CAPÍTULO 15 #2
Rememoró el día que bajó las escaleras ilusionada, creyendo que daría la bienvenida a su mejor amigo, y por primera vez en su vida experimentó el más humano —y por eso mismo miserable— arrebato de pasión.
Rememoró la tarde en que Edward, valiéndose de sus recién adquiridos conocimientos en las pruebas policiales, le enseñó cómo defenderse si un maleante se cruzaba en su camino: la cogió de las muñecas simulando ser su atacante y ella percibió, no sin espanto, que su cuerpo y su voluntad se doblaban ante él.
Rememoró la noche que el no siempre correcto inspector Whishaw se excedió bebiendo con su padre y su abuelo y más adelante fue a buscarla, tambaleante, sonrojado y con los ojos relucientes como esmeraldas para besarla en la mejilla, peligrosamente cerca de los labios, y desearle en tono sugerente los más dulces sueños.
Era Edward quien estaba avasallando su intimidad, de eso no le cabía la menor duda.
No podría confundirlo ni aunque hubiera querido.
Conocía su aliento, conocía sus manos, conocía su boca, pero las conocía como quien renacía en un cuerpo diferente manteniendo los recuerdos de su vida anterior.
Las conocía porque había tenido su aliento, sus manos y su boca muy cerca durante la infancia, si bien no con fines voluptuosos.
Las conocía porque las había tocado en su estado primigenio, antes de que terminaran de crecer, antes de aprender a disparar...
y al mismo tiempo le eran extranjeras de otra tierra.
Edward soltó su seno para tomarla de la mandíbula y ladearle la cabeza.
Presionó los labios, que ardían como brisa del desierto, contra su barbilla y la comisura de su boca, y ella, sin saber nada salvo lo que el instinto le susurraba — déjate llevar, Lenore —, entreabrió la boca para que él pudiera acariciársela con la punta de la lengua.
El sensual contacto la estremeció y le hizo gemir en voz alta su nombre, como una plegaria o como una advertencia. Pero su nombre, al fin: Edward.
Edward Whishaw, su amigo de la infancia.
La asociación del hombre y el niño mediante el nombre disipó la neblina del deseo como una flecha atravesaba el agua.
Lenore se tensó, por fin dueña de sí misma, y abrió los ojos para verse en el espejo envuelta en el abrazo posesivo de un hombre que parecía Dios o algo aún más peligroso: parecía su dueño por el modo en que cercaba su torso con la barrera de sus brazos.
Sonrojada y con la garganta atorada, se zafó de su agarre y huyó lateralmente con torpeza.
Tenía el escote desplazado, el moño suelto y las faldas arrugadas.
Él no estaba menos afectado ni lo había dejado en un estado más presentable: frac torcido, cabello revuelto y una mirada de depredador que le causó una profunda impresión a la par que el efecto de las sirenas sobre los marineros.
«Acércate de nuevo», parecía retarla.
«Jamás.»
Edward hizo un quiebro con la cabeza que podía significar su decepción o la amenaza de que no se libraría de él con facilidad.
—Lenore...
—No digas mi nombre. No me llames —tartamudeó. Se pasó las manos por el recogido revuelto. Exasperada, acabó dejándose llevar por la emoción—. ¡No me mires así!
Edward la desobedeció intensificando la mirada sobre ella y arrojándose en su dirección sin más preámbulos.
Lenore dejó escapar una débil protesta y se protegió con las manos de su abrazo.
Él la tomó de las muñecas para apartarlas del obstinado corazón que era su objetivo.
No lo consiguió pese a que su forcejeo no fue más que una puesta en escena.
—¡Basta! —Intentó sonar exigente, pero se le escapó una nota de indefensión.
El músculo de la contrariedad había aflorado en su mandíbula, dándole un aspecto fiero—.
Te juro que comprendo tus reticencias por todo lo que he mencionado antes y por todos esos enigmáticos razonamientos tuyos que de seguro se me escapan; quién sabe si también te niegas al sentimiento porque sabes cuánto duele perder a un ser amado...
Sobrecogida, Lenore lo encaró con la barbilla alta.
—¿Y qué, si así fuera? ¿Podrías culparme?
—¡Podría ayudarte!
—¿Ayudarme? —alzó el tono—. ¿A qué? ¿A superar mis miedos? ¡Están ahí para advertirme del peligro!, ¡para garantizar mi supervivencia!
—Están ahí por cobardía.
—¡Sea cual sea el motivo de su origen, no importa cuántos esfuerzos dediques! ¡No puedes meterte en mi corazón y hacer que cambie de parecer!
Edward la soltó, harto, y esperó a haber recuperado el aliento para soltar con insolencia:
—No tengo que meterme. Sé que ya estoy ahí.
Lenore inspiró hondo y contuvo el aire en los pulmones, prolongando el desafío.
—Sí, ocupabas un lugar de honor cuando aún éramos buenos amigos, pero los dos sabemos que estos últimos tiempos apenas mantenemos un precario equilibrio en la cuerda floja... y esa cuerda está a punto de romperse.
—Y tanto que está a punto de romperse —le ladró él con los puños crispados—. Seré yo mismo quien la rompa cuando te bese.
Lenore reaccionó físicamente a la promesa echando todo el cuerpo hacia atrás. Ahí donde antes había esquivado su mirada, ahora lo enfrentaba con los ojos como platos, rogándole, sin ser consciente, que no se atreviera porque arrojaría toda su vida por la borda.
Pero había en él una tórrida determinación a convencerla, y si eso requería que la deshiciera primero con caricias osadas, lo haría. Edward la tomó de la barbilla con suavidad y se inclinó despacio. Ese fue su error: concederle el tiempo y el espacio para debatirse.
Lenore giró la cara.
—No —jadeó sin voz.
—¿No?
—No...
Sacudió la cabeza, al principio despacio. Un ramo de preguntas a cuál más indignante brotó en medio de su confusión. ¿Por qué tenía que enfrentarse a una situación así? ¿Por qué era acorralada por unos y otros, por unas causas y otras?
Al límite de su capacidad, gritó:
—¡No! ¡Aléjate de mí! ¡Todos creéis saber mejor que yo lo que me conviene y lo que necesito! ¡Os equivocáis!
Edward se quedó anonadado.
—¿Con qué otros me estás equiparando? Hasta donde sé, y sé bastante porque he crecido contigo, soy el único que te conoce en profundidad, que está al tanto de las dificultades que has sufrido y que se maravilla, sin prejuicio alguno, con cada paso que das, incluso si es para cometer un error.
—¿Y eso te convierte en el acto en la persona indicada para mí? ¡No me gusta cómo me siento cuando estoy contigo! —confesó con un bramido—. ¡Y no entiendo cómo puede gustarte a ti verme de esta manera, tal cual estoy ahora!
—¿Cómo se supone que...?
Lenore lo miró con los ojos llenos de lágrimas de horror.
—¡Como si estuviera loca!
La palabra resonó entre los dos como el eco de una sentencia divina.
Lenore enfocó la vista por primera vez desde que había empezado a descontrolarse. Edward la estaba mirando inmóvil en una pose defensiva y a la vez rendida, debatiéndose entre la perplejidad y la rabia.
No fue en lo único en lo que se fijó. Reparó en que ante sí tenía a un hombre hermoso, responsable y apasionado, y que solo daba la terrible casualidad de que ese hombre había sido antes un niño raquítico con el humor de un bufón y aspiraciones de piratería al que había querido como un hermano.
Sobre el Edward menor que protagonizaba sus recuerdos de la infancia y al que siempre había sabido atar en corto se superponía la imagen de un Edward adulto cuyo comportamiento escapaba a su manipulación y que por este preciso motivo se negaba a acoger en su corazón.
Pero sus ojos eran de un verde tan vivaz que era imposible imaginar que no fuera a vivir para siempre; era imposible creer que alguna vez todo aquel fuego pudiera apagarse.
Le había crecido una barba corta y no muy tupida de un rubio oscuro que se asemejaba al bronce de las primeras estatuas, las que instauraron el canon e inventaron la belleza, y entre aquella mata de pelo facial se perfilaban los labios de los que brotaban las palabras más desconcertantes.
El día que pronunciaran una declaración de afecto sería su final.
Lenore se cubrió la cara húmeda con las manos, sollozando.
—Nada de esto tiene sentido para mí. Nada.
Tan sumida estaba en su propio delirio que no oyó la voz de su hermana llamándola desde la entrada al tocador, en la que se había personado.
Le pareció, no obstante, que alguien con su tono agitado le explicaba que la había estado buscando; que debía volver al salón o su ausencia levantaría suspicacias.
Solo reaccionó cuando intuyó una nota de preocupación en su cadencia familiar.
Para entonces, Isobel ya había reparado en Edward, en el penoso estado de ambos, y actuado sobre su deducción: demostró ser una mujer curtida en saberes que a Lenore se le escapaban —y así quería que siguiera siendo— dirigiendo al inspector su reproche, dándole a ella la oportunidad perfecta de huir de la escena sin decir media palabra.