CAPÍTULO 12 #2
Lamentablemente, al tiempo que se perdonaba la ambición desmedida, era incapaz de disculparse el defecto de iluso.
Si la hazaña de impresionar a Lenore fuera plausible, ya tendría que haberlo conseguido años atrás: si no cuando se graduó cum laude en Oxford después de tres hacendosos años estudiando Derecho y consagrándose como el mejor deportista de los clubes de rugby, remo y boxeo, al menos después de que Mandeville, impresionado con sus credenciales universitarias y su sagacidad, lo ascendiera de constable a inspector adjunto tras diez meses de servicio.
Un halago de parte de Lenore después de oír esta lista de proezas había quedado descartado de entrada.
Por supuesto, había recibido sus palabras de aliento durante períodos de exámenes en cartas que guardaba como oro en paño y le había aplaudido los sobresalientes, pero muy lejos de doblarse de admiración, se había dirigido a él como si conquistar el mundo y brillar por encima del resto no hubiera sido nada distinto de su única responsabilidad.
Y, sin embargo, así como Lenore era compleja —que no complicada—, complejos —pero sí complicados— eran sus sentimientos por ella.
Diciendo que solo se había sentido rechazado o decepcionado por la falta de entusiasmo de la muchacha estaría mintiendo.
Debía reconocer que en el moderado orgullo que le había trasladado veía la advertencia de no caer en el conformismo, de no vanagloriarse en exceso, de seguir conquistando saberes y victorias, algo que le alentaba a seguir adelante.
Además de que, claro estaba, su actitud se sustentaba en la lógica irrefutable de su personalidad: si Lenore se hubiera confesado muerta de fascinación por él en algún sentido, habría dejado de ser Lenore.
Porque ¿cómo iba a maravillarse con nada ni nadie la hija de uno de los mejores médicos de Londres?
¿Cómo iba a aplaudirle una mujer que había descendido a los infiernos y regresado con unos conocimientos arcanos que él, por débil y mundano, no podía ni concebir?
Por último, Lenore sabía que Edward no quería que lo adularan, y fuera la joven consciente o no, le daba constantemente todo lo que él necesitaba.
Excepto a sí misma.
El rechazo o, mejor dicho, la resistencia de Lenore a entregarse le afectaba a un nivel especialmente profundo porque solo ella veía a través de él.
No se limitaba a reconocer en exclusiva sus virtudes, error en el que caía su madre, ni, como era la costumbre de su padre, minimizaba sus victorias en aras de seguir alimentando la narrativa familiar de que era un completo inútil.
Lenore lo conocía en su imperfecto conjunto.
Estaba al tanto de sus miedos y aspiraciones, así como de sus ardientes sentimientos y, aunque saltaba a la vista que lo apreciaba y lo aceptaba como nadie más, se negaba a elegirlo.
Esta negación resultaba el doble de dolorosa que ninguna otra. Lo traía por la calle de la amargura.
El inspector jefe lo salvó de la autocompasión justo a tiempo.
—Entiendo que prefiera usted abstraerse con el caso Jack el Destripador, Whishaw, pero le recuerdo que el pueblo inglés le requiere despierto y comprometido con las labores más acuciantes.
—Le señaló un archivo abierto, pero con un triste aire de abandono—.
Podría empezar por destruir los informes que ya solo sirven para ocupar espacio.
Edward se rio de buena gana y asintió. Al inspector adjunto no le correspondían tareas de tan bajo calibre, pero siempre agradecía una pulla entre Mandeville y él.
Era menester mantener relaciones sanas con sus superiores.
No perdía de vista que el carisma había jugado a su favor en el debate interno sobre su ascenso.
Mandeville dio unos toquecitos de ánimo a la mesa y se retiró, siempre sonriente. Edward esperó a que se hubiera refugiado en su despacho para cambiar la expresión jovial por una sostenible a lo largo de la jornada y se encorvó sobre el escritorio para revisar los últimos informes de sus agentes.
No le había costado luchar para quedarse en la división H.
, a la que casualmente lo destinaron en el auge del caso del Destripador.
En cuanto recibían un ascenso o se les brindaba la opción de trasladarse, la mayoría de los agentes escogían comisarías de barrios residenciales, como Marylebone o Wandsworth.
No podía culparlos si no soñaban con colgarse medallas al honor y lo único a lo que aspiraban era a una tranquila y longeva vida.
En Whitechapel el índice de criminalidad había alcanzado cotas preocupantes mucho antes de la llegada del asesino en serie.
Aunque el revés de no encontrarlo había afectado a la reputación de Scotland Yard en general, eran los policías del East End en particular quienes se enfrentaban a las consecuencias durante sus patrullas.
No obstante, la hostilidad hacia los agentes no era una novedad asociada con el Destripador.
En el barrio de Spitalfields en concreto, los vecinos, que no necesariamente entraban en el rango de malandros según el canon estricto, percibían a los uniformados como sus enemigos ancestrales.
Y era una visión legítima. Edward tampoco sentía el menor aprecio por los violentos pandilleros y aficionados al delito fácil que se hacinaban en los rincones de Whitechapel y hacían un infierno de la vida de las familias humildes.
—Señor.
Edward no levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Tiene una visita.
—Tómele declaración usted, Turner.
—Diría que la visita es personal.
Acuciado por un cosquilleo ilusionado, se giró a mirar al agente. No quiso preguntar de quién se trataba por si su expresión lo delataba al oír el nombre de Lenore.