CAPÍTULO 16
—¿Escabullirte de tu propia fiesta! ¿Qué será lo siguiente, Eleonora?
La reprendida tuvo que asumir con la cabeza gacha cuantas recriminaciones le dirigió el barón.
Esto aconteció durante la cena de la noche siguiente, cuando por fin se dignó a abandonar el refugio de sus aposentos: el resto de la jornada la había pasado ahuyentando a los criados y a la solícita Theresa con el pretexto de hallarse indispuesta.
Y no había mentido. Desde que podía recordar, su punto débil habían sido las emociones.
Un exceso de pasión, si no la postraba en cama, al menos la dejaba de un ánimo huraño difícilmente soportable para quien estuviera a su alrededor...
empezando por ella misma, que al sentirse fuera de control creía estar lidiando con una desconocida en su propia piel.
—Estoy esperando una respuesta —insistió su abuelo. La miraba desde la otra punta de la mesa con un cubierto en cada mano, los cantos apoyados a sendos lados del plato—. ¿A qué se debió tu estampida, Eleonora? A estas alturas deberías tener una excusa lista. ¡O una disculpa!
—Humbert...
—Ahora no, Theresa.
El tajante desdén del barón activó una fibra dormida en la mujer, que se envaró visiblemente y castigó a su marido con una mirada ofendida.
—Ahora sí, Humbert. Ahora más que nunca.
¿He de recordarte que Lenore perdió a su padre hace menos de un mes?
¡Disculpas deberíamos pedirle nosotros por exponerla tan pronto a las presiones de una velada social!
Dimos por hecho que estaba conforme con la idea de la velada sin haberla escuchado antes, y eso es de una falta de tacto imperdonable.
—Digo yo que si la señorita tiene fuerzas para tomar el metropolitano para visitar la casa de su amiga recién casada, la biblioteca municipal y una iglesia de Spitalfields, las tiene asimismo para profundizar en las relaciones con sus pretendientes...
Claro que entendería que se le hubieran agotado las energías con el trajín de tanto desplazamiento —apostilló Humbert con dureza.
—A veces eres un insensible —le reprochó Theresa.
Y procedió a seccionar la ternera del plato como si quisiera abrir un tajo en la porcelana.
No era la clase de mujer que exageraba su indignación con un portazo teatral. Se bastaba con la palabra para dar a conocer su disgusto, y eso era algo que Lenore admiraba, si bien la fuente de su poder no residía tanto en su carácter como en la debilidad que Humbert sentía por ella.
—Te equivocas —contraatacó su abuelo. Estaba tan ofendido que hasta los reproches de Theresa le entraron por un oído y le salieron por el otro—.
Tengo bastante manga ancha, o de lo contrario Eleonora no se habría sentido en la libertad de retirarse a su alcoba mientras la velada transcurría en el salón. Me has avergonzado, niña.
Le pareció que Theresa negaba con la cabeza en silencio. No lo supo con certeza porque no la miró directamente: mantuvo la vista clavada en el plato —que no había tocado— hasta que Humbert dejó de proferir acusaciones muy válidas.
Obtuvo permiso para levantarse cuando los criados sirvieron el digestivo y el barón Fellowes ya se había dado por satisfecho con su reprimenda.
Regresó a su dormitorio con la misma turbación que la había enviado allí la noche anterior.
En lugar de esconderse bajo las sábanas, lugar en el que ya había quedado demostrado que no estaba a salvo de sus tórridos recuerdos, se acodó en la repisa del ventanal y lanzó una mirada entre anhelante y resentida a la mansión gótica.
Le habría gustado decirle a su abuelo que él no había sido el único decepcionado con el desenlace de la velada.
Alternar con Dariy en terreno neutral había sido cuanto Lenore había pretendido al aprobar la celebración de la fiesta.
Esta ingenua expectativa no solo no se había cumplido, sino que la había colocado en una situación con Edward de la que no sabía cómo sobreponerse.
Aprovechando que seguía vestida y que las voces de sus parientes se habían perdido ya en el dormitorio principal, aún entrecortadas por la tensión, salió del dormitorio en busca de estímulos.
Se convenció de que lo ocurrido en la fiesta había sido una mera distracción, un traspié que la había alejado de la que era su prioridad.
Ahora que había tomado distancia con Edward podía volver a pensar con claridad.
El reloj marcaba las once menos cuarto de la noche cuando se plantó ante el portón vecino.
Las puertas de doble hoja eran de una majestuosidad innegable; una obra de hierro forjado con filigranas enmarcada en un arco ojival desgastado por el tiempo.
Las encuadraba una pareja de columnas de piedra tallada sin otro detalle sorprendente más allá de los casi dos siglos que llevarían en pie.
Después de llamar con los nudillos, Lenore siguió con el dedo el trazo de las hermosas florituras.
No había esperado que fuera Dariy en persona quien se encargara de recibir a las visitas, claro que habría compadecido a la totalidad del servicio por convivir con el depredador de la raza: la pilló con la guardia baja toparse de frente con sus ojos, reflejo inhumano de las sombras que había traído de escolta, y con la porción triangular de piel de alabastro que el batín de fumar rojo escarlata dejaba a la vista.
Llevaba el pelo recogido en una coleta sujeta por un lazo.
Dos afortunados mechones le acariciaban los pómulos, que la luz plateada de la luna afilaba como los colmillos de un lobo.
Comprendió que debería haberse preparado para el reencuentro después de compartir con él su primer beso.
Había enmudecido y le ardían las mejillas.
Suerte que Dariy se entendía con ella sin necesidad de palabras y se apartó de la puerta para adentrarse en la oscura noche de su casa, una invitación no verbal a seguirlo.
Gracias al instinto y no a unas indicaciones explícitas, Lenore llegó a donde el marqués había decidido ponerse cómodo para recibir la madrugada.
Había ignorado los sillones y canapés de moda para tomar asiento en una alfombra con motivos tribales.
Una colección de almohadones forrados de satén brillante le rodeaba como un coro de niños curiosos.
Sobre la mesita baja que le cubría las piernas descansaba una pipa narguile.
Lenore la reconoció gracias a una visita médica que realizó con su padre a un fumadero de opio de Limehouse.
El doctor Nightingale se había inclinado sobre ella para explicarle que un aparato exótico de semejante lujo era impropio de antros para opiómanos, y luego pidió permiso al persa que fumaba en reposo para estudiarlo de cerca.
El propietario estuvo encantado de contarle cómo y dónde lo había conseguido para luego proferir toda suerte de quejas relativas a los mediocres gustos de la clientela, que «a juzgar por sus preferencias, dirigidas al opio, al tabaco de pipa y otras baratijas en comparación, no eran ni serían nunca fumadores de verdad».
Dariy la había estado observando en sumo silencio mientras contemplaba el entorno.
—¿De dónde ha sacado la pipa?
—La adquirí en un bazar de la frontera de Pakistán con la India.
Espere; creo que esa indicación geográfica no es aún correcta.
Todavía nos queda muy lejos el Acta de Independencia de la India...
—Hizo una brevísima pausa, por si acaso ella pretendiera meter baza, pero Lenore ni siquiera había caído en la cuenta de su error—.
No es propio de señoritas visitar a un hombre soltero a altas horas de la noche.
—Creía que no era usted un hombre. Pero, en cualquier caso, tampoco es propio de caballeros abrirles la puerta a sus visitantes después de las cinco.
—En eso le doy la razón. Lo que soy menos que ninguna otra cosa es un caballero.
—No hace falta que lo jure. No acudió usted a la fiesta a la que se le había convidado y tampoco se molestó en advertir de su ausencia.
Pensó que tendría que hacer un esfuerzo por no desviar la mirada a la colección de maravillas que ofrecía el museo de su salón, pero la imagen que Dariy presentaba tendido entre cojines de seda, como un maharajá, era tentadora como para obviar lo demás.
Él desestimó el reproche que entendía como ilegítimo entornando los ojos y dando una lenta calada a la pipa.
Del curioso invento pendían dos boquillas como trompas de elefante.
Cada vez que exhalaba, el olor a tabaco aromatizado caldeaba la habitación.
Era muy distinto del que impregnaba la ropa de su padre cuando fumaba en pipa.
—¿Para qué advertir de algo tan obvio como una ausencia? ¿No es acaso una de esas cosas que hablan a gritos y de las que uno se percata en el acto?
—¿Y qué hay de una justificación, señor Vranitsky? ¿Tampoco me dará ese gusto?
—Tenía entendido que se pretendía encontrar marido a la homenajeada —contestó como si le estuviera haciendo un inmenso favor—, y no es por desmerecer mis inmarcesibles encantos, pero no me siento el joven indicado para aspirar a semejante honor.
—Le estuve esperando.
La réplica de Dariy pisó su segunda recriminación.
—Mentira. —Sus ojos despidieron un brillo acerado, señal de su irritación. Luego ladeó la cabeza para estudiarla con curiosidad y reconsiderar su opinión—. Aunque sí me creo que la velada se torciera y terminara retirándose antes de tiempo. ¿No se divirtió?
Lenore se acogió a su derecho a no responder y se adentró con paso prudente en el salón.