Immortalis CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

Embotada por el silencio fúnebre que reinaba en la casa, Lenore fue preparando el laboratorio para su uso.

Prendió las luces de las lamparillas, graduó el microscopio óptico hasta que la lente estuvo enfocada y sacó de los cajones las placas.

Por último, rescató del bolsillo el pequeño frasco con la muestra de sangre.

Lo colocó ante la luz de la lamparilla para observar el color.

A primera vista pudo comprobar que el líquido se había separado en capas diferenciadas como agua y aceite —plasma arriba, coágulo debajo— y que al haber perdido oxígeno presentaba una tonalidad más purpúrea que amarronada.

Durante la extracción ocurrida un par de días atrás, no le había parecido tan oscura.

De hecho, le había llamado la atención que no desentonara respecto de la suya o la de cualquier otra criatura mortal.

Ansiosa por descubrir si el líquido había mutado, destapó el frasco y se lo acercó a las narinas. Un fuerte olor a putrefacción le torció el gesto.

No le dio importancia. La autólisis era una mutación esperable considerando que la sangre no era fresca y que, además, había sido extraída de un presunto cadáver.

La invadió un escalofrío placentero. Aquel extracto le diría toda la verdad sobre el milagro anatómico que era el ejemplar de homo immortalis .

Y es que era demasiado fácil despojar de su individualidad al sujeto del estudio cuando se hallaba rodeada de la última tecnología: estaban solos ella, su microscopio óptico y su determinación a llegar al fondo del asunto.

Le costó volcar un par de gotas de sangre en la placa.

El líquido era más denso y había perdido temperatura.

Siguiendo las indicaciones que un buen día su padre le enseñó, dispuso el muestrario de cristal bajo la lente del instrumento.

Iba a asomarse, muerta de expectación, cuando un crujido proveniente de las profundidades de la casa la distrajo.

Lenore se giró hacia la puerta con el cuello en tensión.

Aguzar el oído no la decepcionó: la ayudó a captar ruidos más sutiles, pero invariablemente sospechosos, como el entrechocar de unos cristales, el derramamiento de un líquido fluido y los pasos amortiguados de un intruso desplazándose sobre la moqueta.

Sabía de dónde venía el ruido, don que había podido cultivar en la infancia gracias a los juegos de escondite.

Localizar sonidos inusuales en puntos concretos del hogar no era lo único que había aprendido; también había tenido que estudiarse los distintos ritmos del caminar de cada uno de sus convivientes para discernir cuándo le convendría esconder su travesura de los pasos que se aproximaban por las escaleras y cuándo podría respirar tranquila, pues se saldría con la suya.

Por eso pudo decir con conocimiento de causa que el sujeto que se paseaba por el estudio de su padre no era ni el doctor, ni su esposa, ni Isobel, ni ninguna de las criadas.

Echó una ojeada rápida a su alrededor, de pronto nerviosa.

Extraer el soporte metálico del microscopio sería una imprudencia pese a ser ideal en forma y dureza; no podría costearse el destrozo de la joya de la corona del laboratorio para defenderse de un malandrín.

Pero estaba convencida de que alguien había aprovechado que la casa — su casa — estaba abandonada para ponerse cómodo entre las reliquias de su padre y eso bien merecía un escarmiento.

Agarró el tubo metálico que ejercía de soporte de la bureta, utensilio perfecto para fungir de garrote, y se agarró las faldas con la mano libre para que no la importunaran en su sigiloso descenso.

Conforme más se acercaba, mejor oía el trajín del intruso. El tintineo de cristales tenía que deberse a una afición por el brandy.

«¡El brandy ajeno!», puntualizó para sí.

Ardió de indignación al pensar que estuviera dándose un festín con los licores de su padre.

Se deslizó discretamente por el pasillo hasta el despacho y pegó la espalda a la pared.

Creía haberlo visto todo cuando un estallido de música coronó su indignación.

El gramófono. El miserable se había tomado la libertad de reproducir el disco de La Traviata que su padre, vanguardista en círculos científicos y excéntrico en opinión de sus pares burgueses, se había esforzado por adquirir de la mano del mismísimo Emile Berliner antes de que comercializara el producto en Europa.

No le había dado tiempo a disfrutar del hallazgo. Cayó enfermo el mismo día que los hombres de Berliner le entregaron el gramófono en la puerta de casa.

Al oír que el intruso se aproximaba a la puerta tarareando la melodía de Sempre libera , Lenore asió con fuerza el tubo.

Contó hasta tres para sus adentros y, sin pensarlo mucho más, se abalanzó sobre la única figura vestida que encontró.

El ladrón tuvo suerte de hallarse de espaldas a ella o de lo contrario le habría golpeado la cara en lugar del omóplato.

Lenore retrocedió, asustada por el impacto y por la familiaridad del aullido. Con el susto, el sujeto había dejado caer la copa de la que había estado bebiendo, que por suerte no se rompió.

Se llevó la mano contraria al hombro herido y se giró con los ojos grises inyectados en sangre.

—¿Qué diablos cree que hace? —le rugió el doctor Winthrop.

Por un momento tardó en reaccionar. Se le había escapado un curioso acento cockney que a Lenore no le constaba que tuviese, regio y petulante como era. Al menos, esa imagen transmitía mientras se paseaba por el hospital como un monarca por su reino, regocijándose en su intocabilidad.

—¿Qué diablos cree que hace usted? —se defendió enseguida sin perder el temple—. ¿Quién le ha dado permiso para allanar mi casa?

Winthrop la miraba como si hubiera perdido el juicio, todavía sujetándose el hombro.

—¿Quién cree usted? ¡Su padre!