Immortalis CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Para Isobel, la belleza era el único consuelo que ofrecía la vida.

Por eso no podía perdonarle su sobria funcionalidad al edificio que constituía la comisaría de Whitechapel.

Le había decepcionado detenerse ante tres plantas de ladrillo rojo con la pintura desconchada y apenas dos ventanas embarrotadas.

No se habían tomado siquiera la molestia de ornamentar la fachada salvo por el adorno del cartel de la comisaría, que pendía sobre la puerta junto al paradigmático farol azul.

«Así debe ser», supuso. Si el centro de denuncias y detenciones del barrio se erigiera como una obra culmen de la arquitectura en un barrio abandonado por Dios, podía figurarse de qué manera acabaría amaneciendo por cortesía de los gamberros del distrito.

Pese a la decepción inicial, la experiencia de prestar una visita a Edward seguía teniendo un valor morboso.

Aquel no dejaba de ser el espacio privado donde se habían arrojado teorías y barajado sospechosos, con vistas no ya a localizar a Jack el Destripador, sino a resolver los casos más truculentos de la actualidad que poco o nada tenían que envidiarle al asesino preferido de la prensa.

A través de los ventanales percibió el movimiento de las oficinas y el tintineo de los grilletes.

Sintió la tentación de asomarse y adivinar sin revelar su cuestionable interés el aspecto y los modales de un delincuente real.

Gracias a las crónicas criminales y la novela de misterio, sus géneros literarios predilectos, podía imaginar que el perfil de felón variaba entre el de borracho empedernido y el de traficante de sexo, pero no lo confirmaría hasta que no tratara con alguno de manera superficial.

Muy lejos de intimidarla, la idea de alternar con un bandido la colmaba de curiosidad, como toda aquella forma de vida antagónica a la suya.

Pero si bien el mundo que evolucionaba al margen del West End se le antojaba un misterio irresistible, Isobel había tomado aprensivas precauciones de cara a su visita extraoficial: calzarse unas botas viejas, cubrirse el rostro con un velo negro y acudir en un carruaje custodiado por un fornido y armado lacayo además del cochero, una necesaria medida preventiva para remediar un posible atraco.

Las calles del East End no contaban ni con el magnífico sistema de alcantarillado del centro neurálgico de la capital ni mucho menos con sus empedrados.

El olor era tan insoportable incluso a plena luz del día —a causa de los despojos de carne rancia y el orín acumulado durante la noche; del vertedero que era todo aquello, en definitiva— que tuvo que presionar el pañuelo de tela contra la nariz aun debajo de la mantilla de encaje.

Se cuidaría de mencionar los aspectos negativos de la ruta de patrullas una vez en el interior.

Al final, y en palabras de su abuelo, «su buena suma le había costado inculcarle una educación como para que se la guardara para sí».

Pero no entendía ni entendería nunca que Edward pudiera sentirse cómodo con la decadencia del ambiente.

Le constaba que no había solicitado un cambio de adscripción porque en el distrito H. «se sentía como en casa».

«¿Como en casa, dices? —le daban ganas de replicar—. ¿Viviendo entre Lauriston Road y Victoria Park, uno de los barrios modernos más apreciados del este de Londres? ¿Cómo se supone que funciona eso?»

Reafirmó sus pensamientos, como también su mojigata indignación, al verlo emerger tan magnífico como siempre del edificio indigno de él. Insertado en semejante escenario de violencia y perversión, el inspector adjunto Edward Whishaw parecía un ángel extraviado en un pasaje apocalíptico.

Aunque el día se había levantado con malas pulgas, no existía lecho de nubes grises capaz de apagar o solo mermar el lustre del cabello ondulado que caía sobre su frente, prominente como la del altorrelieve de un soldado romano.

Lo vio mirar a un lado y al otro en busca de la mujer que había tenido el coraje de visitarlo y de repente la invadieron unos nervios infantiles.

Acostumbrada a sofocar cualquier indicio de pasión, Isobel fabricó una sonrisa diplomática y alzó la mano amigablemente para atraer su atención.

El ceño preocupado de Edward se suavizó nada más verla.

Aunque en otros tiempos —aquellos en los que seguía jugando a escondidas con muñecas— esta dulzura suya habría bastado para alimentar la absurda fantasía de que la amaba en secreto y no encontraba el valor de declararse, ya no caía en la vieja trampa de la ensoñación.

Con todo, la alegría de su amigo de la infancia al coincidir con ella era tan sincera que a menudo el rechazo asumido de Isobel se agrietaba.

—¡La adorable señora Bainbridge! —Los dos hoyuelos subrayaron una sonrisa luminosa.

No consiguió, sin embargo, distraer con su encanto a Isobel, que tan bien le conocía.

Había una inquietud reciente enturbiando su mirada—.

¿A qué se debe esta magnífica sorpresa? No se le habrá ocurrido venir sola por estos lares...

—He dejado a mi doncella en el carruaje. Es un tanto aprensiva, y confío en que no correré ningún peligro rodeada de agentes de la ley.

Edward la instó a adentrarse en la comisaría insinuando una caricia a la baja espalda.

Por supuesto, sus dedos no la rozaron en ningún momento.

—Me tendrás que disculpar el tratamiento formal en público —le dijo en voz baja—.

Mis compañeros han adoptado la infame costumbre de bromear sobre mis presuntos affaires con toda mujer bella que entre por esta puerta, sea una denunciante o sea mi querida amiga Bells.

Por la cuenta que nos trae a ambos, deberíamos ahorrarnos la asociación romántica, ¿no crees?

La sonrisa de Isobel no se tambaleó a pesar del habitual —y por eso desesperante— juego de darle una de cal y otra de arena, pero la punzada de decepción que acertaba de lleno en su orgullo femenino llegó con la acostumbrada puntualidad.

Edward no era consciente de que practicaba dicho juego, claro estaba.

No sabía que catapultaba a Isobel al séptimo cielo cuando mencionaba su belleza, incluso si en el halago primaba el afecto fraterno sobre la reverencia de un fervoroso pretendiente, y que tras recalcar su relación cuasifamiliar la mandaba a lamerse las heridas al hoyo de la compasión.

Ni lo sabría jamás mientras de ella dependiera.

—Me maravillan los mecanismos de tu intuición, Eddie. Venía a hablarte precisamente de unos «presuntos affaires ».

La palabra tenía una sonoridad distinta cuando brotaba de labios femeninos. Edward se detuvo un segundo antes de entrar en su despacho y la miró entre expectante y confuso mientras le señalaba un asiento para ponerse cómoda.

Isobel procuró que no saltara a la vista su mórbido interés por absorber los detalles del interior de las oficinas, tan vivas y ajetreadas como había supuesto.

Ni el mobiliario de madera oscura ni el embaldosado eran un colmo de elegancia decorativa, pero el aspecto rudimentario de los espacios masculinos, su iluminación amarillenta, le parecía del todo acogedor.

O quizá su sensación de arropamiento fuera obra indirecta de Edward.

Apostaba más bien por lo segundo.

En tanto que se empapaba de las particularidades del rincón donde él pasaba la mayor parte de su tiempo, la imaginación la traicionó pintándola en una realidad alternativa en la que fungía de esposa dedicada; llevándole unos dulces de elaboración propia o solo pasándose a saludar para desearle una feliz jornada.

Tal vez hasta le robaría un beso que los mantendría a ambos a flote el resto de la mañana.

«Qué estupidez.»

A la espera de su testimonio, Edward permaneció de pie frente a ella con los brazos en jarras. Debía de haberlo importunado en el estudio de un caso, porque estaba en mangas de camisa y tenía el pelo revuelto, como siempre que se le resistía la solución de un problema.

Sus rizos presentaban ese aspecto cada una de las veces que se marchaba de casa tras ver a Lenore, y no podía decirse que la frustración del desamor lo desfavoreciera. Si acaso lo volvía aún más bello de un modo animal.

—¿ Affaires ? —repitió en voz baja, vacilante—. ¿Crees que tu marido puede estar teniendo una aventura?

Isobel admiraba la capacidad de Edward para regular su temperamento según lo requiriese la coyuntura.

La miraba ahora con la franqueza por delante, pero la hostilidad de un impulso justiciero luchaba por adueñarse de él; impulso que se sublimaría en una paliza si descubría que Percy la estaba humillando.

Ella esbozó una sonrisa que solo una joven esposa podría haber entendido y desvió la vista hacia su regazo, donde había descansado el ridículo y las dos manos.

«Si tiene una amante, déjame decirte que no cumple sus únicas obligaciones para con él, o de lo contrario mi marido no se pasaría el día persiguiendo la cola de mi falda.»

—Háblame con total sinceridad. —Moduló aún más la voz para evocar un ambiente que fomentara la confianza.

Apoyó los nudillos sobre el escritorio repleto de papeles y se inclinó sobre su visita.

No tanto como para justificar que a ella se le entrecortara el aliento, pero así fue—.

No temas que vaya a matarlo con mis propias manos.

Al fin y al cabo, todos morimos alguna vez.

¿Qué importa si es antes o después? —apostilló entre pizpireto y amenazador, como era su sello personal.

Isobel tragó saliva con la incomodidad de saberse en peligro, como cada rara ocasión en la que se quedaba a solas con él, y giró la cara para huir de su mirada directa.