Immortalis CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Aunque había supuesto que el corazón de la casa sería majestuoso, todo lo que giraba en torno a Dariy se las apañaba para asombrarla cada una de las veces: por fuera era un ejemplo canónico de arquitectura gótica, pero el interior albergaba un sincretismo de culturas.

Los cortinajes de terciopelo púrpura, divanes de damasco con patas curvas al estilo Versalles y lámparas de araña exudaban el lujo europeo del que habría gozado durante sus viajes a través de todas las épocas, mientras que el arte decorativo otomano honraba los orígenes del propietario: tapicería de Oltenia y Maramures forraba suelos y sillas de comedor, y la decoración consistía, sobre todo, en iconos ortodoxos y antiguos talismanes envueltos en un halo de misticismo.

El olor fue lo que la trasladó a una región que nunca había pisado: una densa y mareante combinación de cera caliente e incienso solo atenuada por la miel y la melaza que aromatizaban el tabaco.

Lenore se detuvo frente a una de las vastas estanterías para admirar la imagen de una Virgen con el Niño.

—Jamás le he tenido por un hombre devoto, señor Vranitsky.

—El cristianismo ortodoxo es un símbolo de la cultura del Este, y me gusta homenajear el folclore patrio.

Lenore sonrió sin mirarlo y alargó la mano hacia el siguiente objeto que captó su atención, una daga boyarda con la empuñadura de hueso.

—Espero que en público no se refiera a la profesión de fe como «folclore», o se granjearía más de un enemigo con las gracias del Señor de su parte. —A continuación señaló la pieza con el dedo—. ¿La ha usado alguna vez?

—La blandió un viejo amigo mío en un duelo por honor. Acabaron matándolo con ella.

Lenore dejó caer el brazo disimulando que la había impactado.

—Se pronuncia usted con tanta distancia sobre la tragedia que no me inclina a entretenerme con pésames.

—El tiempo también transcurre para quien parece inmune a sus efectos, Lenore. Tiene las mismas propiedades curativas que para la humanidad. Si alguna vez sufrí por mi buen amigo, ya lo he olvidado.

—No sé si acusar la falta de lealtad de no llevar por bandera la memoria de quienes amó o sentirme aliviada al saber que al menos tuvo un amigo mortal antes que yo.

—Dariy reaccionó levantando las cejas en un gesto que vino a significar que su relación de amistad aún estaba por verse—.

Sé que en un Londres no muy lejano los duelos de honor se celebraban por las razones más peregrinas, pero ¿qué causas incitaban a un noble rumano a arriesgar su vida?

—Las mismas que aquí; las mismas que en todas partes. Viejas rencillas familiares, deudas económicas pendientes de saldo..., una traición amorosa.

—¿Cuál fue la gota que colmó el vaso para su amigo?

—Él fue un caso único. Lo mató la estupidez —resolvió con desdén.

Se acercó la boquilla de la pipa a los labios y dio una larga calada.

Esperó a haber expulsado el humo y a haber picado la curiosidad de Lenore para profundizar—.

Coincidirá conmigo en que batirse en duelo por una mujer que no le ama a uno es una manera absurda de morir.

Si el propósito es defender el honor de la dama y esta ya ha elegido la deshonra metiéndose voluntariamente en el lecho de otro, al final lo único que consigue quien arroja el guante es importunar a una pareja enamorada...

de modo que el tiro o la puñalada, en rigor, se los tendría merecidos por entrometido.

Lenore se humedeció los labios.

Era imposible que Dariy estuviera acusándola entre líneas del delito. No tenía modo de saber que él no había sido el único que la había besado.

¿O sí?

Le había jurado que no leía el pensamiento, pero cuando se encontró con su mirada le dio la impresión de que se estaba comunicando con ella a través de la mente. Y no para juzgarla, como dedujo de su expresión neutra.

Como siempre, priorizando la respuesta a sus preguntas sobre el peligro o la duda, siguió paseándose entre las estanterías.

Además de volúmenes de incalculable valor de algunas de las grandes obras de la literatura, todos ellos escritos en cuantos idiomas pudiera pensarse —no solo lenguas romances; también orientales y muertas—, había una colección de objetos traídos de diversas culturas sobre los que no pudo resistirse a indagar.

Creyó estar soñando mientras revoloteaba por los estantes cogiendo lo que se le antojaba, igual que un niño en una tienda de dulces, y preguntaba, sin avergonzarse de su ignorancia, qué era esto o aquello.

Y esto y aquello era un grimorio manuscrito por un alquimista renacentista, una máscara de madera rumana, un cinturón bereber cosido con pelo y cuentas, un mapa otomano del Danubio que se remontaba a tres siglos vista, el catalejo de un pirata capturado en las costas de Cuba...

Le llamó la atención una piedra aplanada e iridiscente del tamaño de una ciruela.

—Una piedra lunar de Myanmar —resolvió él—. Aquí conocéis la zona como Birmania, si no me equivoco.

Lenore la tomó entre las manos como agua que no quisiera derramar y admiró su misterioso reflejo. Reflejaba una luz azul hipnotizadora.

—Parece un amuleto robado de un cuento de hadas.

—Ha sido mencionada en algunas leyendas del folclore. Se tiene la creencia de que cambia de color dependiendo del estado emocional de quien la sujeta. También se dice que, si se sostiene con intención pura, puede revelar verdades ocultas. Pero eso solo es literatura —concluyó apaciblemente.

Lenore se giró hacia él con los ojos muy abiertos.

—¿Y fuera de la literatura? ¿Qué cuentan sobre ella?

Dariy abandonó por fin su trono de maharajá incorporándose con la lentitud con la que lo hacía todo.

Lenore se perdió en la caída natural del batín, de una seda fina que solo podía importarse de rincones remotos de la Tierra.

El brillo escarlata de la prenda en contraste con su piel color champiñón le recordó a una gota de sangre sobre la nieve.

La exuberancia de su belleza callada la sobrecogió más y más conforme se acercó, descalzo y con el cabello y la bata ondeando a su espalda.

—Es una piedra de luna —respondió cuando ya había llegado a su altura.

Posó la yema del índice en el mineral, con cuidado de no rozar la piel de Lenore ni por casualidad.

Su prudencia la descolocó—, y, como la luna en sí misma, alude a conceptos sacados del ocultismo, como la intuición y los sueños.

Se dice que protege a los viajeros nocturnos en sus travesías marítimas.

—Hizo una pausa antes de añadir en otro tono—: También es un símbolo del amor no expresado.

Lenore alzó la vista hacia él, que ya la estaba observando con expresión solemne.

—Usted es un viajero nocturno, ¿no?

—Es uno de mis tantos nombres, sí. Un condenado al eterno nomadismo.

—Pues para ser nómada, señor Vranitsky —abarcó el salón con un aspaviento, sonriéndole con simpatía—, se ha cobijado usted en una cueva de lo más acogedora.

—No dormiré bajo estos cielos por mucho tiempo. Por razones que podrá imaginarse, no puedo pernoctar en la misma ciudad más de cinco o seis años; no si vivo en comunidad, al menos.

—¿Y cuántos lleva aquí viviendo?

—Apenas llegué hace unos meses.

La noticia la estremeció de ilusión. Se sintió una niña la noche de Navidad.

—Eso significa que este solo es el principio de una bonita amistad.

Él le devolvió la sonrisa a medias, como si únicamente a medias estuviera presente, como si exclusivamente a medias existiera. Pero Lenore sentía que Dariy era lo único real que había en todo el mundo, y se reafirmó cuando se inclinó sobre ella para medirla como una digna rival.

Agradeció al cielo que por una vez la hiciera partícipe de sus conclusiones.

—Desde luego, Lenore —suspiró—, si alguien puede ser amigo de los lobos, esa es usted.

—¿No celebra tener con quien compartir todas estas maravillas? A veces pienso que de poco o nada sirve acumular belleza si no hay nadie ahí para apreciarla. —Paseó una mirada reflexiva por el museo de sus estanterías y murmuró—: Si no nos miran, ¿existimos?

Dariy la contempló en un silencio respetuoso durante largo rato. Ella no se atrevió a apartarse o rehuir la vista. Tampoco a respirar.

No le había interrogado acerca de los aspectos anatómicos, dones y habilidades que le hacían único, pero porque estaba segura de que un cuestionario, por exhaustivo que fuera, no la ayudaría a sacar conclusiones ni la mitad de lo que podría inspirarse mediante la observación.

Había aprendido lo indecible solo atendiendo al poder que ejercía sobre sus emociones.