Immortalis CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

—¿Por qué no puede resistir la tentación de hablarme en clave, como una señorita con un abanico y una muñeca muy suelta? ¿Por qué no respeta lo que quiera que quede de nuestra amistad?», se preguntaba Lenore, frustrada, en su discreta estampida hacia la salida.

La impotencia le había torcido la expresión. Un vals había bastado para tajar su espíritu reconciliador.

Desde la reaparición de Edward en Londres su relación no había hecho sino degenerar hasta perder el componente de inocencia que la hacía extraordinaria.

Ahora estaba alcanzando un punto insostenible: su nuevo vínculo, si así podía llamarse, dependía de la extrema adhesión a la cordialidad para no desbordarse, y estaba empañado de un visible halo de nostalgia hacia lo que nunca volvería a ser.

Sus conversaciones se habían convertido en un tortuoso intercambio de banalidades con subtextos inasumibles para ella y desesperantes para él, y lo peor era que su táctica de fingirse ajena a esta insoportable realidad no surtía ni surtiría efecto jamás.

Edward la había visto crecer y le constaba que no tenía un pelo de tonta.

Exasperada, se internó en la salita de aseo que Theresa había habilitado como tocador mientras se prolongara la fiesta.

Los criados habían dispuesto una serie de espejos además de proveer las consolas de cepillos y peines.

Para salvar desmayos, corregir el maquillaje y arreglar un descosido puntual, el rincón gozaba de frascos con sales aromáticas, polvos de arroz y aguja e hilo respectivamente.

Lenore iba a tomar prestado un pañuelo de lino para secarse el sudor de la frente cuando Edward apareció reflejado en el espejo. En lugar de respingar, cerró los ojos, como si así pudiera huir de lo que se avecinaba, y aferró con fuerza la tela.

—¿Sabes? Yo lo que creo es que tienes miedo —le dijo él con voz queda.

Lenore se obligó a esbozar una sonrisa distante.

Si Edward no iba a restarle hierro al asunto, con gusto se atribuiría ella la responsabilidad.

Por desgracia, su falso desdén se tambaleó: la carrera tras su obstinada amiga le había despeinado los rizos y ahora uno le caía entre los ojos, tornando su mirada más penetrante si cabía.

—¿Miedo, dices?

—Sí —respondió con seguridad. Caminó hacia ella sin apartar la vista de su rostro en el espejo.

Parecía que le hubieran advertido de que algo tan sencillo como un parpadeo le haría perder su oportunidad—.

Te aterra que te pueda llegar a resultar remotamente atractivo algo que cualquier mujer podría obtener tras un golpe de suerte, como solo puede serlo encontrar a un hombre que la ame.

Al final, tú eres de la escuela de lo racional, de la lucha contracorriente, y no ves ninguna oportunidad de sentirte orgullosa por nada que no hayas conseguido sin esfuerzo...

por no mencionar que no perdonas la mediocridad de lo mundano, y no hay nada más humano que buscar la comunidad.

»También te aterra la idea de dedicar tus esfuerzos a algo tan trivial como la construcción de un hogar, que pocos frutos te dará de cara a la eternidad, para colmo a costa de sacrificar tus ambiciones.

Persigues la trascendencia. No soportarías que ninguno de los hijos del futuro se acordara de ti, como tampoco no haber acometido obras sustanciales en el curso de tus mejores años, y todo porque preferiste volcarte en una empresa tan volátil y a menudo desagradecida como el matrimonio.

La amenaza de su cercanía le impidió defenderse de sus acusaciones, porque eso eran por su elevado porcentaje de acierto: acusaciones.

Lenore se quedó tiritando con la mirada clavada en el espejo, procurando hacerse invisible con su silencio e inmovilidad. Esto solo le otorgó ventaja a Edward, que no detuvo su avance hasta que con las rodillas rozó la caída de su falda.

Bendita fuera la moda del polisón, pensó ella en su delirio. Mantenía a los hombres atrevidos como él a cierta distancia.

—No sé por qué mis razones para contraer matrimonio o, en su defecto, mi falta de ellas serían de tu maldita incumbencia —masculló entre dientes, perdido ya todo autocontrol.

—Lo sabes de sobra. Igual que sabías a la perfección lo que estabas haciendo al subrayar que jamás te casarías con un hombre que te quiere.

Mejor dicho, sabías cómo lo interpretaría yo, el único receptor de tus advertencias.

¿O acaso habrías sentenciado de un modo tan categórico delante de Samuel Paulson?

No pretendes más que disuadirme a mí y solo a mí porque yo y solo yo soy un riesgo de muerte.

Lenore soltó una carcajada amarga y arrojó el pañuelo sobre el tocador.

—Clásico comportamiento burgués: pensar que el mundo entero gira en torno a ti...

Edward la calló con el gesto elocuente de apoyar las manos sobre el borde del mueble, una a cada lado de su cintura. Con ningún otro permiso que el que se concedía él mismo, se inclinó para besarle el lóbulo de la oreja.

Lenore sintió que el suelo se abría bajo sus pies y su cuerpo entero entraba en combustión.

—Burguesa es la moda de mantener conversaciones infectadas de alusiones y eufemismos; una moda a la que desde hace tiempo te entregas con desesperación, solo Dios y yo sabemos por qué —susurró, y apartó una mano del mueble para rodear la cintura femenina—.

Creo que ya va siendo hora de que abandones este remilgo impropio de ti y seas fiel al carácter transgresor del que tanto te enorgulleces hablándome con toda franqueza.

Con la garganta seca, Lenore desvió la vista al punto en el que la estaba tocando.

—No sé a qué te refieres.

—¿Ah, no?

Los dedos de Edward treparon costillas arriba para posarse gentil pero provocativamente en el borde del escote.

En honor a la ocasión, Lenore había sustituido sus habituales cuellos vueltos por un atuendo más festivo, esto es, más revelador.

Maldita la hora que pensó que exhibir el cuello y las clavículas no tendría consecuencias, y maldito Edward por acariciarle los pechos de forma superficial pero con absoluta reverencia.

Un beso robado al lateral de la garganta le supuso la pérdida de control definitiva.

Lenore se mordió el labio para no jadear.

—Si es cierto que no te conmueven los hombres que te aman —le dijo él con la voz enronquecida. Sonó también sofocado al hablar contra su piel erizada—, dime que me retire.

—¿Para qué molestarme? —balbuceó ella—. No obedecerías.

—Por supuesto que obedecería. ¿No ves que soy esclavo de tus caprichos? Incluso si no estoy satisfecho o solo vagamente conforme con la manera en que te comportas a mi alrededor, callo con tal de conservarte un poco más.

Lenore cerró los ojos, abochornada por su falta de voluntad.

¿Qué le costaba exigirle que se apartara? Por lo visto, una fuerza y una seguridad que no sentía.

—Un poco más —repitió—. Tú mismo sabes que esto terminará más pronto que tarde.

—Por el bien de mi cordura, espero. O gano yo o ganas tú, pero habrá que salir de este infierno.

Lenore seguía agarrada al borde del tocador para mantener a raya el violento impulso de golpear algo, de romper a llorar o de hacer algo aún más vergonzoso, como girarse y abrazarse a él con desesperación.

Había deseado hacerlo los días posteriores a la muerte de su padre: buscar en Edward el consuelo de un amigo.

Se había reprimido porque sabía que ese amigo ya no existía y en su lugar la habría recibido un atractivo desconocido.

Le partía el corazón que su buen amigo Eddie, aquel muchacho al que tanto amó, hubiera desaparecido para siempre. Rehusaba aceptar a ese nuevo inspector Whishaw como digno sustituto, pues no era más que un farsante que había estudiado de principio a fin su personaje.

Su rechazo era tal que a veces sentía que lo odiaba por usurpador.

Pero también lo deseaba. Por Dios que lo hacía.

El roce de sus labios en una zona que no había creído tan sensible la disuadió de seguir luchando contra sí misma y se rindió a todo lo que venía con la deliciosa experiencia: las cosquillas de sus rizos rubios en la porción de hombro que el vestido revelaba, sus manos, endurecidas por razones inexplicables, colándose bajo el escote para propiciar el contacto directo con el pezón.

Ella emitió un sonido vulnerable cuando utilizó la mano libre para tirar de los metros y metros de tela y enaguas que la cubrían decorosamente.

La urgencia con la que intentó llegar a los pololos la hizo fracasar en el primer abordaje; al segundo intento, Lenore sintió entre los muslos la caricia de unos dedos que no conocían ni la contención ni el honor, y eso hacía de su destreza algo irresistible.

Se agarró con más ímpetu a la mesa del tocador, pero el sudor de las palmas la hizo resbalar y su mano terminó buscando la recia nuca de Edward como apoyo.

Él también sudaba. Por alguna razón eso la excitó, y fue la excitación lo que le nubló el juicio.

Lo único que atinó a conjurar, y en contra de su voluntad, fueron todos esos encuentros con Edward en el pasado reciente que habían prendido la chispa para encender lo que ahora ardía.

Esa chispa que, avergonzada y asustada, había procurado sofocar...

en vano, claro estaba. Ahora los recuerdos emergían a borbotones para unirse contra ella en una ofensiva de la que no saldría ilesa.