CAPÍTULO 19
Para cuando Winthrop volvió a maldecirla con su presencia, ella ya había dispuesto sobre la mesa el pañuelo triangular de gasa y los vendajes largos tipo cravat para proceder a la inmovilización.
—Siéntese —le ordenó, y señaló con un gesto militar la silla junto al microscopio.
El doctor puso los ojos en blanco.
A pesar de la niñería impropia de su regia majestad, obedeció y procedió a desabrocharse el chaleco de tweed.
Lenore descubrió que con empeño podían lograrse auténticas hazañas físicas, pues casi lo logró sin su ayuda, pero había límites que la obstinación era incapaz de salvar: para deshacerse de la camisa precisó asistencia.
En un primer momento desempeñó su labor de enfermera con la mente en blanco, si acaso secretamente entusiasmada por poder tratar a un paciente sin la supervisión de su padre.
No esperaba, sin embargo, toparse con la clase de torso esculpido de un estibador, y ni mucho menos advertir un dibujo grabado con tinta azul a la altura del corazón.
Si bien un tatuaje era una excentricidad viniendo de un hombre comprometido con la salud —que al menos ella sospechaba que se tenía que ver afectada de algún modo con alteraciones corporales—, no debía escandalizar cuando lo lucía la clase de zafio con orígenes humildes que Winthrop estaba dándole a conocer.
A Lenore le constaba que los marineros, soldados, feriantes y hasta algunos aristócratas habían ido sucumbiendo a la moda del tatau de origen tahitiano conforme se había ido asentando en la sociedad moderna.
Corría el rumor de que hasta Edward, uno de los hijos de la reina Victoria y futuro heredero de la corona, se había tatuado en un viaje a Jerusalén.
Más allá de la sorpresa inicial, lo que la hizo frenar de golpe y estudiarlo con suspicacia no fue el grabado en sí mismo, sino la sensibilidad que revelaba el diseño.
Lenore había visto suficientes corazones marineros en estampas y en sus paseos por los Docklands para deducir lo que el símbolo conceptualizaba, pero por si acaso le hubieran cabido dudas acerca del significado, el nombre femenino encerrado en el grueso contorno las despejó todas.
Winthrop se puso a resguardo de la pregunta indiscreta que estuvo a punto de barbotar —«¿Quién es Cecily?»— comentando con una sorna desdeñosa:
—Para dárselas usted de médico, parece que la desnudez masculina la impresiona. —Chasqueó la lengua—. No le auguro un gran futuro profesional, señorita.
Lenore decidió obviar la provocación.
—¿Puede levantar el brazo? —Winthrop compuso una mueca de dolor intentándolo, pero consiguió incorporarlo a la altura del pecho, no más allá—.
De acuerdo. Voy a palpar los bordes de la escápula, la clavícula y el hombro.
Dígame dónde le duele y con qué intensidad eligiendo un número del uno al diez.
—En la escápula un nueve, en la clavícula un dos y en el hombro un siete.
—¿Le importaría apretar la mano izquierda para que descarte daños neurológicos?
La irritación de Winthrop abrió paso a una curiosidad mal disimulada.
Alzó la vista hacia ella, rostro que hasta el momento había estado evitando.
La pregunta relampagueó en su mirada, por lo general cargada de prejuicios, pero no la pronunció: «¿Qué sabe usted sobre neurología?
». Lenore celebró la pequeña victoria de haberlo descolocado sin desconcentrarse de su labor.
No sin antes vacilar, en el fondo inquieta por la proximidad con un hombre semidesnudo, colocó las manos en sus costillas.
Aunque la sorprendió que Winthrop respingara y la piel se le pusiera de gallina con el contacto, no hizo comentarios al respecto:
—¿Puede respirar con normalidad?
Él le devolvió la mirada con fastidio impostado. La competencia que Lenore estaba demostrando lo había ido amansando.
No recordaba haber estado tan cerca del doctor Winthrop.
De lo contrario, ya sabría que bajo el flequillo rubio oscuro ocultaba una ceja partida y que, además de una pequeña cicatriz vertical sobre el borde del labio superior, tenía un pasado mediterráneo: solo la continua exposición al sol podría haberle espolvoreado pecas y lunares por el rostro.
¿Cómo era posible que no hubiera estudiado hasta entonces la cara de un enemigo?
Cierto era que ella procuraba no coincidir con él cuando acudía al hospital, y que él respetaba la distancia física y emocional a la hora de echarla con cajas destempladas para hacer valer su rango.
En opinión del experto, Lenore no merecía ni que la confrontara en condiciones.
La largaba en voz alta y delante de todos desde la otra punta de la sala.
A Lenore no le costaba, pues, asociar semejante deseo de humillar a un rostro borroso, a un cuerpo acusado de rigidez, a una mole de carne y huesos sin sangre en las venas ni corazón sensible.
Pero ahora que lo tenía de frente y observaba las imperfecciones que hacían mundanales e incluso adorables a la más cruel expresión de humanidad, no podía entender su villanía.
Menos aún después de que su atenta observación lograra que Winthrop abandonara los recelos para mirarla con simple y llana curiosidad, casi como un niño inocente.
—Sí. Puedo.
Lenore pestañeó rápido. Tardó en recordar a qué pregunta respondía; no así en enderezarse, incómoda, y limpiarse la humedad de las palmas en la falda.
—No hay compromiso muscular o costal, entonces —murmuró para sí.
A un nivel inconsciente, la indagación manual le había servido para reconocer unos hombros anchos y torneados, unos costados firmes.
La dureza del trabajo físico se le había agarrado a la musculatura de la espalda y el pectoral como las rémoras a los tiburones—.
Tampoco le he causado una asimetría, al menos no de inmediato.
Habría que ver cómo progresa en los próximos días. Tendrá que guardar reposo.
—Ambos hemos sido afortunados de que no me golpeara el hombro izquierdo, señorita —respondió él, de vuelta a su infame tono desdeñoso—, o me habría incapacitado para operar y yo, en respuesta, habría tenido que estrangularla con la mano sana.
—Siempre se agradece la sinceridad del paciente —comentó, distraída, y se dispuso a vendarlo con diligencia.
Tenía tanta experiencia salvando percances semejantes que Winthrop no pudo quejarse de su buen hacer.
No le pasó por alto, aun así, que él vigilaba sus movimientos con recelo.
Podría haberle reprochado su desconfianza, con lo que habrían prolongado la discusión hasta el infinito, pero recordó el gesto bondadoso de su padre al ofrecerle su propia casa para que siguiera estudiando y no encontró el valor para tratarlo sin tacto.
Lenore debía ser una prolongación de la generosidad de Gulliver Nightingale, el recuerdo vivo de su paso por el mundo. Ese era su único compromiso.
—No ha sido más que un desafortunado incidente ocasionado por un malentendido, doctor —suspiró con intención conciliadora—. ¿Cómo iba a saber que se trataba de usted, si mi padre nunca me informó de su mutuo acuerdo? Tampoco podría haberlo deducido por mí misma. Creía que usted y él eran...
—¿El perro y el gato, enemigos naturales? —completó con hastío—. No se estaría equivocando, pero en aras de la ciencia nos convenía poner de lado nuestras diferencias.
Lenore hizo un nudo firme al pañuelo y se retiró para contemplar su obra con orgullo.
Puso los brazos en jarras, satisfecha, y compuso una expresión amable.
—¿Qué andaban investigando? —inquirió de buen humor.
—Eso, señorita, no es de su incumbencia.
«Por Dios santo —pensó con exasperación—. Este tipo es imposible.»
—Le recuerdo que está usted en mi casa, doctor Winthrop —dijo con insolencia—. Si no me complacen sus explicaciones, puedo revocarle el acceso y el uso del laboratorio.
—Dudo bastante que haya heredado directamente la casa, señorita —repuso con seguridad.
Mientras, se aseguraba con la mano sana de que el nudo no se movía y el vendaje había sido dispuesto en condiciones—.
Apuesto a que la propiedad de la vivienda flota en el aire en tanto que encuentra un marido que le gestione las finanzas.
Por ende —culminó en tono sabidillo. Lenore se fijó en que forzaba la manera de hablar, pero no para darse ínfulas, sino por entretenimiento; riéndose en privado de la afectación de sus interlocutores—, no tiene el poder de expulsarme.
Lenore le dedicó una sonrisa.
—Tengo el poder de fisurarle la otra escápula, doctor. No lo olvide.
Él no se escandalizó con la amenaza. Ella se preguntó qué le habría acostumbrado a la grosería de las mujeres, si el constante trato con pacientes de clases bajas o su misteriosa vida anterior en las profundidades del East End, de donde solo podría haber adquirido el acento cockney .
—Nunca pensé que oiría palabras tan bellas de la boca de una dama. Estoy seguro de que encontrará un pretendiente fabuloso si continúa profiriendo tan hermosas promesas de amor. ¡Es más! No consigo entender cómo es que todavía no se ha casado.
—Voy a tener que señalar su falta de originalidad, doctor. No hay nada menos creativo que tratar de ofender a una mujer aludiendo a su soltería. ¿No le da vergüenza mostrarse irónico e irrespetuoso con la hija del hombre que le concedió acceso ilimitado a su laboratorio?
—No —resolvió con desahogo. Con la mano que colgaba del cabestrillo pero aún tenía operativa, más por obra de la obstinación que por un milagro anatómico, se ajustó la manga del brazo opuesto.
La miró de soslayo con aquella bravuconería severa que descolocaba a sus interlocutores—.
¿Tiene alguna otra pregunta, señorita Traviata ?
—¿Y ahora por qué me llama así?
—Porque ha querido la casualidad que Sempre libera siga sonando mientras alterno en contra de mi voluntad con una chiquilla que no conoce su lugar.
—¿Qué lugar sería ese, doctor Winthrop? Seguro que uno muy superior al que le correspondería a usted y a su acento cockney .