Immortalis CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

«Por lo visto, le pone de un excelente humor la idea de acercarse a la extinción», pensó con un nudo en la garganta.

—Por desgracia para usted, su teoría se cumplirá o fracasará cuando ya no esté aquí para verlo.

—Revuelta aún por la confesión de Dariy y escarmentada por haber sacado a colación el beso que no debía mencionarse, se dirigió con seguridad al equipo de instrumentos.

Como ya no tenía caso ocultar las cicatrices de los brazos, se remangó con diligencia e inspiró hondo—.

Señor Vranitsky —lo llamó con renovada energía—, en primer lugar voy a necesitar estudiar quién es usted.

Dariy levantó las cejas.

—Un interesante enfoque.

Lenore arrugó el ceño, extrañada.

¿Qué enfoque le habría dado su padre, si no?

No dejaba de ser el referente del que había aprendido cuanto sabía: él, la inmensa mayoría de libros de medicina publicados en inglés hasta la fecha y alguna que otra conversación con el solícito doctor Barnes.

Incluso había prestado atención a los diagnósticos del desabrido Winthrop cuando él no era consciente de que ella, vulnerando sus preciadas normas, andaba pegando la oreja.

—Un enfoque básico —corrigió mientras husmeaba entre los cajones para recolectar los materiales que iba depositando a un margen de la placa de Petri—.

Uno de los principios más célebres de El arte de la guerra reza que, para derrotar a un enemigo, hay que conocerlo.

Su sangre me revelará los que son sus puntos débiles.

De este modo sabré cómo atacarle —determinó, y levantó la aguja que acababa de encontrar—.

¿Está conforme con que analice sus fluidos?

Mi padre disponía en casa de un microscopio óptico que puedo emplear para el estudio.

Como toda respuesta, Dariy se encaminó a una de las mesas vacías. Se encaramó de un salto que, con su parsimonia, pareció más bien un pasito, y a continuación se deshizo del batín.

El primer impulso de Lenore fue apartar la vista, ruborizada, pero la visión de su pecho aun de soslayo la impresionó y no osó mover una pestaña.

Nunca admitiría que llevaba semanas imaginando la desnudez de Dariy. Cabía esperar que, tratándose de una criatura de su belleza y magnificencia, su piel presentara la misma tersura de alabastro que su hermoso rostro.

No era así.

Solo su torso estaba rayado de cicatrices incluso más pálidas que él, cicatrices que no seguían ningún patrón más allá de generar desconcierto por su desorden: más cortas, más largas.

Algunas de ellas parecían obra de un accidente doméstico sin importancia, pero otras, gruesas e irregulares, contaban historias de violencia.

Las que llamaron su atención, sin embargo, fueron las incisiones quirúrgicas ya sanadas, reconocibles por la precisión de sus líneas y por el espacio geográfico que ocupaban.

La cicatriz más llamativa le surcaba el torso desde el esternón hasta el ombligo.

—Veo que ya ha intentado salirse con la suya en previas ocasiones —fue lo que se le ocurrió decir.

No reconoció su propia voz. La mano le tembló al acercarla a una cicatriz espantosa sobre el pezón izquierdo—.

Déjeme decirle que, si esta puñalada en el corazón no le mató, no puedo prometerle que mi investigación prospere.

—El corazón no es lo más importante que tiene un hombre.

—Pensaba que usted era un monstruo irredimible —ironizó—, no un hombre.

—Puedo convertirme en uno brevemente. Solo mientras hablo con una mujer.

Lenore se esforzó por tragar saliva. Si no hubiera sido inteligente y no hubiese aprendido enseguida que Dariy hablaba desde la melancolía y no la seducción, habría pensado que pretendía conquistar sus sensibilidades.

Y no. En su comentario había agradecimiento e incluso ternura, no tanto la pasión que a ella la arrastraba hacia él.

—¿Y cuál es, en su opinión —retomó—, la parte anatómica por antonomasia?

—¿Del humano? La sangre. En la sangre está contenida el alma de cada uno, doctora. Si se refiere a la del homo immortalis ... —fingió pensarlo—. ¿Los colmillos?

Su respuesta la divirtió, pero evitó dejarlo traslucir, todavía afectada por la situación.

Debilitada también por la intimidad de sus inesperadas declaraciones, por el ardor de su mirada viva —lo único latiente en él—, Lenore se forzó a apartar la vista.

No podía olvidar que la criatura había emprendido el camino hacia su desaparición y, por injusta que se le antojase y dispuesta que estuviera a luchar contra su impulso destructivo, ella no era nadie para impedirlo.

Solo era alguien a quien Dariy podría arrastrar consigo si no se andaba con cuidado.

Procedió a realizar la venopunción de rigor para el estudio de la sangre. Antes esterilizó la aguja calentándola sobre la llama del mechero Bunsen, que oportunamente localizó en un estante.

Le pidió a Dariy que le mostrara la palma de la mano y pinchó el antebrazo. No se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración hasta que vio brotar el líquido.

Era rojo escarlata, como el de cualquier otro ser vivo.

—Necesito más de una gota —se disculpó con una mirada tímida—, o de lo contrario se habrá secado para cuando pueda escaparme a mi laboratorio.

Él no se opuso. Observó la labor de Lenore con una mezcla de recelo y curiosidad, sumido en la clase de silencio obstinado que podía entenderse como la represión de un sentimiento peligroso.

Ella hizo oídos sordos a su instinto y depositó la sangre en un pequeño frasco que Dariy juró desinfectado.

—Aunque muy grosso modo , he medido en previas ocasiones su temperatura corporal —meditó en voz alta—.

Apuesto a que está usted en torno a los veinte grados en una habitación caldeada; a cinco si se encuentra a pie de calle, pero que asciende de manera milagrosa cuando acaba de alimentarse.

Lo mismo diría que sucede con sus reflejos: no respira, su corazón no late y no he observado reacciones pupilares a ningún estímulo. Salvo...

Lenore apoyó las manos a cada lado de sus caderas y se puso de puntillas para ofrecerle el lateral de la garganta. Con el rabillo del ojo vigiló la reacción de Dariy, que para su desgracia fue ejemplar.

—Llevo siglos controlando el hambre, doctora —comentó al borde de la risa—. Necesito algo más que la visión de un bonito cuello para perder el control. Al menos si el hambre es de sangre y no de carne, claro.

Lenore disimuló una sonrisa afectada por su flirteo.

—Necesita algo más, dice. ¿Como, por ejemplo...?

Dariy alargó la mano hacia la aguja, que había vuelto a ser esterilizada tras su uso, y la pinchó con suavidad a la altura de la vena yugular.

Entonces pudo ver lo que se le había escapado durante la cita con Felicity: el hambre en su estado más primitivo.

Las pupilas se le dilataron, así como las fosas nasales, y por el modo en que tragó, dedujo que la salivación era excesiva.

Lo que más le llamó la atención fue la aparición de dos protuberancias bajo su labio inferior.

Ni corta ni perezosa, le tiró con suavidad de la barbilla para que abriese la boca. Como si hubiera retirado las cortinas de un telón, ante sí aparecieron dos colmillos desarrollados.

—Coincido en que la dentadura podría ser el rasgo anatómico por antonomasia del homo immortalis . Es lo que le permite alimentarse, al fin y al cabo. Curioso... Ya tenía usted unos incisivos considerables, señor Vranitsky. ¿Siempre duplican su tamaño?

—Sí.

Lenore no fue inmune al sonido de su voz enronquecida.

Trató de ignorar los efectos que tuvo en su cuerpo centrándose en los cambios en su aspecto físico, pero de todas las variables posibles, no era el rostro arrasado por el deseo de devorarla lo que invocaría su concentración.

Echó el peso en la pierna contraria, luchando contra la incomodidad, y palpó la mesa en busca de la libreta donde había estado realizando las últimas anotaciones.

—Es increíble cómo funciona la naturaleza —señaló con cuidado de no balbucear.

Su voz emergió débil, aun así, e indefensa, como debía de sentirse siendo el blanco de la bestia a la que había provocado—.

A fin de facilitarle la caza, el depredador se torna más atractivo para la víctima cuando está a punto de ser devorada.

Dariy le quitó el cuaderno cuando iba a escribir su reflexión y lo arrojó a un lado.

—Tendrá que conformarse con almacenarlo todo en su memoria, doctora. No voy a permitir que vuelva a haber en circulación un detallado estudio de mi anatomía.

Lenore se quedó muy quieta después del exabrupto, reacción comprensible considerando que ella seguía sangrando por la herida.

Apenas un hilillo de sangre, fino como una hebra de cabello, corría cuello abajo, pero era el foco de la atención del hombre que ya no era hombre, que por fin se revelaba como lo que era.

La cabeza de Dariy encontró la posición perfecta en el hueco de su garganta para lamerla de abajo arriba. Lenore se estremeció al contacto con la lengua, húmeda y áspera e incomprensiblemente erótica.

Había olvidado incluir en su estudio mental cómo olía y, sin embargo, ¿de qué manera describirlo? Olía a algo misterioso y apetecible, al fresco de la noche cerrada, a todo y a nada a la vez.

Lenore fue a cubrirle la nuca para transmitirle que no le importaba su osadía, que hasta la encontraba halagadora.

Él, sin embargo, era caballeroso incluso acorralado por sus bajas pasiones y sabía cuándo convenía detenerse: justo después de cerrarle la pequeña herida con una última y calculada lamida.

—¿No piensa abrirme en canal?

—¿Qué? —se oyó responder con los oídos taponados.

—Practicarme una autopsia, en otras palabras. Es la medida forense para adivinar la causa de la muerte y el estado del cadáver. Le recuerdo que estoy muerto, señorita Nightingale —dijo, no exento de sentido del humor.

—Eso no significa que no pueda sentir dolor.

—No puedo —le confirmó.

—¿No puede?

—No.

—¿Y eso es para usted un alivio o una condena?

Dariy no contestó. No era necesario.

Para él todo era una condena.