Immortalis CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

—¡Mi padre! —jadeó, perpleja—. ¡Me va usted a decir ahora que tiene conexión directa con el reino de los cielos! Dígame, ¿se han carteado o es mentalmente como se comunican?

—¡Ni una cosa ni la otra, estúpida! ¡Trabajábamos codo con codo en una investigación antes de su fallecimiento y, tal y como era su deseo, he continuado sin él! —Centró la vista en el tubo que Lenore seguía sujetando con afán amenazador—. ¡Haga el favor de soltar eso!

—¡Ni lo sueñe! ¿Qué garantía tengo yo de que no miente?

—¿De veras piensa que entraría en vivienda ajena sin el permiso del dueño?

—Yo lo único que pienso es que está escuchando La Traviata a costa de mi padre.

—¿ A costa de su padre? ¿No le parece que habría forzado la puerta si hubiera tenido interés en vulnerar la propiedad de los Nightingale?

—Sin soltar el omóplato afectado, sacó del bolsillo un manojo de llaves y las sacudió ante el rostro desencajado de Lenore—.

¡Él mismo me entregó una copia para que entrara y saliera a conveniencia sin molestar a los criados!

Comprendió que no podía seguir ignorando su error.

Abochornada, soltó el improvisado garrote y dio un paso atrás.

Con tal de huir del reproche de Winthrop, que considerando su pasión por humillar a los atrevidos no tardaría en llegar, se centró en el sonido que salía de la abertura dorada del gramófono.

Reconoció la voz de Adelina Patti, la única estrella de la ópera italiana que había superado sus recelos hacia la máquina y se había prestado a grabar discos experimentales.

Al cabo de un rato en el que la tensión podría haberse cortado con un cuchillo, en gran medida empeorada por la mirada furibunda que él le dirigía, Lenore murmuró:

—Si lo desea, puedo echarle un vistazo al golpe...

El ofrecimiento solo empeoró su crispación.

—¿Ahora quiere realizarme un examen médico? ¡Qué casualidad! Conociéndola como la conozco, de seguro me ha reconocido usted ya de espaldas y no ha podido resistirse a partirme la crisma para a renglón seguido alardear de sus facultades sanitarias.

Lenore jadeó, indignada.

—¿Y qué si así fuera? ¡Usted se lo habría buscado por vetarme el acceso al hospital, impidiéndome ejercer la práctica en las condiciones óptimas y con fines altruistas!

Y antes de que la falta de imaginación le inste a reiterar que el hospital no es lugar para mujeres —se apresuró a añadir.

Lo descolocó aún más si cabía acercándose a él y poniendo una mano sobre la zona afectada.

Winthrop siseó una maldición entre dientes—, déjeme decirle que estoy de acuerdo...

a no ser, claro, que dichas mujeres sepan dictaminar una fisura de la escápula con un sencillo reconocimiento físico.

Él esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo.

—¿Y no será que lo ha dictaminado porque otra conclusión no cabe después de haberme atizado con una barra de metal? No me iba usted a endosar un diagnóstico de varicela.

Lenore se encogió de hombros con naturalidad, restándole hierro al asunto.

—Podría haber sido responsable de una simple contusión muscular o de un hematoma leve, pero supongo que empleé una fuerza excesiva contra usted. Dicen que no hay nada peor que una mujer despechada, pero es porque no han visto de qué es capaz una joven que arde de indignación.

Winthrop se quedó sin palabras. No habría dicho que esto fuera positivo, sin embargo. A juzgar por la sacudida de cabeza y la imprecación que masculló, asumió que la pésima opinión que tenía de ella no hacía sino agravarse por momentos.

—Déjeme inmovilizarle el brazo con un cabestrillo —se ofreció ella en tono benigno—. Mi padre dispone de un botiquín que...

Winthrop bufó sonoramente.

—Su descaro no tiene precio, pero ¿qué esperar del bello sexo? Las mujeres adoran crear un problema para besarse ambas mejillas después de resolverlo.

—No iba a besar las mejillas del energúmeno incapaz de encontrar el perdón en su corazón —ironizó.

—¿Para que uno acepte unas disculpas no es menester que primero se le ofrezcan? —retrucó con la ceja enarcada—. Perdóneme el desconocimiento; no estoy habituado a situaciones en las que me zurran por la espalda.

Lenore lanzó una exclamación exasperada y se encaminó hacia las escaleras.

—Lo quiera o no, o, mejor dicho, lo merezca o no —se corrigió con malicia—, voy a hacer uso de ese botiquín, doctor Winthrop. Solo para que vea que soy tan fiel al juramento hipocrático que no se me caen los anillos por atender a un paciente infame.

Su carcajada envenenada le llegó desde el pasillo.

Había salido a regañadientes tras ella.

Ambos sabían que el orgullo no podía interponerse en el tratamiento inmediato de una fisura: corrían el riesgo de que en el futuro desarrollara dificultades funcionales, como una deformidad ósea manifiesta en una protuberancia, pérdida de movilidad articular y el dolor crónico que venía con ambos diagnósticos.

Aunque, la verdad fuera dicha, Lenore no se oponía a que esto último lo sufriera de por vida.

No se consideraba creyente, pero por Dios que eso sería justicia divina.