicho que un cockney sería un hombre de mundo.
—Es un milagro que viviera lo suficiente para contraer medio tratado médico de sir Thomas Clifford Allbutt; claro que estos bichos podrían haber proliferado post mortem . A no ser... —La miró de soslayo—. No habrá cometido la insensatez de mezclar muestras distintas, ¿verdad?
—No, la sangre pertenece a un único sujeto. Y por si acaso le quedara ánimo de preguntarlo después de haberlo insinuado, no, doctor, tampoco nací ayer ni me caí de una higuera.
Winthrop reprimió una sonrisa que de seguro habría entendido como una traición a sí mismo. Lenore la intuyó, aun así, familiarizada como estaba con los hombres que sofocaban sus emociones. Ella misma era, esto en opinión de Edward Whishaw, un hombre que sofocaba sus emociones.
—Así, a simple vista, me da la impresión de que se contagió de una variante de Staphylococcus, Koch’s bacillus y Salmonella typhi , bacterias que he estudiado en otras ocasiones. ¿Cuál fue la causa de la muerte, pues? —la interpeló sin rodeos—. ¿La tuberculosis, la fiebre tifoidea o la septicemia?
—¿Todo eso ha reconocido de un simple vistazo? —murmuró, incapaz de disimular su fascinación.
Lenore estaba orgullosa de sus avances en materia anatómica, pero en lo relativo al laboratorio no había podido progresar todo cuanto le habría gustado.
—Eso y que la sangre presenta algunas peculiaridades.
Los eritrocitos han perdido forma y algunos de ellos se han destruido hemólisis mediante.
Además, las células blancas están deterioradas.
Pero eso puede deberse a una mala conservación de la muestra...
Lo cual no me extrañaría un ápice —añadió sin mirarla.
Entendió con la sacudida de su cabeza que era otra puntadita dirigida a su incompetencia—. ¿Cuándo murió la víctima?
Lenore se abrazó los hombros para ahuyentar un escalofrío.
No le gustaba pensar en Dariy como algo muerto.
—No lo sé.
Winthrop arqueó una ceja sin apartar la vista de la muestra, pero no dijo nada.
—Curioso.
—¿El qué es curioso?
—La sangre está completamente coagulada, como cabe esperar si el sujeto falleció hace más de doce horas...
, pero las bacterias continúan moviéndose.
Ninguno de los bacilos mencionados sobreviviría fuera del cuerpo transcurrido cierto tiempo.
Interesante actividad parasitaria —agregó en voz muy baja.
Lenore sintió un arrebato de alegría porque alguien compartiese con ella la curiosidad científica hacia el milagro.
Se desinfló en cuanto Winthrop se irguió y empezó a cuestionarla—.
¿De dónde demonios ha sacado la muestra?
—De un cuerpo de la morgue —improvisó—. Mi amigo Edward, el inspector adjunto Whishaw, me dio acceso al sótano forense a fin de colaborar en mi educación.
El doctor puso los ojos en blanco.