Immortalis CAPÍTULO 13 #4
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CAPÍTULO 13 #4

Sin miedo a que la acusaran de mentirosa, Isobel juraría ante un panteón de deidades que no albergaba otra esperanza que ver a Lenore unida en santo matrimonio a un hombre que la valoraba en su conjunto.

Hacía siglos desde que había renunciado a sus deseos románticos, que brotaron más o menos a la par que los de Edward por su hermana y se desarrollaron al margen de la bella estampa de los dos enamorados igual que una corriente de agua subterránea.

Siempre se había sentido sucia por aspirar a lo que no era suyo, lo que además se había proclamado de otra.

Incluso si su hermana no lo amaba como amaban los mortales, confesando a viva voz las inclinaciones de su alma, habría estado desafiando su autoridad; habría pretendido robarle su legítima propiedad.

Como tenía por costumbre, Isobel se habló con ferocidad para poner sus emociones en regla.

Tan fuerte apretó los puños que se abrió heridas con forma de medialuna en las palmas, y ni ese dolor agudo resultó tan desagradable como saber que había perdido el control.

Desde la tierna infancia, su única obsesión había sido procurar que esas fugas por las que se le escapaba la humanidad, tan grotesca y mediocre, permanecieran selladas a cal y canto.

Según parecía, tenía, al igual que Lenore, una de esas: una obsesión.

Otro rasgo copiado que jugaba en su favor.

Para cuando llegó a la agrupación policial que se estaba encargando de examinar el cadáver, Isobel había vuelto a ser Isobel, una majestuosa aspirante a dama, una esposa honrada e irreprochable cristiana.

Los médicos forenses ya se habían personado en la escena del crimen.

Los reconoció por el uniforme, parecido al que el doctor Nightingale vistió en vida en ocasiones similares.

No pudo descender a la orilla donde habían tendido el cadáver por indicación expresa del cuerpo: los asesinatos de Jack el Destripador habían inspirado una serie de reformas de cara al procedimiento policial y se tenía cuidado de mantener alejados a los curiosos.

Isobel era una mera curiosa en toda la historia, y, como tal, se tuvo que resignar a observar de lejos que Edward se unía a uno de sus compañeros y evaluaba la situación.

Le llegaron ecos de la conversación.

—La han reconocido como Jane Mansfield... en el burdel de la señora Gulp... unos veinticinco años... sin señales de forcejeo...

—¿... Jack el Destripador?

Isobel no pudo seguir escuchando cuando desde su posición obtuvo una vista del cuerpo.

El simple hecho de que fuera pelirroja podía explicar la lividez, pero su piel presentaba un subtono azulado sobrenatural que solo había advertido en el velatorio de su padre: su madre, en cambio, no había perdido el color hasta la translucidez.

Incluso a tan larga distancia, apreció el trazo irregular de las venas y un sombreado celeste en zonas de mayor vascularización: párpados, labios...

Labios .

La muchacha había muerto con una expresión que solo podía describirse como un éxtasis enajenado. Cualquiera se habría estremecido de angustia ante la visión, pero ella se sintió extrañamente atraída hacia el curioso milagro de morir de placer.

«¿Milagro? —se repitió, horrorizada—. ¡En todo caso, fechoría!»

—... falta de livideces normales...

—... si no ha habido desmembramientos, descartaría que lo hubiera perpetrado...

—... se conserva intacta. Es un misterio...

—¿... muerte violenta? No lo creo...

—... asfixia, tal vez, y un posterior drenaje de sangre. Está seca.

—¿Asfixia? —repitió Edward.

—... perversiones eróticas propias de estos lugares inmundos. No sería la primera vez.

Isobel había empezado a captar frases con mayor significado cuando una figura uniformada se interpuso en su campo de visión.

—Señora, no puede usted estar aquí. Y ni mucho menos sola. ¿Dónde está su carabina? ¿Y su carruaje? Puedo encargarme de que la traslade un coche de punto, si lo desea.

Isobel no consiguió enfocar la vista en la boca que le hablaba. Aunque el agente era una mole de carne gruesa, sus ojos seguían viendo la piel de luz de luna de la muchacha, la insólita belleza de su rostro desfigurado por una agonía sexual inalcanzable para los mortales.

Se preguntó en un arrebato si se podía morir de gusto.

Se reprochó enseguida su atrevimiento, abochornada.

Pero ni hablándose con exigencia consiguió que sus pies se movieran del sitio.

Había algo allí que la atraía, una luz, una energía; la clase de ente superior en el que una sólida anglicana como ella no debería creer.

—Señora —insistió el agente.

No le quedó otro remedio que dejarse escoltar hacia la parada más cercana de carruajes de alquiler, que en el barrio de Whitechapel eran escasas —y ni hablar de la fiabilidad de sus cocheros, que brillaba por su ausencia.

Había olvidado por completo que su propio coche y su doncella la esperaban en comisaría.

Durante el camino, Isobel tuvo que resistir la insistente corazonada que la instaba a girar la cabeza hacia el río, que ni oliendo a un género de putridez hasta el momento desconocido para sus susceptibilidades, ni reproduciendo una escena perturbadora, dejaba de antojársele algo deseable.

Pero ¿qué deseaba con exactitud?

Se fue de allí sin llegar a averiguarlo.