Immortalis CAPÍTULO 14
36%

CAPÍTULO 14

Lenore se secó el sudor de las manos en la falda de crespón de seda.

Tomó una profunda inspiración y fue a cruzar las puertas del salón principal, pero en el último momento se detuvo.

Retrocedió uno, dos y hasta tres pasos y se desplomó sobre el diván que halló a medio camino de su cobarde retirada.

La velada en honor a su soltería —que con un poco de suerte tendría muy pronto los días contados— sería su primera aparición pública desde la pasada temporada.

Desde su debut, dos años atrás, había estado cumpliendo a rajatabla las estrictas imposiciones de la vida social.

Lenore se divertía viviendo sus responsabilidades sociales como un teatrillo la mar de entretenido y nada más.

El problema residía en que la muerte de su padre y lo que había venido después le habían agotado la paciencia de cara a las banalidades del mundo sensible.

No se le ocurría nada más indeseable y fuera de sus competencias actuales que amenizar una conversación sobre el mercado matrimonial con las garras de la Parca colgando de los hombros y sintiendo todavía en los labios la huella del beso de su único enemigo proverbial.

Porque ¿qué era el homo immortalis sino la raza que burlaba a la muerte?

Lo único que la salvaba de escabullirse de su propia fiesta era la esperanza de encontrarse con Dariy. Se había asegurado de que recibía una invitación y de que la soirée tenía lugar a una hora aceptable, esto es, cuando la noche se hubiera cernido sobre los tejados londinenses.

Él no se lo había dicho textualmente, pero sospechaba que no se exponía a la luz diurna por razones relativas a su condición. Las últimas palabras del doctor Nightingale reforzaban su teoría: había hablado de los non mori como aliados de la luna.

Lenore se tiró de las puntas de los guantes negros, a juego con el resto del atuendo.

Que aparentara una cierta ajenidad respecto a los convencionalismos no quería decir que no los tuviera muy presentes y a menudo los reprodujera de manera inconsciente.

A fin de cuentas, había crecido sometida a un régimen de normas que priorizaban el decoro sobre la naturalidad.

Una de ellas, pensaba con ironía y resentimiento, era respetar los tiempos del luto.

Era impensable para Lenore, pues, que la forzaran a protagonizar un desfile propio del viejo Almack’s cuando ni se había cumplido un mes desde el fallecimiento de su padre.

Se acarició el pecho en busca de apoyo silencioso.

Sobre el escote cerrado colgaba un guardapelo con una miniatura de un jovencísimo Gulliver.

Un pariente lejano lo había pintado a instancias de su abuelo paterno, un médico de provincias sin consulta fija que viajaba cual feriante por los pueblos según requerimiento de los pacientes.

Su honrada labor le obligaba a pasar tanto tiempo alejado de su familia que solo se le había ocurrido ponerle remedio a su añoranza encargando dos relicarios, uno para recordar a su esposa, otro para recordar a su hijo.

Gulliver había sido enterrado con el primero, que heredó en cuanto unas fiebres contagiosas se llevaron a su padre; ella se había apropiado del segundo.

A Lenore no le extrañaba que el retrato se conservara en perfecto estado.

Por lo que le habían contado, su abuelo había sido, además de familiar, un hombre meticuloso con las escasas pertenencias que de veras tenían valor para él.

Llevar un recordatorio de su primogénito colgado del cuello con la condición de preservarlo no solo habría sido un honor o una caprichosa sensiblería para él, sino una responsabilidad.

Lenore contempló el brillo travieso de los ojos del Gulliver niño, plasmado para siempre por obra y gracia del pincel más afortunado del mundo.

Cuando era niña odiaba que le repitieran que era idéntica al doctor.

En aquel entonces su madre aún caminaba entre los vivos y ella sentía tal devoción por su elegancia y belleza que rabiaba de pensar que Dios la hubiera privado de la herencia de su constitución, virtud que sin duda la habría favorecido para que hicieran la vista gorda a sus andanzas: al final, no había nada como el atractivo físico para desviar la atención de lo verdaderamente importante.

Ahora comprendía que había sido una estúpida.

Le complacía que quedara algo de su padre en la Tierra, aunque fueran rasgos tan mundanos como la forma ovalada del rostro, los ojos rebosantes de vitalidad y la sonrisa febril que la difunta señora Nightingale bautizó como «la cara de los descubrimientos», pues parecía aullar «¡Eureka! ».

Siempre que encontraba el valor para ojear el contenido del guardapelo, Lenore experimentaba un arrebato de amor tan violento que se quedaba sin respiración.

Qué no habría dado por conocer a ese niño con orejas de soplillo, las mismas que las suyas; por haber jugado con él al aro o las charadas y unido fuerzas para convencer a los titiriteros de repetir su puesta en escena.

Habría descubierto en el Gulliver que aún no había sido corrompido por las rigideces de la edad adulta una sagacidad distinta de la que manifestaría más tarde, más culta y serena: ese ingenio lúcido, libre de encorsetamientos, que se iba diluyendo conforme la mentalidad racional de la madurez se imponía.

¿No era eso el amor?, pensaba Lenore. ¿Sentir nostalgia por la infancia del otro? ¿Querer viajar en el tiempo para mecer entre sus brazos al padre que aún no era padre y conocerlo antes del cambio irreversible?

Se preguntó si Dariy habría sido niño alguna vez. Daba por hecho que sí.

Esta revelación la sacudió por dentro. Intentando imaginarlo con pantalón corto y rasgos tiernos se topó con el muro inexpugnable del desconocimiento, ese muro que odiaba y que no siempre tenía manera de derribar.

¿En qué siglo nació? ¿Cómo llegó a convertirse en lo que era ahora? Le resultaba inconcebible pensar que Dariy hubiera sido ingenuamente dichoso en algún tiempo.

Fue el deseo de encontrarlo e indagar en su pasado lo que la instó a dirigirse por fin al salón.

Por lo que Theresa le había contado —no sin mortificación—, no todos los invitados habían confirmado su asistencia.

Algunos opinaban que era de una falta de consideración indignante organizar una reunión en tan temprana etapa del luto, incluso si se reservaba a parientes y amigos cercanos.

La inmensa mayoría, no obstante, había llegado hacía rato y alternaba con una copa de brandy en la mano.

Las piezas clásicas de la orquesta contratada para la ocasión aquietaban el rumor de las conversaciones.

Lenore contó veinticuatro personas en total, entre las cuales figuraban su abuelo, Theresa, Isobel, Percy...

Y Edward.

A fin de guardar las apariencias, el barón Fellowes había procurado equilibrar el número de caballeros elegibles invitando a su vez a un número apropiado de conocidas.

Lenore debía aplaudir el esfuerzo de Theresa por informarse sobre las que habían sido sus amistades: no había allí ninguna antigua compañera de debut que no le cayera en gracia.

Todas tenían más o menos su edad y estaban convenientemente prometidas o casadas, todas vestían los colores del medio luto en deferencia al doctor —malva, gris perla, azul noche— y todas parecían haberse puesto de acuerdo para abordar al mismo tiempo a Edward.

Cómodo con su popularidad, en ese momento contaba con grandes aspavientos una anécdota a la que se le auguraba un final desternillante.

Lenore intentó sonreírle con desdén a su afán protagonista, pero un nudo en el estómago le impidió tomarse con humor que regalara su carisma a todas las mujeres por igual.

Ser consciente de sus propias contradicciones, de lo que había perdido por culpa de las mismas, solo le empeoró el humor; y es que antes solía agradecer al cielo que Edward pululase a su alrededor durante los acontecimientos de calibre social.

Se sentía arropada sabiendo que intercambiarían una mirada cómplice cada vez que algún invitado cometiera un error de protocolo y que la salvaría de una situación incómoda sin que tuviera que pedirlo.

Ahora no podía sino interpretar su proximidad como una amenaza para su paz mental.

Por desgracia, lo inmediatamente contrario, su distancia e indiferencia, no la hacía sentir mejor.

La señorita Ashkettle, soltera por tiempo limitado, coronó la historieta de Edward con una ostentosa carcajada y una caricia en el brazo.

Lenore notó que los vellos de la nuca se le erizaban y sus ojos caían indefectiblemente, como una flecha en el blanco de la diana, en ese punto que los mantenía en contacto.

Él no se opuso al gesto y le dirigió una de sus arrebatadoras sonrisas.

Lenore escondió las manos enguantadas entre los pliegues de la falda para ocultar su crispación.

No era la primera vez —ni sería la última— que Edward se adueñaba del papel principal en una fiesta gracias al furor femenino, del que solo él era responsable con independencia de si había duques o marqueses en la lista de invitados.

El inspector adjunto Whishaw podía ser un simple funcionario, pero la inteligencia heredada de una familia burguesa e implícita en su propuesta de conversación intelectual, su insólito a la par que imponente aspecto físico y, sobre todo, cuán accesible se mostraba le hacían irresistible.

Como si hubiera leído sus pensamientos aun desde el otro extremo de la sala, Edward alzó la cabeza en su dirección.

Lenore se activó al intuir un fulgor interesado en sus ojos verdes, incluso cierto regocijo sabedor, y apartó la vista para dirigirse con prisas y los hombros rígidos hacia su hermana.

Por el camino la torturaron pensamientos de todo género.

«Eres una estúpida.»

«¿Qué es lo que te pasa? ¿Por qué no puedes actuar con normalidad?»

«Es tu amigo, por el amor de Dios.»

«Estás buscando a Dariy, recuérdalo.»