Immortalis CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

La sencilla sonrisa de su hermana mayor la hizo sentir acogida. A menudo olvidaba el valor que tenía para ella que Isobel fuera comedida en sus afectos. El único tipo de amor que no la presionaba o desbordaba era el que se le expresaba con moderación.

—¡Ah, Noor! Nos estábamos preguntando por qué te demorabas tanto. Estás preciosa.

—Gracias —murmuró. Fue a rascarse la sombra del lóbulo de la oreja, pero lo evitó a sabiendas de que Isobel lo interpretaría como un gesto de nerviosismo.

—Señor Paulson —Isobel señaló al caballero con el que había estado conversando—, creo que ya tuvo usted el honor de conocer a mi hermana...

Samuel Paulson se enderezó para recibir a Lenore con un asentimiento cortés.

—Por supuesto, cómo olvidarla. Déjeme decirle primero que siento muchísimo su pérdida. Traté con su padre en un par de veladas y ambas ocasiones fueron una delicia para los sentidos. Permítame añadir que se le ve el parecido con él ya a simple vista.

Lenore cuadró los hombros y fabricó una sonrisa realista. Al final, no podía pasar por alto cuál era el motivo de la fiesta y los que eran sus deberes de casadera. Además, sentía la mirada de Edward sobre ella, y esto, por falto de madurez que fuera, la instaba a actuar intencionadamente.

—Le agradezco la consideración, señor, pero por esta noche intentemos celebrar la vida. Mi padre nunca dejó de ser un acérrimo defensor de la misma, por su vocación médica y por su optimismo natural. La mejor manera de honrarlo es entregándonos sin medida a la danza.

Paulson sonrió con una mezcla de extrañeza y diversión.

—¿Me está sacando usted a bailar, señorita Nightingale? Porque tengo entendido que dar el primer paso es labor del partenaire masculino. No me diga que pretende hacerse cargo de mi única obligación de la noche.

—Solo me hacía responsable de la mía, que no es otra que recalcar mi disponibilidad.

El joven se rio, mortificado por su descaro, pero le tendió la mano para dirigirla al corazón de la sala, lo bastante amplia para dar cabida a otras cuatro parejas.

Debido a la naturaleza discreta de la velada, no se tocarían cuadrillas ni polcas; Theresa había dado indicaciones a la orquesta para que se centraran en piezas de mayor solemnidad, como la mazurca, la polonesa y el vals.

Lenore se colocó en posición y le dirigió la reglamentaria reverencia a Samuel. La mirada se le desvió, sin embargo, al punto que había estado ocupando Edward.

Haciendo honor a su naturaleza inquieta y siempre dispuesto a aprovecharse del silencio cargado de significados entre los dos para sacarla de quicio, había convertido a la señorita Ashkettle en su compañera de baile.

Los ojos del inspector se cruzaron con los de ella breve y velozmente, pero aquella declaración de intenciones fue suficiente para alterarla e instarla a bailar lo mejor posible.

Alzó la mano como indicaban los pasos de la coreografía e insinuó rozar la de Paulson, más o menos del mismo tamaño que la suya, así como ambos eran de estatura similar.

Víctima de un impulso inexplicable, Lenore buscó la pareja de Edward y su compañera y descubrió que componían un dúo formidable: él era al menos quince centímetros más alto y su mano podría haber engullido no ya la más delicada de la señorita Ashkettle, sino la del mismo Goliat.

Sus dimensiones eran algo que la asustaba y maravillaba a partes iguales, pero se convencía de que se debía a su pasión por los milagros anatómicos.

Los hombres altos y de aspecto atlético no abundaban en Londres, y ni mucho menos en salones de baile como aquel, pero de algún modo no parecía fuera de lugar.

Eran los demás los que se antojaban inadecuados, sobrantes incluso en los contextos que él acaparaba con su presencia.

—¿Se encuentra bien, señorita Nightingale? —le preguntó Samuel.

—Sí, sí —se apresuró a justificarse durante un giro—. Es solo que hace tiempo que no bailo.

El señor Paulson le ofreció una sonrisa compasiva que poco o nada tuvo en común con la que Edward le dirigía a su partenaire , que bien le habría valido la acusación de escándalo público.

Sorprendentemente, no sufrió ese arrebato de furia viva que la prendía como un fuego cada vez que testimoniaba el lado coqueto de su amigo.

No habría sabido explicar por qué, pero estaba convencida de que esa sonrisa era para ella y no para la señorita Ashkettle.

La mirase o no —y durante la mazurca sintió que lo hacía a ráfagas, más por desestabilizarla que porque quisiera disimular ante el resto—, sentía que los atrevidos roces con los que ruborizó a su compañera, los guiños y las expresiones socarronas eran una provocación con un objetivo muy concreto: dar el brazo de Lenore a torcer.

O a lo mejor estaba perdiendo el juicio.

Eso era lo que temía, volver a extraviarse en los confusos caminos de la intuición y los anhelos inconfesables, que eran de por sí inescrutables y no mucho tiempo atrás habían convergido en un estado de enajenación tal que terminó convencida de que la única solución era acabar con su vida.

Sentir debilidad por algo que la muerte podía reclamar, dejarse arrastrar por las pasiones humanas y el insoportable dolor que traían había estado cerca de cavar su tumba.

El descontrol que Edward causaba con su sola cercanía era un peligro con el que por suerte Lenore estaba familiarizada.

Nunca sucumbiría a él cuando el precio que pagar podría ser no dejar de soñarlo, buscarlo en fantasías; fundirse con todo lo que era él y no poder encontrarse a sí misma más tarde.

Pero Edward, pese a ser lo bastante inteligente para interpretar sus recelos de la forma correcta, no estaba dispuesto a respetarlos.

Tan pronto como terminó la pieza, abandonó a su suerte a la señorita Ashkettle.

Vulneró los deseos implícitos de Lenore, así como su distancia impuesta, para abordarla pegando los labios muy cerca de su oído.

—Con qué destreza baila usted la mazurca, señorita Nightingale —oyó en tono jocoso. Lenore se puso rígida cuando su suave aliento le rozó la nuca—. Veamos si con el vals demuestra el mismo control corporal.

Ella se giró con brusquedad para oponerse con una excusa razonable, para reprenderlo por referirse al cuerpo femenino con semejante descaro, pero él se adelantó rodeándole la cintura con un brazo firme y atrayéndola hacia sí en la medida en que era respetable.

Al menos a ojos del público, que no para Lenore.

La presión sostenida de sus dedos en la baja espalda envió un escalofrío de advertencia por toda su columna. No apreciaba grandes diferencias entre su mirada fija sobre ella y que la apuntaran con el cañón de una pistola.

Con tal de no delatar su alteración retirándose enmudecida, aceptó tomar la mano libre de Edward y dejarse conducir a la posición original.

En un primer momento no se atrevió a alzar la vista, no solo por obstinación, sino por miedo a desbordarse.

No sirvió de nada. El olor tostado del tabaco de pipa que fumaba únicamente si se lo ofrecían se había adherido al frac, impregnándolo de un rastro de ciruela seca, cuero y madera que le produjo un mareo agradable.

No era menos cautivadora la visión de la nuez de Adán sobresaliendo en un cuello grueso y tan firme como el hombro de acero en el que se apoyó para no perder el equilibrio.

Comprendió que no podía huir de él por más que le negara la mirada y levantó la barbilla con una preocupación que resultó legítima: Edward seguía teniendo la vista prendida en su rostro. Había esperado a hacer contacto visual para pasarse la punta de la lengua por el labio inferior.

Sin ser practicante o tan solo espiritual, le rezó a Dios para que su turbación no fuera visible. Estaba devanándose los sesos por encontrar un tema de conversación que rompiera el hechizo de complicidad cuando Edward se le adelantó.

—Isobel está preocupada por ti.

Suspiró, aliviada, para sus adentros.

De cara a la galería mostró fastidio.

—¿De nuevo con la misma perorata, Whishaw?

—Está bien, está bien —cedió con humor—. Cambiaré el tema de conversación. A fin de cuentas, es una fiesta en tu honor. Tú decides de qué quieres hablar —hizo una pequeña pausa— y con quién quieres bailar.

—Si, como argumentas, el protagonismo de la velada recae sobre quienes hacen lo que les viene en gana, entonces la soirée se estaría celebrando también en tu nombre, señor Libre-Como-El-Viento —comentó con falsa indiferencia—.

A todos nos ha saltado a la vista tu disfrute en brazos de la señorita Ashkettle.

—No soy inmune a los encantos de la danza. Ni a la belleza femenina —apostilló con un guiño socarrón.

—Quizá a sus encantos no, pero sí a sus exigencias, o de lo contrario sabrías acoplarte al ritmo. —Lenore agachó la cabeza hacia el ruedo de la falda—. He estado a punto de pisarte en dos ocasiones, y mi culpa no ha sido.

Edward arqueó las cejas, provocador.

—¿Y por qué no lo has hecho? Cualquiera diría que lo estás deseando.

—Mi humor ha visto días mejores, eso no te lo voy a negar.

Él lanzó al aire un suspiro teatral.

—Yo tampoco me sentiría dichoso de llegar a verme en tus zapatos —exageró con la graciosa afectación que solía hacerla reír.

Lenore le prestó atención enseguida, como una niña miraba los fuegos de artificio—.

No solo se organiza una fiesta con el único fin de exhibirte frente a un puñado de insípidos palominos, sino que para colmo de males se pretende que elijas a uno antes de que termine la noche.

—Sonrió de repente y se inclinó sobre ella apretándole la mano a la vez.

En voz baja dijo—: Mi pobre Noor... Sometida a los crueles designios de la institución matrimonial.

Ella se rio en contra de su propósito, que no era otro que evitar la camaradería entre los dos por aquello en lo que pudiera derivar.

—No soy la única que padece dichos designios —resolvió con naturalidad—. Sin ir muy lejos, Bells los sufrió antes que yo... y parece que sigue sufriéndolos —añadió, lanzando una mirada furtiva a la reciente pareja.