Immortalis CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

—Al revés —se lamentó con amargura—. La figura del asesino me suscita tanta curiosidad como a cualquiera, pero me temo que la razón que lo convierte en una celebridad no es su saña o su enigmática identidad, sino que su blanco son las mujeres vulnerables y bonitas.

A lo largo de estos últimos tiempos he podido observar algunas reacciones y oír algunos comentarios perturbadores al respecto entre mis compañeros...

—Calló de repente y la advirtió con una mirada de soslayo—.

Confío en que esta información quedará entre los dos.

—Por supuesto.

Edward la sorprendió dirigiéndole una sonrisa divertida.

—Tú misma, sin ir muy lejos, estarás encantada de hacerme de escolta en el levantamiento del cadáver. No se me escapa que tienes un interés impropio de una dama en las tramas policíacas.

—Eso no es... —Le costó expresarse con la mirada cálida de Edward sobre ella—. Quiero decir...

—Al final va a resultar que hay algo de Lenore en ti: la debilidad por las incógnitas y el deseo de encontrarles respuesta —señaló él con orgullo.

Isobel se infló y desinfló con el halago envenenado.

Por supuesto que su único rasgo personal digno de admiración sería uno compartido, heredado o copiado de su hermana pequeña—.

De ella estábamos hablando —retomó sin molestarse en disimular su prioridad—.

Me decías que tu sospecha era la aparición de una nueva y quizá perniciosa afición.

—Sí. Y aunque temo que su repentino interés por lo sobrenatural o, al menos, lo ficticio se relacione de alguna manera con la muerte de mi padre —se enorgulleció de mencionarlo sin que le temblara la voz—, intuyo que detrás hay una razón más humana..., que no menos preocupante.

—¿De qué se trata?

—La cabeza en las nubes, escapadas secretas, un humor exultante que la mantiene activa y curiosa... Creo que Lenore podría haberse enamorado.

Edward frenó en seco al final de Royal Mint Street. Isobel nunca olvidaría el modo en que la miró: como si la hubiera traicionado.

—Eso es imposible —atajó en tono perentorio.

«Ni te atrevas a insinuarlo», había dicho en realidad.

Ella exhaló una risa cansada.

—Puede que las mujeres no tengamos al alcance de la mano los grandes conocimientos filosóficos o científicos de los señores —empezó con humildad, pero con la cabeza alta—, pero es precisamente porque los asuntos del corazón se reservan a nuestra parcela que puedo hablar con plena potestad.

Sé qué síntomas conlleva el enamoramiento porque yo misma los he experimentado.

Lenore no está centrada en un misterioso empeño.

Está soñando despierta y buscando desesperada una excusa para estar en determinados lugares a determinadas horas.

Edward no había dejado de sacudir la cabeza en negación.

—¿Y desde cuándo eso es insólito viniendo de ella? También se abstraía reflexionando sobre el diagnóstico del doctor Nightingale y se escabullía al hospital de Great Ormond Street con o sin permiso...

—Esto la apasiona de un modo distinto de la ciencia. De un modo muy parecido al que se apasionó con la muerte —puntualizó con el vello erizado—, con la diferencia de que potencia su pulsión de vida en lugar de truncarla.

—Tonterías. Lenore no es una mujer corriente —masculló entre dientes.

—Las reinas, las brujas y las diosas también se enamoran, Eddie.

—¡Al diablo con las reinas, las brujas y las diosas! ¡Una sensiblería femenina no postraría de rodillas a Lenore, Lenore entre todas las personas, así como así!

Parpadeó, perpleja.

—¿Una sensiblería femenina? Yerras al describir el amor como algo distinto de una iluminación sagrada.

Edward desestimó su argumento con un aspaviento impaciente.

—Lenore está por encima de eso. La obsesión con el primer amor es lo más mundano que Dios ha creado.

—¿Y por qué, si así es, atesoras tus afectos hacia ella como si fuera lo más precioso que posees?

—contraatacó con virulencia. La lámina transparente que parecía separar a Edward del mundo y de sus interlocutores cuando pensaba en Lenore se disolvió; así de intenso fue su pasmo al verse confrontado, que le ancló de nuevo los pies a la tierra—.

Entiendo tu mortificación, Eddie, no creas que no.

Rehúsas aceptar que dentro de las capacidades de Lenore pueda estar la de amar del modo en que amamos el resto de los mortales, pues sabes que esto no la haría más accesible, sino que aumentaría el riesgo de que te arrebatasen tu oportunidad con ella...

y lo que es peor: implicaría sacrificar el consuelo que hasta hoy te ha estado reconfortando, ese que reza que si no te ama es porque carece de la fibra de sensibilidad obligatoria para concebir el enamoramiento y no porque simplemente no eres el elegido.

Petrificado, Edward inspiró con brusquedad.

—Eso...

—La amas desde el preciso día en que la conociste, y lo sé porque yo estaba allí. Porque lo vi. Si de verdad te importa Lenore, si de verdad quieres cuidar de ella...

—Por supuesto que quiero —bramó, indignado.

—... es el momento de actuar. El barón Fellowes respetará el luto en la medida en que no afecte a sus intereses personales.

Pretende casarla esta temporada y para ello organizará una reunión íntima, pero con un objetivo concreto la noche del sábado.

Recibirás una invitación. Es preciso que la aproveches y expongas tus intenciones a la mayor brevedad.

Edward no reaccionó enseguida.

—¿Qué interés podrías tener en que me casara con Lenore? Quiero decir más allá de que entrara a formar parte de la familia, lo que supongo que te haría feliz.

Isobel reprimió una sonrisa resentida con su ingenuidad.

—Que la conoces —respondió con llaneza, y, por desgracia, no mentía.

Todavía la asombraban las multitudes que podía contener una sola persona, en este caso ella: unos celos enfermizos a la par que una ilusión lo contrario a egoísta por salvar a su hermana a través de Edward—.

Sabes que ha estado enferma. Sabes que podría volver a estarlo.

Sabes que es frágil, una soñadora rebelde y que sus ambiciones y deseos más íntimos suponen un peligro para sí misma.

Sabes, también, que nada de eso te impide amarla.

¿Te imaginas lo que podría ser de ella si acabara desposando a un hombre carente de sensibilidad, intransigente...

o increíblemente bueno —se concedió con un asentimiento resignado—, pero sin la voluntad y la paciencia que exige lidiar con un carácter así?

Como yo no quiero siquiera concebirlo, tomo cartas en el asunto.

Edward abrió la boca motivado por un impulso apasionado, pero se desinfló.

—Si es cierto que está enamorada de alguien, Bells, ¿qué podría hacer yo? Lo amaría del mismo modo en que se apasiona por su vocación, con una entrega y obstinación ciegas.

—Podrías convencerla de que la conveniencia y la amistad están por encima del afecto.

—Pero eso no es verdad, y a Lenore no se la puede persuadir mediante engaño. Además, es incorregible, y todas sus convicciones lo son por extensión.

—No sabía que eras un aficionado a las excusas, Eddie. Tal vez haya estado equivocada todo este tiempo —lo pinchó, rígida como una estaca—. Por lo que sé, es frecuente que un hombre tenga corazón para amar a una mujer y sin embargo le falte el coraje para hacerse responsable.

Edward castigó su acusación con una mirada que quemaba.

—En ese aspecto me sobra tanto coraje que a veces pienso que será el exceso lo que me mate.

El problema es que por más que intento contagiarle mi valor y mi disposición, sea haciendo manifiestas mis inclinaciones o recurriendo a insinuaciones que puedan agrietar su firme resistencia, se finge ajena.

Sé que me quiere o, al menos, me desea —confesó en voz baja, así como se decía un secreto.

Lo que era, en realidad. La pequeña Nightingale trataba sus sentimientos como una debilidad vergonzosa—, y que lo hace a su manera.

Lo sé tan bien como que ni en mil vidas me aceptará.

—Tendrás que conseguir que dé su brazo a torcer. Nadie dijo que la empresa fuera fácil.

—¿Qué pretendes? ¿Que me declare sin más? La asustaré. La ahuyentaré. Y si es cierto que hay otro hombre rondándola...

—¿Qué? —lo instó a continuar dando un paso al frente—. ¿Te rendirás?

Edward apretó la mandíbula. La sola posibilidad lo enfermaba de ira.

—Lenore es mía. No concibo tener que luchar contra nadie para reivindicar que me pertenece. Pero si me viera en la tesitura, vencería. Aunque exigiera un duelo a sangre.

Su vehemencia conmovió a Isobel. Solo había experimentado la virulencia de un deseo parecido en sus sueños, de los que había despertado con la sensación de que la ahogaba un anhelo profundo e insoportablemente agudo por la imposibilidad de su consumación.

Odió al destino y maldijo también a Dios porque a ella no la hubiera bendecido con un amor de inspiración divina. Veía en los ojos de Edward que para él querer a Lenore había sido —seguía siendo— un impulso tan fuerte como la vida misma.

Tuvo que luchar contra las lágrimas de envidia y dolor que le ardieron en los ojos, en la garganta.

¿Y qué si lo admitía ahora para sí?

No mucho tiempo atrás habría matado por oír a Edward hablando de ella en esos términos.

Agradeció que él retomara la marcha después de pasarse la mano por la cara sudorosa. Cuando los sentimientos afloraban a la superficie, el rostro de un hombre se convertía en un terreno asolado por la guerra. Incluso los caracteres apacibles se volvían huracanados.

Y el suyo no era un carácter apacible en absoluto. Solo lo fingía.

Como ella.

Isobel siguió a Edward a una distancia prudencial, no tan temerosa de que pagara con ella su frustración como de encontrarla atractiva.

Era de su hermana de quien estaban hablando, por Cristo. No podía envidiarla.