CAPÍTULO 17
Lenore aguantó la respiración un segundo.
—¿Qué quiere decir?
—Lo que su extraordinaria inteligencia le ha permitido entender —respondió con intransigencia, como si de pronto no le perdonara una sola ingenuidad—. Deseo morir y aún no he descubierto la manera. Su padre tampoco la averiguó.
Paralizada por el espanto, solo pudo reírse entrecortadamente.
—¿Morir? —Por más que buscó las palabras adecuadas para disuadirlo, lo único que atinó a expresar fue una rotunda negativa—. No.
—¿No?
—No —insistió, y depositó con firmeza la placa de Petri sobre la mesa.
La necesidad de huir fue superior a su aspiración de investigar el laboratorio; incluso a su sentido común, a sus fuerzas y a los modales aprendidos, que prohibían de forma terminante zanjar una conversación con brusquedad.
Nada en el mundo podría haberla descolocado más que una declaración de esas características.
Apenas había alargado la mano hacia el pomo, no obstante, cuando Dariy se interpuso entre la salida y ella.
—¿La he ofendido? —preguntó con fingida confusión.
Lenore se aferró a sus puños crispados para contener un acceso de emoción.
—Sí, me ha ofendido.
—¿Por qué motivo? —Ladeó la cabeza—. Cualquiera diría que la he conducido engañada a mi sótano con el objeto de devorarla.
—Tal cosa me habría resultado perdonable y hasta comprensible, pues a fin de cuentas la depredación es requisito de su condición.
—Sostiene entonces que matar es honesto, pero querer morir es antinatural.
—¡Lo es porque va contra su primera naturaleza, que es la eterna supervivencia!
—Pensaba que deseaba conocerme en profundidad.
Lenore apretó los labios.
—Ese deseo suyo de acabar con su vida me es familiar de sobra, señor Vranitsky. Seguro que no le sorprende que le diga que no es infrecuente entre los mortales, sobre todo entre aquellos a los que se les prohibió descansar en camposanto por llevar a término su deseo.
—¿Qué es lo que me reprocha? ¿La ha decepcionado que su adorada criatura mágica no esté por encima de algunas debilidades humanas?
—¡Sí! —le gritó—. ¡Sí, me ha decepcionado!
Dariy la sobresaltó agarrándola de la muñeca para retirarle de un tirón la manga del vestido. Así reveló una serie de cicatrices pretendidamente horizontales pero irregulares por el estado enajenado en el que se trazaron, ahora blanquecinas por la curación del tiempo.
Lenore perdió la respiración y denunció su osadía con una mirada inyectada en sangre.
Él la observó sin ningún tipo de emotividad.
—Respondiendo a su pregunta, no, no me sorprende que la ideación suicida gobierne y a menudo pudra algunos corazones latientes —se limitó a decir.
Lenore se cubrió tan rápido como recuperó la autonomía de su brazo y trató de apartar a Dariy de la única salida, pero era inmenso y envolvente como una catástrofe natural—.
He debido equivocarme con usted, señorita Nightingale.
Pensaba que, además de las peculiaridades de mi composición sanguínea, quería estudiar mis orígenes históricos y mi moralidad.
Veo que no, y que para usted no soy nada distinto de un animal extraño que no tiene derecho a un criterio propio.
La indignación la impulsó a empujarlo por el pecho.
—¿Y qué soy yo para usted sino el verdugo que pretende que le ayude a morir? ¡Si hubiera sabido que la condición de estudiarlo sería colaborar en su extinción, le habría dejado en paz mucho antes!
Dariy la miró desde su estatura fastidiado por su mediocridad. Con voz neutra y ningún otro propósito que enfurecerla, señaló con languidez:
—¿Sabe? Ahora mismo está exhibiendo síntomas de locura, señorita Nightingale.
Lenore lo enfrentó con una mirada fúnebre.
—Y, sin embargo, no estoy ni la mitad de enferma que cuando intentaba acabar con mi vida —rebatió sin amilanarse—.
Me resisto a creer que mi padre se prestara a ayudarle en tan trágica causa.
Era médico, no ejecutor, y si ya regresaba a casa destrozado de pensar que no había podido salvar a un niño de la escarlatina o a una prostituta de la sífilis, ¿cuánto no se habría opuesto a ser causante directo de la agonía de una raza única?
—Pensaba que la labor del médico era respetar los deseos de su paciente.
—¡No si sus deseos no son respetables! —rugió, fuera de sí.
—Ni siquiera ha oído mis motivos aún.
Lenore soltó una carcajada carente de humor. Se pellizcó el puente de la nariz, uno de sus rituales para invocar la paz mental.
—¿Qué motivos podría tener, señor Vranitsky?
¿Que ya ha vivido suficiente, quizá? ¿Y qué espera encontrar en la muerte que sea más interesante y ofrezca más oportunidades que la promesa de un nuevo día?
¿Que acumula el sufrimiento de cientos de miles de experiencias trágicas, tal vez?
¿Y se supone que morir pondrá fin al círculo perpetuo del dolor?
, ¿que no lo heredarán los seres amados que abandone en esta Tierra, dejando sus corazones ardiendo... ?
Dariy esbozó una sonrisa burlona.
—¿De qué seres amados estaríamos hablando? Soy una suerte de holandés errante que...
—Yo notaría su ausencia —le interrumpió atropelladamente—. Yo pensaría en usted.
Dio por sentado que Dariy se mofaría de su vehemencia incluso si no era un hombre dado a la socarronería, y es que a cualquiera se le habría antojado inconcebible que una muchacha le hubiese tomado cariño a una bestia en el transcurso de varios encuentros.
Pero ni él ni ella sintieron que hubiera engaño en su declaración.
Lenore en concreto descubrió que, en contra de todas sus creencias sobre sí misma, no le era imposible desenmarañar la complejidad de sus sentimientos y expresarlos en voz alta.
—Estoy cansado, Lenore —resumió él con voz queda—. Eso es todo.
Ella apretó los labios para reprimir un puchero.
—En ese caso, búsquese otro cabeza de turco que le ponga a dormir. No seré yo la que le cante una nana y le sostenga la mano mientras se despide de lo conocido.
Debió sonar terminante, porque Dariy le concedió su deseo apartándose de la puerta.
Lenore salió de allí como alma que lleva el diablo. Se remangó las faldas para subir las escaleras impulsada por la energía de la rabia, que podría haber movido montañas, pero no llegó a poner un pie en el segundo peldaño porque él la condenó con una advertencia.
—Si se marcha ahora, no volverá a verme.
Lenore agarró con más fuerza la tela del vestido, muerta de impotencia.
Centró la vista en un punto perdido de la escalinata y trató de convencerse de que lo odiaba por ponerla en tan difícil posición.
Pero no podía odiar a una criatura que sufría los mismos impulsos destructivos que ella misma había padecido en el pasado, y que con más recurrencia de la que nunca admitiría seguían torturándola.
La idea de no volver a verlo no solo le resultaba insoportable, sino que se le presentaba como un disparate; algo que no se le había ocurrido plantearse en ningún momento. Había sabido que era eterno antes incluso de distinguirlo por nombre y rostro, y esto le había producido un alivio desmesurado.
Por fin había alguien en el mundo que nunca la abandonaría, no porque no quisiera, sino porque no podría.
Pero más allá de que perderlo le fuera antinatural por la que era su primerísima condición, Lenore no podía ni quería contemplarlo porque no solo era el único ser inmortal sobre la Tierra, sino el único que no creía que debiera perdonarle sus rarezas y que, para colmo, tenía el descaro de celebrárselas.
La histeria diagnosticada, la insolente insistencia, el deseo de dedicarse a la medicina y hasta las orejas de soplillo.
Solo él la veía en su conjunto y lo aprobaba sin objeciones de tipo ético o social.
Para Dariy, la existencia de Lenore no era ni un error ni un abuso de licencias.
Se humedeció los labios y cuadró los hombros antes de girarse a mirarlo con indefensión.
Abrió la boca para reiterar que no pensaba colaborar en su destrucción.
Antes matarse ella que ayudarlo a morir.
Pero ponerse en sus zapatos le era tan fácil como respirar, y se podía figurar con qué contraargumento la atacaría si se pronunciaba de nuevo.
Se podía figurar, también, la clase de locuras que cometería si ella lo abandonaba a la suerte de sus ideas suicidas.
No. Debía convertirse en un caballo de Troya: hacerle el regalo de su comprensión mientras por dentro urdía el modo de disuadirlo.
Lenore rehízo sus pasos y se plantó ante él con la barbilla erguida.
—¿Conserva las anotaciones que hiciera mi padre sobre el estudio de su inmortalidad?
—Tomé la precaución de quemarlas.
—Entonces pretende que empiece de nuevo —se rio sin energía—. La única razón por la que me ha permitido asomarme a esta milagrosa vida que es la suya era la esperanza de que retomara la investigación o le diera un giro creativo, ¿me equivoco?
—No se equivoca, no.
—¿Y era necesario que me besara para inducirme a aceptar? —le soltó cargada de rencor.
La sonrisa que el marqués esbozó tuvo el rastro de una picardía extinta. Apostaba por que se la había robado al Dariy niño que todavía se acostaba planeando las travesuras del día siguiente.
Reservándose una respuesta misteriosa, se apartó de la puerta y la invitó a pasar con un aspaviento tan galante como burlón. Esperó a que ella cruzara airada el umbral para enseguida descolocarla con una coquetería inesperada:
—«No es la necesidad la que engendra el deseo, sino el deseo el que finge la necesidad». —Viendo que Lenore frenaba en seco con las mejillas ruborizadas, Dariy se enderezó, orgulloso, y añadió con aire desenfadado—: Una cita de Voltaire.
—Que de seguro fue íntimo amigo suyo, como los faraones egipcios y Robespierre..., viejo fanfarrón —refunfuñó ella por lo bajo.
—Difícilmente habríamos coincidido el pensador y yo —replicó, brioso—. Los franceses nunca han sido santos de mi devoción, y el siglo pasado estuve viajando por las Américas. Me interesaba observar de cerca la evolución de un país que pronto se convertirá en el centro del mundo.