CAPÍTULO 14 #3
Aunque Isobel le sonreía a su marido, enfrascado en un acalorado monólogo sobre asuntos que podían deducirse irrelevantes, Lenore la conocía lo suficiente para saber que su mente se hallaba muy lejos de allí.
—Y los sufrirá hasta que la muerte los separe, ¿no es eso lo que dicen?
Espero que tú denotes un criterio algo más exigente a la hora de escoger marido.
No queremos que acabes desposando a un hombre menos inteligente que tú, ¿verdad?
El fulano sufriría como un endemoniado porque no te quedaría otro remedio que torturarlo.
Acompañó el comentario de una mirada cargada de calidez a la que Lenore no fue inmune. Sin darse cuenta, se relajó entre sus brazos —nunca del todo, pues no dejaba de ser susceptible a su contacto— y se encogió de hombros.
—Ese es el único pecado que ha cometido Percy —convino ella—: no ser un tipo brillante. Pero se supone que uno llega al hogar a relajarse, a desprenderse de máscaras y pretensiones. A relajar el ceño fruncido. ¿No es mejor, entonces, que nos espere alguien que no plantee acertijos?
Edward sonrió con indulgencia, sonrisa que revelaba cuánto la conocía.
—Tú lo que quieres es alguien que no te pida explicaciones sobre las horas a las que entras o sales, lo que haces o dejas de hacer y con quién decidas pasar el tiempo —señaló, y ni se equivocaba ni tampoco lamentaba estar en lo cierto.
De hecho, la placidez de su expresión subrayaba lo orgulloso que estaba de que Lenore fuera libre—.
¿Crees que alguno de los invitados podría responder a esa descripción?
El señor Paulson parece de temperamento sosegado, pero he oído que, cuando le da a la botella, enferma de osadía.
Apuesto a que no te gustaría que te abordaran en el recibidor con preguntas indiscretas.
—¿No crees que las sortearía con éxito?
Edward la miró como si le hubiera preguntado algo muy distinto.
—No lo creo; lo sé. Una de tus grandes virtudes es esquivar realidades incómodas.
—Si has oído hablar de las andanzas del señor Paulson —retomó Lenore, demostrando inconscientemente que a Edward no le faltaba razón—, seguro que puedes informarme sobre los vicios y aficiones que corrompen el espíritu del resto. ¿Qué hay del conde de Garland? ¿El señor Fielding? ¿Y William Saxton?
—Por lo que he oído en los clubes de caballeros, el conde de Garland es un gran amante de las mujeres. Mucho me temo que ni siquiera una boda le curaría el ojo alegre.
—No se me ocurriría exigirle fidelidad a un hombre. A fin de cuentas, mi corazón ya pertenece a la ciencia —se justificó con una sonrisa coqueta.
Edward se la devolvió enseguida.
—En ese caso quizá te interesaría algo más el señor Fielding, conocido en algunos círculos por su pasión por la arqueología.
Posee una colección de fósiles nada desdeñable...
, pero no sé qué sería más frustrante para una novia, si tener que disputarse la atención del marido con media población femenina o tener que competir con un hatajo de huesos polvorientos.
Lenore se echó a reír.
—Al menos cultiva aficiones al margen del consumo fácil y los pecados capitales.
—Sobre eso del capital, he oído que William Saxton acumula una fortuna de no escasa enjundia.
Es este afán de riqueza lo que suelen reprocharle en los grupos socialistas en los que se mueve.
Me consta que la comisaría del distrito residencial lo investigó a propósito de su participación en huelgas de ideología marxista.
—¡Un inconformista! —se maravilló Lenore—. Me podría identificar con la causa de un caballero que desafía el orden preestablecido.
No era de extrañar que de pronto se sintiera cómoda bailando con Edward.
Que el tema de conversación versara sobre sus pretendientes —y que él no se hubiera incluido en la selección— había despejado la preocupación de que la charla tomara derroteros personales.
Creía que dirigir la atención a otros hombres era la solución perfecta para disolver la tensión entre los dos.
—Estos señores sobre los que me has interrogado ¿eran todos tus preferidos?
—No necesariamente —desestimó con indiferencia—. Si te soy franca, Edward, me podría valer cualquier señorito siempre y cuando cumpliera un requerimiento.
—A ver si adivino... —Exageró una mueca cerrando un ojo y mirándola a través del otro—. Debe haberse leído Quain’s Elements of Anatomy o el que quiera que sea el tratado de medicina de uso más extendido en la actualidad.
Lenore cabeceó con conformidad.
—No desentonaría con miras a una elevada conversación durante el postre, pero no. Lo único que le impondría es que yo le fuera totalmente indiferente.
El asombro hizo trastabillar a Edward. Se recuperó tan rápido que nadie se percató de nada que no fuera su sonrisa incrédula.
—Bromeas, ¿verdad?
Lenore lo miraba con llaneza. Nunca vacilaba cuando podía aferrarse a su firme voluntad para dictar sentencia.
—En absoluto. Para garantizar la libertad plena de una mujer es menester que la susodicha no le mueva el ánimo a su marido en lo más remoto.
De lo contrario, se estaría enfrentando de continuo a reproches, escenas de celos y, en última instancia, a prohibiciones.
Prohibiciones de las peores, por cierto, pues se acogería al amor como eximente moral: «Hago esto porque te quiero».
—Estoy en rotundo desacuerdo —replicó tan rápido que sus palabras pisaron las de Lenore.
Reafirmó su postura afincando la mano sobre su cintura con afán posesivo—.
Si esperas que un hombre no solo pase por alto las rarezas que te hacen única, sino que las admire con fervor, habrás de desposar a uno que haya aprendido a amarte tal y como eres antes incluso de tenerte.
—En ese caso, el presunto marido no haría de mi vida un infierno —le concedió con paciencia—, pero yo me convertiría en su peor pesadilla al no corresponder sus sentimientos.
—¿Cómo puedes estar segura de eso? Sabes amar —declaró con vehemencia.
Más que como un hecho fehaciente, sonó como un convencimiento personal—.
Amaste a tus padres, amas a tu hermana —hizo una brevísima pausa— y me gusta pensar que también aprecias a tus amigos.
Podrías desarrollar los pertinentes afectos por el futuro padre de tus hijos.
—Ah, ya que lo mencionas, el inevitable resultado de la procreación es el último de mis intereses.
El embarazo solo me suscita curiosidad desde una perspectiva médica.
Y, si te soy sincera, el aspecto clínico relacionado con el milagro de la vida que más me llama la atención es el hasta ahora públicamente inexplorado aborto.
Esta vez Edward sí frenó en seco. Aunque procuró contener sus sentimientos al respecto, que variaron entre el horror y el espanto, su expresividad natural impidió que le pasaran desapercibidos.
Lenore solía pensar que podría retirarle su cariño a cualquiera que osara mirarla como si hubiera perdido el juicio, sensible como era a que la tacharan de chiflada.
En ese momento descubrió que se había equivocado.
Su inclinación natural hacia los que para ella eran seres queridos era ponerse en su lugar y perdonarles la debilidad humana de interpretar sus opiniones radicales como un síntoma de locura.
A fin de cuentas, nadie tenía por qué conocer las particularidades de su cuadro clínico para echarse las manos a la cabeza con sus planteamientos.
—Ahora sí bromeas —murmuró él.
Lenore se irguió con la determinación de defender sus ideas.
—Puede que sea una jovencita casadera, Edward, pero también soy doctora; ahora solo por vocación, sí, pero pronto lo seré por decreto real.
Aun convertida en la esposa de alguien, las responsabilidades médicas seguirán siendo mi prioridad.
Mi futuro marido o bien lo entenderá o bien le dejará impasible, pero no podrá oponerse a mi desempeño.
Edward tomó aire para poner en orden sus pensamientos.
—El tuyo me parece un deseo legítimo, y te honra tu honestidad al exponerlo.
La pregunta es —prosiguió, no sin dificultad.
Sabía que caminaba sobre arenas movedizas cuando las aspiraciones de Lenore entraban en la conversación— si tus pretendientes están al corriente de las que son tus exigencias.
Pocos señores he tratado yo que no tengan una opinión exaltada sobre las mujeres que emprenden labores masculinas.
No creo que un conde entre todos los hombres sea la excepción.
Lenore esbozó una sonrisa burlona.
—Pero quizá lo sea un marxista.
El vals tocó a su fin y, con él, la obligación de permanecer entre sus brazos. Lenore se apartó con una rapidez que habría llamado la atención de quien la hubiera estado vigilando.
Edward dejó caer las manos que la habían tocado muy despacio, como si tenerlas le sirviera ya de poco.
Antes de que separara los labios, Lenore supo que iba a decir algo que la pondría en guardia.
—El respeto no garantiza el afecto, Noor. La tolerancia de un marido no bastaría para hacer de tu vida conyugal una experiencia agradable.
—Te equivocas al asumir que buscaría mi felicidad en el ámbito doméstico. Ya encontraría placeres y alegrías en el ejercicio de mi vocación.
—¿No te considerabas una mujer ambiciosa? —la retó con una ceja enarcada—. ¿Por qué no quererlo todo?
—Creo que ya tenso la cuerda suficiente soñando con ejercer la medicina, ¿no te parece, Edward?
Y dicen que quien mucho abarca poco aprieta.
No seré yo la que acabe con las manos vacías por andar llenándoselas de codicia o de algo peor: el agua o la arena que son los sueños que nos vienen muy grandes.
Lenore aprovechó los primeros acordes de una polca para girar en redondo y alejarse de él antes de empezar a discutir.
O de dejarse convencer.