Immortalis CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

Se fue tendiendo muy despacio sobre la mesa de latón.

Debía de estar fría como un témpano, pero ¿qué importancia tenía eso para él?

Que Lenore supiera, era indiferente a la temperatura, a la sed de agua, a la necesidad de sueño...

, pero no al miedo a la soledad, no al deseo de ser amado, y por eso era más humano que muchos hombres con los que había tratado.

A través del gesto de entregarse a ella sin reservas, presentarse como un sujeto de estudio obediente y vulnerable, Lenore entendió que confiaba en su buen hacer, y una vez más se enorgulleció de sí misma a través de él.

—No necesito abrirle en canal, como usted dice, para saber que su corazón no late. Tomaré por cierto cualquier detalle anatómico que desee proporcionarme de palabra —añadió con un nudo de ansiedad en la garganta.

Sabía que estaba muerto. Era lo primero que había sabido sobre él además de su milagrosa existencia. Pero las manos habían empezado a temblarle de pensar en tratarlo como tal.

Era porque hablaba, se dijo, y la palabra era lo que separaba a los hombres de las bestias; a lo muerto de lo vivo.

—¿Ya no quiere experimentar? —siguió pinchándola. Alargó la mano hacia donde Lenore había depositado el bisturí para tomar una pequeña muestra de piel y se lo colocó en la palma—. Haga las cosas bien, doctora. Si le he confiado la tarea de encontrar mi cura, es porque espero que se emplee a fondo.

La aprensión le descontroló la barbilla.

Lenore había acompañado al depósito de cadáveres a su padre en una única ocasión, cuando fue requerido por la Policía Metropolitana para realizar un examen forense.

Por supuesto, su presencia allí fue duramente criticada y no fue ella la única a la que se le prohibió regresar: también el doctor Nightingale pagó los platos rotos por haber tenido el atrevimiento de invitarla.

Nunca podría, pues, practicar una autopsia con el permiso de las autoridades, y ni mucho menos se le concedería el privilegio de practicarle una al homo immortalis .

Era una oportunidad única.

Estaba segura de que encontraría un cuadro anatómico devastador.

Si llevaba siglos muerto, solo Dios sabía en qué estado tendría el corazón.

Bien podía estar enfermo de endocarditis.

Apostaba, también, por un diagnóstico de congestión hepática, cavidades purulentas y putrefacción, y era un diagnóstico que le habría encantado comprobar con sus propios ojos si para ello no hubiera tenido que realizar a su vez el simulacro de un asesinato.

Aun así, lo intentó. Intentó sobreponerse a sus estúpidos escrúpulos, únicos responsables de que numerosos estudiantes de medicina se quedaran para siempre estancados en la aspiración.

Pero al acercar el bisturí a la fina cicatriz que le dividía el torso por la mitad, señal de que no era la primera vez que lo cercenaban, la mano le tembló tanto que tuvo que agarrarse la muñeca con la contraria.

Cerró los ojos y trató de encontrar una explicación racional a sus sentimientos para así persuadirlos de dejarla en paz.

La triste verdad era que tener un bisturí en la mano, o solo un objeto punzante, le traía recuerdos dolorosos acentuados por la conversación mantenida con Dariy.

Como si mente y cuerpo estuvieran conectados por un hilo invisible, le pareció que le palpitaban las cicatrices de los antebrazos.

«No le hagas lo que tú te hiciste —podían estar diciendo—. Tampoco hieras a nadie en el nombre de la ciencia.»

Tragó saliva y se forzó a posar la punta afilada sobre el esternón. Su piel no era suave ni áspera; tenía un tacto similar al mármol italiano, frío y resbaladizo.

Pensó de nuevo en su declaración de intenciones.

Quería morir. Ella entendía ese deseo, y por eso mismo se dolía.

Si en algo se parecía Dariy a la Lenore del pasado, disfrutaría en secreto y con morbosidad del sufrimiento que pudiera proporcionarle.

Tal vez no le afectara como podría padecer ella misma las consecuencias de una herida, pero la sensación de estar siendo agredido, de que violara su cuerpo tratándolo como a un mero sujeto de estudio, tenía que resultarle grotesca.

A Lenore se lo resultaba. Y, además, lo había visto: había visto que Dariy era una criatura orgullosa y muy capaz de sentir humillación.

Arrebatada por el sentimiento, soltó el bisturí y se abrazó a él con torpeza apoyando la cabeza en su pecho. No ardía como en su último encuentro. Tampoco helaba al contacto.

Sobre todo, nada había latiendo en la cavidad visceral.

—Si para usted el alma está contenida en la sangre —murmuró Lenore—, derramando la suya estoy violando lo más sagrado.

Sintió el agradable peso de una mano sobre la sien, una caricia distante pero protectora.

—¿Lloras?

—Todavía no estás muerto, Dariy, así que no voy a practicarte ninguna autopsia.

Como ofrenda de paz, él dejó correr el silencio.

—¿Por qué te apiadas de mí, Lenore?

—Tú sabes por qué —siguió hablando en voz baja. Tragó saliva—. El amor es compasión.

Se incorporó lo suficiente para mirarlo a través del velo de las lágrimas.

Cualquiera habría dicho que, tendido en la mesa con el cabello negro desparramado y observándola a su vez con los párpados entornados, semidesnudo y cubierto de cicatrices, ofrecería un aspecto vulnerable, pero Dariy seguía resultando amenazante; también la mano que había enredado en los mechones de Lenore era muy capaz de defenderse.

Ella tragó saliva —le supo salada por el llanto— y se inclinó para buscar sus labios.

Él los entreabrió para aceptar un beso dulce y blando, como blanda se había quedado Lenore después de la tiritona del ataque.

Para su inmensa desgracia, Dariy no profundizó en el beso y solo cerró los ojos para disfrutar del contacto, de las dos bocas que habían encontrado el perfecto encaje de dos piezas de puzle y respiraban ahora la una a través de la otra.

Allí, enroscada a una criatura que era en realidad un arma de destrucción, Lenore se creyó a salvo. Sintió algo que era aún más importante para ella: se sintió comprendida.

Entonces tomó la firme determinación de no permitir que aquella maravillosa existencia se perdiera, ni a manos suyas ni a manos de nadie.