Immortalis CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Era una suerte tener a Theresa de su parte. No había necesitado suplicar para que se ofreciera a cubrirla mientras visitaba la ahora vieja casa de los Nightingale, donde nadie a excepción de una rigurosa camarilla de sirvientes había puesto un pie en el último mes.

Humbert había sido informado de que esposa y nieta habían salido aquella tarde para aprovechar los primeros rayos de sol primaverales, realizar algunas compras en Bond Street y tomar un refrigerio en Gunter’s Tea Shop: en definitiva, la respetabilísima rutina de toda burguesa con mayor o menor holgura de bolsillo.

Al principio, Lenore había pensado que Theresa había aportado demasiadas explicaciones —y lo que era peor, indicaciones geográficas que podrían inspirar al barón a presentarse allí por sorpresa—; luego había descubierto, no sin asombro, que más allá de que su abuelo opusiera resistencia a toda aventura que le excluyera de manera deliberada, para él nunca había excusas suficientes que justificaran el abandono temporal de su esposa, de la que a ratos parecía dependiente y, si no, fiel esclavo.

Por suerte, había terminado concediendo su magnánimo permiso.

Adhiriéndose al plan inicial, Theresa y Lenore habían separado sus caminos a la altura de Great Ormond Street.

Ella se había apeado con una sonrisa de agradecimiento y las muestras de Dariy en los bolsillos interiores de la falda.

Por su parte, la baronesa había continuado el recorrido hacia Marylebone para citarse con una vieja amiga.

Todo el mundo estaba satisfecho, pues.

Sobre todo lord Humbert Loxley en su bendita ignorancia.

Lenore no entró enseguida en la casa. Su objetivo no era pasearse entre los testimonios materiales de un padre fallecido antes de tiempo, sino hacer uso de su laboratorio, pero era imposible alcanzar el inframundo sin cruzar primero la laguna Estigia: sabía que habría de enfrentarse a olores familiares de los que muy convenientemente Humbert la había protegido al mudarla a Hampstead de inmediato.

Esto le producía sentimientos encontrados que todavía tardó unos minutos en gestionar.

Usó su propio manojo de llaves y accedió al recibidor como los ladrones, con prisa a la par que sigilo.

Una vez dentro, tomó la precaución de mantener la vista gacha y avanzar a tientas por el pasillo iluminado solo por la luz que filtraban las cortinas diáfanas.

Descorrió algunas para no tropezar y cruzó de puntillas el corredor hacia la escalinata principal, por la que no hacía mucho tiempo había bajado corriendo ante el presentimiento de que alguien externo a la familia había acompañado la despedida de su padre.

No le había preguntado aún a Dariy si estuvo allí en la fatídica noche. En gran medida no necesitaba conocer la respuesta. Sabía que, incluso si no había estado de cuerpo presente, ese día sus caminos habían quedado unidos para siempre a través del instinto.

Pretendía seguir su recorrido sin dejarse distraer por las tangibles menudencias que empeorarían su nostalgia —un libro sin terminar olvidado en una repisa, unos elegantes zapatos masculinos—, pero el azar tenía otros planes para ella.

Una ráfaga de aire se coló por la ventana que había abierto para ventilar y produjo el crujido de la puerta de la sala de uso personal de su padre. Esto la frenó a media ruta y la llevó a lanzar una mirada suspicaz al resquicio de salón que insinuaba la franja de apertura.

Defensor de que esta era la clave de una vida rica y saludable, Gulliver había diferenciado los espacios de ocio de los espacios de trabajo.

Ahí donde el laboratorio y su caótico despacho se ubicaban en el piso superior, la habitación en la que se sentaba a revolcarse de la risa con sus hijas, leer y escuchar música se hallaba por conveniencia junto a la que su madre ocupaba para tejer, dormir la siesta y tocar el piano, en la planta baja.

Reticente por cómo pudiera reaccionar al reencuentro, Lenore empujó la puerta. Se asomó a una salita aún acogedora pese al abandono que la acechaba.

Las limpiezas exhaustivas a las que la habían sometido habían ido borrando la huella de su antiguo dueño.

Solo el lomo desgastado de los libros de ficción que ocupaban los estantes y el carácter único de la colección de suvenires de sus breves pero prolíficos viajes recordaban que alguien, una vez, había mimado y protegido sus preciadas posesiones.

Entre ellas reconoció uno de sus juguetes de la infancia, una muñeca de trapo estropeada por las prácticas barbáricas a las que la expuso y que había sobrevivido solo gracias a la buena mano de su padre.

Nunca olvidaría cuando entró como una tromba, interrumpiendo sus quehaceres, para llorarle con amargura: Polly Dolly «se había accidentado» durante uno de sus extremos jueguecitos y ahora la cabeza se le descolgaba a medio decapitar sobre el hombro.

Su padre había interrumpido de inmediato su lectura y la había mirado con solemnidad.

—Necesita puntos de sutura con urgencia.

La Lenore niña dejó de llorar en el acto, admirada con su determinación.

Sorbiéndose la nariz, lo siguió al piso superior.

También lo habría seguido si hubiese salido a la calle; si hubiera tomado un barco a los infiernos.

Pero, por suerte, para solucionar el despropósito solo necesitaba echar mano de su preciado botiquín, del que sacó aguja e hilo.

Maravillada, la pequeña Lenore observó que Gulliver colocaba a Polly Dolly sobre la mesa del escritorio, igual que habría hecho con un paciente, vertía una gota de láudano en su sonrisa de algodón «para adormecerla y que así no sufriera durante la operación» y procedía a coserle la cabeza al torso, pues cuello no tenía.

Su padre lucía una expresión de seriedad en el rostro a la que no la tenía acostumbrada, dicharachero como solía ser en casa. Esto la impresionó y conmovió a partes iguales, porque significaba que le preocupaban las mismas naderías que a ella.

Lenore colaboró en la operación, por supuesto. Obedientemente, fue en busca de las tijeras cuando él se las pidió extendiendo la mano, y tuvo la iniciativa de cortar un pedazo de la venda de gasa para cubrir la lesión de la doliente en tanto que se recuperaba de la invasiva intervención.

—¡Qué paciente tan estupenda es la señorita Polly Dolly! —había exclamado su padre al concluir—. No se ha quejado en ningún momento.

La Lenore adulta sonrió con el recuerdo.

Eso era lo único que le quedaba: sonreír ante los recuerdos y evitar torturarse con la inevitabilidad de la muerte.

Pero es que, aun limpiado a conciencia, el saloncito seguía conservando como en un museo fúnebre los accesorios del idiosincrático atuendo de Gulliver Nightingale: su pipa descansaba aún en el alféizar de la ventana despidiendo un rastro de tabaco maloliente, como pudo comprobar al acercársela a la nariz.

Su madre se pasó la vida entera protestando por el aroma rancio del que impregnaba la casa, se impregnaba la ropa y también los labios, labios traviesos que desdeñaban los reproches y acudían a infectar la hermosa piel de su señora con besos que, en contra de sus principios y actitud inicialmente reacia, terminaban amansándola.

Lenore puso la pipa a resguardo en uno de los cajones.

Allí dentro encontró uno de tantos cuadernos de anotaciones que dejaba desperdigados por toda la casa, nunca por despiste, sino como una forma de comunicarse.

A sabiendas de que la pequeña Nightingale se asomaba a leer sus escritos incluso sin haber cumplido la edad para entenderlos, Gulliver dejaba entre párrafos justas advertencias —«Noor, deja de leer.

Los informes médicos de los pacientes son privados; hay que respetar su intimidad»—, acertijos con el consiguiente espacio para que ella anotara la respuesta —«¿Qué tiene cabeza, cola, es marrón y le faltan piernas?

»— y graciosos garabatos que pretendían representarla a ella, con sus orejas de soplillo, su pelo electrizado y los brazos extendidos, siempre pidiendo un abrazo, y a él —mismas orejas, por supuesto— erguido a su lado con la fidelidad de un soldado real.

Si le pidieran que imaginara una escena entre su padre y ella, eso sería lo que describiría: un abrazo.

Le parecía que habían pasado más tiempo queriéndose que hablando, y eso ya era decir.

Lenore sintió tentaciones de leer el cuaderno, pero lo dejó donde estaba y cerró el cajón.

No mucho tiempo atrás aprendió por las malas por qué uno no debía husmear entre pertenencias ajenas.

Lo que sobre todo le interesaba de las divagaciones de su padre era la información sobre enfermedades y su tratamiento; no fue de extrañar que terminara topándose, pues, con la detallada descripción de su propio cuadro clínico.

Todavía recordaba que los brazos se le pusieron rígidos y dejó de sentirse la cara al leer los síntomas que había experimentado en sus carnes, así como todas las locuras en las que había incurrido para no sobrevivirlos.

Su padre fue minucioso plasmando los intentos de suicidio, el aspecto de sus cicatrices y qué balbuceaba en sueños.

Inspiró hondo y se convenció de salir de la habitación.

El dolor del luto la había conectado con el padecimiento de Dariy. No podía olvidar lo que la había traído allí: descubrir su punto débil para nunca, jamás, utilizarlo en su contra.

Tuvo que emplear otra de las llaves del manojo para acceder al laboratorio, que por razones de seguridad su padre mantenía cerrado a cal y canto.

No habría permitido que sus hijas, en un alarde de curiosidad, acercaran la nariz o metieran los deditos en las mezclas químicas.

Gulliver aprendió la lección por las malas cuando Isobel empezó a tener pesadillas después de toparse con los cadáveres de insectos y pequeños mamíferos sumergidos en formol.