Immortalis CAPÍTULO 16 #3
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CAPÍTULO 16 #3

Cada vez que se encontraban, se sorprendía de la incapacidad de su mente mortal para albergar en su totalidad los detalles y la grandeza de la criatura.

Se le olvidaba lo alto que era, como un rayo del sol apuntando a la tierra; la extensión de los hombros que parecían un buque de guerra, la piel tan delicada como las flores de invernadero.

Verlo cada vez era un maravilloso descubrimiento. Y ella debía significar algo similar para él, porque vigilarla entre suspicaz y ahogado de curiosidad se había convertido en su obsesión.

Dariy alargó la mano hacia su sien y le rozó con los dedos un mechón de pelo. Establecida ya la proximidad, no tuvo ningún sentido que entretuviera cortesías.

—Espero que seas consciente de que tu sensibilidad es la fuente de tu dolor y de tu supuesta locura, urechiușă .

—¿Cómo me ha llamado? —Dariy insinuó una caricia al borde del cartílago y ella entendió que era un apodo relacionado con sus orejas. Suspiró, divertida, y se cubrió la que él no estaba mimando—. Mi madre me decía que Dios me castigó separándomelas de la cabeza por ser demasiado entrometida.

—Yo no diría tanto por castigo, pero podría concederte que hubo una intención divina detrás de este capricho anatómico —meditó en voz baja, abstraído—.

En los cuentos de mi tierra, los personajes poseen rasgos peculiares en referencia a su linaje especial.

Y en las leyendas sintoístas del Japón, se dice que los animales con orejas grandes oyen las palabras de los dioses del viento.

—Siguen siendo espantosas —se rio, cómoda con su imperfección.

—Son osadas y traviesas —corrigió con las cejas enarcadas—; una advertencia de lo que se encuentra debajo.

—Parece que se haya propuesto consolar mis defectos, señor Vranitsky.

—Tú no haces menos por mí. —Le dio el perfil con la intención de guiarla al salón anexo. Se recuperó del momento de complicidad con una larga inspiración—. Venga conmigo. Mis colecciones no acaban aquí, y sospecho que podrá encontrar esta otra mucho más interesante.

Lenore lo siguió pasillo a través. La conversación le había dejado una agradable sensación de calidez. Se sentía envuelta por un halo protector.

La iluminación era tenue en toda la casa, o al menos en la planta baja. Dariy debía de estar tan acostumbrado a habitar las sombras que le molestaban las luces vibrantes de las lamparillas de gas, o quizá se decantara por pesados candelabros por nostalgia hacia los viejos tiempos.

Conforme se iban adentrando en las entrañas de la mansión, Lenore se fue haciendo un esquema mental de cómo habría sido en sus orígenes; nada de parqués recubiertos de tapicería oriental, sino paredes y suelos de piedra maciza con tendencia a acumular humedad.

Aunque descendieron por unas escaleras sospechosas que apestaban a moho, Lenore no temió la presunta naturaleza traicionera del homo immortalis y obedeció sus indicaciones con plena confianza.

Así llegaron ante una pesada puerta de madera que emitió un gritito virginal.

Lenore jadeó de asombro en cuanto obtuvo una vista panorámica del paraíso que la esperaba al otro lado.

Un laboratorio.

—Dios santo.

Ahí donde los corredores hasta el sótano habían presentado un aspecto dudoso por la pésima conservación, el sótano estaba aislado de humedades y provisto del instrumental necesario para profundizar en la investigación.

La que fuera. Cruzó el umbral sin esperar la invitación de Dariy, lo que le valió una sonrisa socarrona de su parte, y confirmó que aquello no era una excentricidad propia de ricos aburridos; pasando la mano por el borde de las mesas de trabajo de madera maciza, descubrió quemaduras y astillas levantadas, señal inequívoca de que se le daba un uso frecuente.

Al igual que las estanterías del salón, las baldas rebosaban interés por el conocimiento, solo que de tipo científico: a través de los gabinetes de cristal se apreciaban los frascos con muestras en formol de pequeños roedores y órganos cuyo origen se cuidó de preguntar, productos químicos, colecciones de minerales, hierbas secas y resinas.

Los materiales técnicos se hallaban dispuestos como un ejército en fila india.

Lenore se abalanzó sobre los tubos de ensayo, embudos y alambiques de vidrio soplado.

—¡Placas de Petri! —exclamó, y, entusiasmada, miró a Dariy sosteniendo el recipiente redondo con una sonrisa—.

No hace ni cinco años desde que salieron al mercado y usted no trabaja en un ámbito científico.

Debe de estar muy bien informado o ser verdaderamente rico para permitirse un laboratorio tan bien equipado.

—La edad me ha permitido ir ahorrando cada año una modesta suma.

Lenore soltó una carcajada emocionada.

—A raíz de su afición conoció a mi padre, ¿me equivoco? —Levantó la placa y lo miró a través de su superficie transparente—. Compartían ustedes el interés por la ciencia.

—Así es. —Dariy abandonó el refugio del umbral y entornó la puerta para acercarse a ella con prudencia, como si anticipara una reacción desmedida—. Trató de ayudarme a encontrar la cura de la enfermedad que me está volviendo loco.

La sonrisa de la joven se disolvió.

—¿Está usted enfermo?

—Así es, Lenore. Sufro de inmortalidad y ansío ponerle remedio.