CAPÍTULO 12 #3
Jamás había cometido la imprudencia de personarse en su casa, no tanto por los rumores que correrían por la ciudad —que le importarían entre cero y nada— como por la interpretación que él pudiera darle a su muestra de interés.
Tampoco le había ido a ver a la mansión de la familia Whishaw, visita que sí habría estado justificada y no habría dado pie a habladurías.
Pero no habría sido ni la primera ni la segunda vez que se presentaba en comisaría.
Lenore sentía una pasión cuestionable por acudir sin invitación a todos los lugares en los que no solo no se la esperaba, sino de los que llegado el momento podrían largarla a patadas.
—En cuanto termine, Turner. Dígale que espere —le dijo en un arrebato de orgullo.
Incluso si no le estuviera doliendo aún la huida de la semana anterior, no podía negar que le satisficiese hacerse de rogar ante Lenore. Era lo único que la había salvado —y la seguía salvando— de que Edward se declarase sin tapujos.
Observó que Turner no parecía impaciente por marcharse y enarcó una ceja.
—¿Ocurre algo?
El joven apretó los labios en un rictus contrariado.
Apenas llevaba un par de meses trabajando en Whitechapel y se veía a leguas que era de la escuela de la vida tranquila y longeva: a fin de evitar las patrullas nocturnas, se entregaba en cuerpo y alma a escribir los informes más detallados de la historia de la comisaría.
Estos méritos narrativos le habían valido la burla de sus compañeros, que en referencia a sus aspiraciones literarias y a su fama entre las prostitutas del barrio —no por cliente frecuente, sino por su atractivo— lo habían apodado lord Byron.
—No quiero que me acuse de meterme donde no me llaman, señor...
Edward dudaba, no obstante, que el verdadero lord Byron hubiera sufrido de tan acusada falta de elocuencia.
—Vaya al grano, Turner —le apremió con un aspaviento.
—Hace un par de noches, mientras cumplía la ronda de rigor por Whitechapel, me pareció ver a la señorita Nightingale.
Edward había estado dando toquecitos impacientes a la mesa con la base de la estilográfica. El comentario detuvo abruptamente el movimiento.
—¿Tiene idea de la gravedad de su acusación? —articuló al cabo de unos tensos segundos.
—Si me permite opinar, señor, no me resulta tan grave como el peligro que corrió y que podría seguir corriendo si sus paseos fueran frecuentes.
—La señorita Nightingale, dice. En Whitechapel. ¿De qué conoce usted a la susodicha, si puedo preguntar?
—Coincidí con ella durante una de sus visitas a comisaría, señor.
—¿Está seguro de que no la confunde con otra? ¿De que no la confundió esa noche?
—No, señor. Es una mujer inolvidable.
Edward gruñó con resignada avenencia, si bien no parecía haberlo comentado en reconocimiento de su atractivo.
Guardó silencio unos segundos que agravaron la tensión.
Turner podía tener aspiraciones literarias y denuncias de haraganería sobre el escritorio, pero era un hombre fiable.
Y por encima de esto estaba la lógica aplastante: Lenore era perfectamente capaz de pasearse por Whitechapel bien entrada la noche.
Lenore era capaz de todo lo que arriesgara su integridad física.
No así su salud emocional, por otra parte.
—¿De qué hora estamos hablando?
—En torno a la una de la madrugada, señor.
Edward volvió a gruñir.
Por alguna razón, le vino a la cabeza su reciente interés por los penny dreadfuls . Conociéndola como la conocía, no le extrañaría que, a fin de hacerse una imagen completa del contexto, hubiese decidido hacer una excursión a los escenarios de los relatos.
Pero las historias sobre el vampiro Varney no se ambientaban en Whitechapel. Prácticamente ningún penny dreadful anterior a los asesinatos de Jack el Destripador, de hecho.
—¿Dónde?
—La vi pasar por la intersección entre Whitechapel Road y Commercial Street. Me pareció... —vaciló—. Me pareció que entraba en un burdel. Gulp’s.
Edward se mordió la lengua para no gruñir en una tercera ocasión.
Tenía la mala fortuna de conocer tanto el burdel como a la señora Gulp. Muchas de las denuncias por agresión que había recogido en el archivo estaban ambientadas en aquel antro de perversiones.
—¿Por qué ha venido a informarme a mí?
—Es su prometida, ¿no? —El corazón le dio un vuelco al oírlo—. Al menos, tengo entendido que la pretende. He pensado que le preocuparían sus actividades nocturnas. En el caso de que no estuviese informado ya, claro está —añadió con prudencia—. Siento si le he importunado innecesariamente, señor.
Edward apoyó las manos en las rodillas, como si de pronto le pesaran los hombros, y se levantó despacio. Procuró componer una expresión amable o al menos irreprochable al dirigirse a Turner.
—Ha hecho lo correcto. Si le puedo pedir un favor, no comparta esto con nadie, ¿de acuerdo?
Incluso si está convencido de que fue a la señorita Nightingale a quien vio esa madrugada, el cansancio y la falta de visibilidad podrían haberle confundido, y esta información no es moco de pavo.
Podría comprometer a la señorita si llegara a los oídos equivocados. Lo entiende, ¿verdad?
—Lo entiendo.
Edward esbozó una sonrisa encantadora.
—Muy bien, Turner. Vayamos ahora a recibir esa visita.