CAPÍTULO 13 #2
No terminaba de decidir si le costaba más acercarse a Edward o resistir el deseo de hacerlo.
Esta era una disyuntiva infernal que creyó que lograría arrancar de raíz desposando a Percival Bainbridge.
Para su espanto, la atracción que la arrastraba hacia él no había hecho sino empeorar.
Al final, ahora sabía lo que era un beso, una caricia; el cuerpo de un hombre grande y apasionado abatiéndose sobre ella, y este era un saber que pesaba en especial cuando se aliaba con el enamoramiento juvenil.
Por más que intentaba mantener a raya sus pensamientos, con firmeza convencida de que la suya era una mente estrecha y carente de creatividad, la suma de las fantasías y la experiencia personal le sugería de manera constante escenarios eróticos con un hombre prohibido.
Prohibido desde todos los ángulos, se mirara por donde se mirase.
—¿Te encuentras bien, Bells? —le preguntó Edward en un tono ahora casi inaudible. La tomó de la barbilla para estudiar su visaje—. No duermes, ¿verdad? Dios me libre de acusar la única imperfección de una mujer bella, pero vuelves a estar pálida y ojerosa. ¿Han regresado las pesadillas?
Isobel lo miró a los ojos con la patética esperanza de atisbar, aunque fuese por obra de una ilusión óptica, el más levísimo indicio de deseo.
Para su gran desgracia, los de Edward seguían estando libres de la tortura de la pasión y también seguían siendo increíblemente verdes; verdes como las salvajes vastedades de Hampstead Heath que Isobel había pasado toda la infancia contemplando desde la mansión de la baronía.
Solía fantasear con que un hombre bueno aparecía montado a caballo por aquellas llanuras y se la llevaba muy lejos a empezar una nueva vida con sentido.
Más allá de los anhelos infantiles que Edward le desenterraba con su sola presencia, sintió la necesidad humana de compartir con quien también era su amigo un tormento personal.
Era cierto. Las pesadillas habían vuelto tras el fallecimiento de su padre, o más justo habría sido decir que solo le habían concedido una pequeña tregua después de la luna de miel para que se hiciera a la rutina de mujer casada.
—Ese no es el motivo que me trae hasta aquí...
—¿Muestran las imágenes de siempre?
Su genuina preocupación la hizo sentir halagada.
Nunca había tratado de compartir el contenido de sus sueños con Percy.
Su marido le había restado importancia desde el primer día bajo la excusa de que él también las sufría de niño y era cuestión de tiempo que terminaran disipándose.
«Y de mantenerse demasiado ocupado como para soñar.
Solo sueña quien no está muerto de cansancio», solía añadir.
Este desinterés suyo no la frustraba. Le funcionaba.
Isobel no quería convertir sus terrores nocturnos en un tema de conversación recurrente, en gran medida porque sabía que todo el mundo pondría el grito en el cielo de llegar a conocerse su contenido y su complejidad.
Edward y Lenore eran los únicos a los que les había confesado siendo aún niña que la perseguía una sombra difusa.
Esa sombra difusa se había definido como la silueta de un hombre con el paso de los años: al tiempo que ella había ido creciendo, él se había ido haciendo más sólido.
Más real. Más peligroso, a juzgar por el estado en el que amanecía.
Despertaba envuelta en sudores ardientes, con el corazón roto y tan excitada que debía aliviarse con urgencia.
—Sí —se limitó a contestar con las mejillas sonrojadas.
—¿Quieres hablarme de lo que sucede en tus sueños?
—¿Quieres tú que te hable de mis sueños? —contraatacó, desesperada por cambiar de tema—. Estamos en comisaría, Eddie. No me parece que sea el lugar adecuado para tratar las histerias de una mujer.
La expresión del inspector se endureció y se ablandó de nuevo con una diferencia de segundos, pero Isobel lo notó porque ella misma se tensó al diagnosticarse con desdén.
Las jóvenes más desahogadas de su entorno eran propensas a referirse de manera despectiva a temas tabú como aquel para hacer humor.
Habían terminado por contagiarle la costumbre.
O, más bien, Isobel se había adaptado a estas bromas habituales, llegando a traicionar su propia opinión y sensibilidad, para sentirse parte del grupo.
Necesitaba esta sensación de normalidad por todo lo que su excéntrica familia y sus pesadillas la apartaban del mundo.
—Estoy preocupada por mi hermana y pensé que solo tú podrías entenderlo.
Edward se enderezó enseguida, llevándose consigo la mano que la había acariciado.
—¿Qué ocurre con Lenore?
Isobel ocultó una sonrisa contrita.
El truco había surtido efecto.
Se preguntó, no sin esa rabia que sentía injusta, si su hermana y Edward serían conscientes de sus rasgos comunes: bastaba mencionar los asuntos que eran de su respectivo interés para que todo lo demás se desvaneciera a su alrededor en una nube de polvo.
Ambos eran obsesivos, solo que les perdían materias distintas.
Ella vivía por la ciencia y él vivía por ella.
Desde que lo conocía, solo le había oído esa urgencia devota en la voz cuando la pequeña Nightingale entraba en la conversación.
—La noto distraída. Más de lo habitual, quiero decir.
Tú la conoces. Sabes cómo es. Camina por el mundo sin que sus pies toquen el suelo y solo la curiosidad la arraiga.
Albergo la sospecha de que es la curiosidad por algo misterioso y no necesariamente benigno para ella lo que ahora la abstrae.
Mi abuelo me contó el otro día que se escapó sin advertir a nadie y regresó a altas horas de la noche.
Theresa está preocupada porque la luz de su dormitorio permanece prendida a lo largo de la madrugada, y su doncella personal me ha dicho que volvió a desaparecer la otra noche.
—¿Estás en contacto con su doncella personal?
Se mordió el labio y agachó la mirada.
—Le pago unos honorarios aparte para que me informe del estado de Lenore en tanto que convenzo a Percy para mudarme un tiempo con los Loxley.
Aunque todavía le afectaba ver hasta qué punto Lenore le cambiaba el ánimo, Isobel buscó la mirada de Edward, ansiosa por la comprensión incondicional que solo obtenía de él. Ante todo necesitaba que alguien compartiera su inquietud. Su padre ya no estaba allí para hacerlo.
Como era de esperar, Edward se había aislado en una reflexión.
—¿Tienes alguna teoría en firme sobre ese algo misterioso?
—Al principio pensé que estaría relacionado con los penny dreadfuls y todas esas criaturas del folclore que protagonizan los cuentos, por las que ya sabes que ha desarrollado un interés sospechoso.
Se ha empeñado en coleccionar los textos a costa de vaciar las arcas de mi abuelo y la doncella me ha anotado los títulos de algunas de sus últimas lecturas, la mayoría préstamos de la biblioteca municipal.
—Entonces ha encontrado una nueva obsesión. Considerando su historial, lo interpretaría más como una buena señal que como un signo de... recaída.
Le costaba tanto pronunciarlo como a ella pensarlo.
—Señor —interrumpió un joven agente. Isobel sí le prestó atención, pero Edward se quedó mirando a la joven casada como si así pudiera descifrar la mente de la benjamina.
No era la primera vez que la examinaba de hito en hito esperando así entender a Lenore—.
Han encontrado un cuerpo en el norte del Támesis. En Tower Bridge.
—¿Ha avisado a Mandeville, Turner? —preguntó sin girarse.
—Sí, señor, pero me ha pedido que vaya usted en persona a pesar de la peculiaridad del caso. Ha mencionado algo sobre que tiene demasiado tiempo libre y le resultará ventajoso tomar el aire.
—Me sorprende que un hombre acostumbrado a levantar los cadáveres del Támesis opine que el aire de allí es ventajoso en lo más remoto. ¿Por qué se considera un caso peculiar que haya un muerto en el río, si se puede saber?
—La víctima es otra joven prostituta, señor.
Isobel y Edward se enderezaron a la vez, ambos por el mismo motivo.
Había tenido la suerte de seguir el caso de cerca gracias a la inmersión del inspector adjunto en los crímenes de Jack el Destripador.
Por eso sabía que, aunque la prensa no había dado a conocer víctimas posteriores a los asesinatos ahora entendidos como canónicos —las cinco mujeres fallecidas a lo largo de 1888—, se habían tratado de atribuir crímenes de características similares al famoso felón.
Isobel se avergonzó de sentir un cosquilleo entusiasta con la noticia. Edward no ayudó a sofocarlo agarrando su abrigo y haciéndole un gesto con la cabeza para que lo acompañara.
—Venga conmigo, señora Bainbridge. Seguiré atendiendo sus hipótesis en el trayecto.
Aun pasmada por el indecente ofrecimiento, reaccionó tan rápido como se lo permitió la agilidad y salió en pos de él con el rostro cubierto.
Ni el velo ni la postura abnegada de barbilla gacha impidieron que se percatara del modo en que la mayoría de los agentes la miraban, algunos con el disimulo que exigía el respeto hacia las dolientes y otros sin ápice de vergüenza, casi se diría que comprometidos con la dudosa justicia de hacerle saber su fascinación.
La ruta desde Leman Street hasta la zona en construcción de Tower Bridge no cubría ni un kilómetro en línea recta. Al paso acelerado de un Edward espoleado por la morbosidad no demorarían ni quince minutos en arribar al escenario del crimen.
—Acostumbrada como está a malinterpretar mis motivaciones profesionales, Lenore me reprocharía mi espíritu competitivo y acusaría mi falta de sensibilidad si me oyera decir esto —comentó Edward mientras se abrochaba el abrigo con movimientos firmes—, pero celebro que este tipo de avisos le lleguen a Mandeville o a mí en última instancia y no se corra la voz en la comisaría.
—¿Porque suele cundir el pánico? —dedujo Isobel.