Immortalis CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

—¿De nuevo revisando el caso de los asesinatos de Whitechapel?

Edward levantó la vista hacia su superior inmediato. Tuvo que parpadear detrás de las gafas para aclarar la mirada, perjudicada a pesar de que el reloj no había dado aún las once de la mañana.

Cualquier otro miembro de la comisaría se habría sonrojado con el razonable toque de atención. No era responsabilidad del inspector adjunto mantener viva la preocupación por el temible asesino, ni siquiera en la división H., donde se recogían algunos de los informes más sensibles de la tragedia.

Pero Edward se había tomado tantas y tan variadas libertades en los pocos años que llevaba sirviendo con fidelidad a Scotland Yard que el tono del inspector jefe había sonado invariablemente jocoso.

Incluso le había parecido oír una nota de ternura.

—La poca información que aún no se ha filtrado en la prensa —confirmó Edward con desahogo.

Levantó el taco de papeles que había estado revisando con ojo analítico y lo sacudió de manera informal—.

Macnaghten baraja la posibilidad de que el asesino fuera Montague John Druitt.

Si le soy sincero, es una sospecha que podría cobrar fuerza entre el vulgo si se diesen a conocer sus argumentos. El tipo no tiene un pelo de tonto.

El inspector jefe, de nombre Donovan Mandeville, arqueó las pobladas cejas con una mezcla de curiosidad y dulce condescendencia. Apoyó la mano sobre el escritorio de Edward y se inclinó para ojear el material que él mismo debía de haber repasado unos días antes.

Melville Macnaghten era, además de uno de los pocos altos cargos del CID que aún no asumían la humillante derrota en lo que al Destripador respectaba, un amigo cercano del alto mando de la comisaría.

—¿Pero?

Edward se reclinó en el asiento para estirar las piernas y suspiró.

—No creo que el asesino fuera un hombre mentalmente inestable, señor.

Mandeville no tardó en denotar su escepticismo con la teatralidad que le era propia.

—¿No cree que haya que estar loco o enfermo para mutilar a mujeres inocentes?

—Creo que hay que ser vil —corrigió—, y la vileza no tiene por qué ser el síntoma o la causa de un desequilibrio mental.

—¿Y de qué podría ser síntoma o causa?

—Por lo que vengo observando desde que trabajo aquí... De la necesidad, la venganza o incluso de algo tan inocente como el aburrimiento. Nunca de la locura.

Mandeville se lo quedó mirando. Hacía aún equilibrismos entre el afecto hacia su subordinado, con el que se había corrido juergas impropias de un hombre —no se sabía si felizmente— casado, y la comprensible suspicacia.

A fin de cuentas, las opiniones de Edward no acostumbraban a converger con las de sus compañeros o superiores.

Esto le había valido un ascenso meteórico en el cuerpo de la policía metropolitana, pero también le había costado acaloradas discusiones y el recelo del resto del cuerpo.

—Usted y su fibra sensible, Whishaw —comentó de buen humor—. Algún día tendrá que contarme de dónde le viene esa curiosa inclinación por entender y respetar a los tarados.

Sintió el deseo de contradecirle en defensa de los que acusaba de infraseres, pero acabó por restarle hierro al asunto.

—Será que soy un muy buen cristiano.

El inspector jefe soltó una carcajada e instintivamente se llevó la mano a la curvatura del estómago, indicio de la vejez a la que se encaminaba.

Veinte años en Scotland Yard le habían servido para lucir a los cuarenta y cinco un físico imponente que iba a juego con el ánimo juvenil.

Más pronto que tarde, no obstante, la edad le alcanzaría y caería sobre él con todo su peso.

Para entonces, Edward estaría encantado de ocupar su puesto. Y era ocupar y no usurpar solo porque el fulano le había invitado a más brandis de los que nunca podría pagar.

—O que no ha tratado con tantos tarados como yo —replicó, y le quitó el folio que había estado revisando para echarle un vistazo de cerca—.

Le complacerá saber que hoy no pienso llevarle la contraria, Whishaw.

Coincido en que la acusación de Druitt no se sostiene.

No se le ha podido vincular a la última víctima y tampoco atribuirle una motivación.

Sin móvil y sin relación con la joven, aunque sea indirecta, solo damos palos de ciego.

—Y yo, en lo personal, preferiría culpar a uno que siga vivo —admitió Edward con el labio superior arrugado—. Lo interesante de la justicia es que es práctica; si no podemos ejercerla, ¿de qué nos sirve encontrar al responsable?

—Y más cuando hablamos de este responsable —coincidió—. Medio Whitechapel desearía ver su cabeza en una estaca; la otra mitad preferiría presenciar su ahorcamiento en la plaza principal.

Edward cabeceó con aire distraído.

—Él se lo ha buscado.

Como venía siendo costumbre desde hacía casi diez años, y como cada vez que decía algo que sabía que no le gustaría un pelo, el gracioso ceño fruncido de Lenore acudió a su pensamiento.

Ya que a la joven no le interesaban tanto los finados como los que aún podían ser salvados, solo había debatido con ella el caso de Jack el Destripador en una ocasión.

Esta polémica había bastado para que se reafirmara en que no existía ni existiría otra mujer sobre la Tierra capaz de retar su intelecto, así como Lenore había redescubierto una vez más que eran completamente incompatibles.

—¿Cómo puedes estar a favor de la pena de muerte? —le había terminado rugiendo ella en el punto más acalorado de la discusión.

Lo recordaba como si hubiera sucedido el día anterior, y eso que por entonces el doctor Nightingale aún vivía.

Edward les había hecho una visita aprovechando el pronóstico de tarde mediterránea, que por causas que se suponían de azar, pero él asociaba a un guiño divino, se había terminado cumpliendo.

Y es que ¿cómo no iba a hacer un calor veraniego? ¿Cómo no se iban a alinear las fuerzas del universo? Iba a ver a Lenore.

Y Lenore llevaba —no osaría olvidarlo— un bonito vestido de algodón azul que le cubría los brazos hasta las muñecas. Todas las prendas que había mandado confeccionar a partir de los dieciséis años cubrían prudentemente las secuelas de la enfermedad.

—¿Cómo puedes estar tú a favor de que perversos engendros pululen por la ciudad que amas, a riesgo de que se lleven por delante a más de un inocente?

—¿Perversos engendros? ¡Es de seres humanos de lo que estás hablando! ¡Siguen siendo hombres y mujeres!

—En apariencia —había puntualizado él con desdén—. Si se miraran al espejo que Dorian Gray esconde en su ático, su reflejo les devolvería la misma imagen: la de un monstruo aterrador.

—¿Y qué imagen nos devolvería de nosotros si les pagáramos con la misma moneda? La ley del Talión se quedó en la era mesopotámica por un motivo.

—Sí, porque por desgracia los liberales llegaron al Parlamento —se había mofado.

Lenore entrecerró los ojos.

Adoraba sacarla de quicio.

—Ya he podido intuir que estás en contra de los derechos civiles que promueven. Es redundante que lo digas con todas sus letras.

—Estoy en contra de que los derechos civiles se interpongan en el camino de la justicia —la corrigió con exagerada insolencia.

Como resultado, lo esperable: Lenore se tensó y pronunció una de sus lapidarias sentencias con la barbilla erguida y su tonito de sabidilla.

—Como su propio nombre indica, la justicia tiene que ser justa, no punitiva. Si no, se llamaría «castigo».

—La justicia tiene que erradicar los problemas sociales. Jack el Destripador es un problema social. Imagina que escapara de la cárcel de Newgate, como lo consiguieron incluso algunos pícaros de intelecto considerablemente inferior; ¿resultado? Otra prostituta asesinada.

Lenore bufó y desvió la mirada como si ya no soportara ni verlo.

—No finjas que te preocupan las prostitutas.

—De acuerdo, no las he llorado, pero el sujeto ha demostrado una fijación malsana por las muchachas bonitas.

¿Y si saliera de prisión con un gusto más refinado y prefiriese practicar sus aficiones con las bellezas de muselina que habitan el West End?

Podría herirte a ti —sugirió, y el solo planteamiento le crispó los nudillos—. Te aseguro que eso me importaría.

Lenore mantuvo la vista aparte para no responsabilizarse del furor con el que juró venganza.

—Ateniéndonos a su historial delictivo, nada apunta a que fuera a desarrollar un paladar exquisito. En cualquier caso, ni siquiera lo habéis encontrado, ¿y ya vas predispuesto a matarlo? ¿Y si te equivocaras y mandaras a la horca al hombre equivocado?

—Sería mala suerte —desdeñó él mirándose el borde de los dedos.

No le había pasado desapercibida la astucia de Lenore: había cambiado de tema para ahorrarse otra posible declaración de afecto.

Que esta hubiera sido su reacción incluso habiendo sido él lo más prudente posible al halagar su atractivo le minó la moral, y estaba más que dispuesto a airear su indignación el resto de la tarde para hacérselo pagar.

—Mala suerte —repitió ella. Con el acicate de la rabia, se levantó del asiento y lo acusó—.

¡Tú no sueñas con hallar al responsable para hacer honor a la justicia!

¡Lo único que quieres es que se te atribuya el descubrimiento y ser debidamente laureado por tus superiores!

¡Ya te veo fantaseando en comisaría con que te transfieren a la Scotland Yard de Victoria Embankment montado en una carroza monumental mientras todo Londres te aplaude!

—Y acompañado de dos esclavos que me abaniquen con hojas de palmera, si no es mucho pedir.

Lenore le había fulminado con la mirada.

Sabía tan bien como él que bromeaba, pero, en el fondo, le gustaba tanto adoptar el papel de mojigata ofendida como a él sacarle el mal genio.

Por desgracia, no se equivocó. Nunca se equivocaba. Edward tenía una sed de reconocimiento público que sonrojaba. Si podía perdonárselo era porque la finalidad de acaparar todas las glorias del mundo no era otra que impresionar a sus seres queridos.

A Lenore sobre todo.

Lenore sobre todos .