CAPÍTULO 11 #4
Sabía cómo dolían los mordiscos porque el viejo perro de su padre, Tales, le clavó los caninos en el brazo antes de morir: un carruaje tirado por cuatro corceles lo había atropellado y a ella no se le ocurrió que el animal preferiría una muerte solitaria a que lo vieran vulnerable.
La niña Noor fue a socorrerlo y recibió como agradecimiento una llamativa cicatriz.
Todavía recordaba el asombro inicial al no poder comparar la presión de las fauces con un dolor previamente experimentado, y cómo este se ramificó en un escalofrío generalizado que la dejó tiritando.
Pero no hubo mordisco esta vez. No hubo presión a manos de Dariy. No hubo escalofrío.
Lenore sintió en su lugar el empuje de una fuerza que, de no haber estado prudentemente contenida, podría haberla matado: la de los labios de Dariy abatiéndose sobre los suyos como si quisiera asustarla o castigarla por haberle ofrecido la parte del cuerpo equivocada.
Esa agresividad resultó ser solo una voluntariosa iniciativa, porque en cuanto Lenore juntó los labios para devolverle el beso, su boca se tornó suave y delicada.
No estaba escarchada como se le había ocurrido pensar cuando, aburrida por las tardes, se le iba el santo al cielo y se concedía el placer de una fantasía.
Pero, aunque no supo qué hacer con ese arrebato inesperado —inesperado era también su calor; que quemase, incluso—, se arrojó a su fuego sin miramientos.
Quiso abrir los ojos para ver qué aspecto tenía el homo immortalis cuando cedía a un instinto tan humano, si es que era un instinto y no un juego calculado, pero no pudo.
La enfureció ser, al final, tan mundana como cualquier otra, porque cualquier otra habría temblado de esa manera, cualquier otra se habría plegado a su voluntad y a su pecho aprovechando la oportunidad, cualquier otra habría suspirado, entrecortada, y se habría entregado al deseo antes que a la investigación.
Ni siquiera pudo preguntarse si una criatura con milenios de antigüedad percibiría en ella la falta de experiencia. En ese momento solo obtuvo respuestas.
Aun sospechando que podría estar excediéndose, Lenore llevó las manos a sus hombros y luego a su cabello.
Enredó los dedos en las hebras de seda y le retiró los mechones que siempre proyectaban sombras en sus pómulos para seguir besándolo sin interrupciones.
Él no solo no se opuso, sino que descansó la palma abierta sobre las clavículas femeninas, apoyando deliberadamente la yema del pulgar en el punto de la garganta donde latía su pulso.
Con la otra mano recorrió la longitud de su melena suelta, que muy convenientemente terminaba sobre el coxis; ahí donde asimismo terminó la caricia de sus dedos, que le rozaron la espalda como las aletas de un pez bajo el agua.
Aquel contacto, aun ínfimo, produjo un estallido en sus adentros que la despojó del poco autocontrol que le quedaba. Se aferró a él con tal fervor que solo se le ocurrió perdonarse la indecorosa osadía aludiendo al rito: desde luego que había tenido que hechizarla para que se comportara así.
Dariy debió percibir en su agarre el indicio de posesividad, pero no se apartó ni se espantó.
En su lugar se centró en domesticar sus ansias conduciendo el violento devenir del beso, que al principio parecía inevitable, por rutas más seguras.
La convenció de ralentizar el ritmo con persuasivas caricias, y ella misma se fue poco a poco apaciguando, mecida por su pericia, hasta que él se retiró con gentileza.
La oscuridad le impidió ver algo distinto de sus ojos. Ese destello rojizo, intensificado quizá por la pasión, la hizo pensar en una noche gobernada por licántropos.
—Entiendo por qué este sería el rito. Es imposible que una mujer lo bese y, por cínica o incrédula que sea, no regrese tras la experiencia creyendo hasta en los cuentos de hadas —murmuró ella de forma atropellada.
No había querido apartar la mano de su pelo; tampoco de su rostro de luz de luna—.
Sus ojos no se parecen a nada que exista, y eso solo puede significar que es porque no existe usted del todo.
Tuvo la sospecha de una sonrisa y obtuvo su confirmación cuando el brillo de sus dientes emergió de las sombras. No era una sonrisa dulce, por desgracia, pero era algo mejor: era una sonrisa suya.
—Conque una romántica. Me he equivocado contigo, ¿verdad, Lenore?
—preguntó con voz queda. El corazón le dio un brinco al volver a oír su nombre.
No sabía cuánto echaba de menos su trato directo hasta que volvía a oírlo—.
No es el interés hacia la muerte lo que te trajo a mí, sino un presentimiento sobre el otro gran misterio humano. Uno no menos peligroso.
—¿Qué misterio sería ese? ¿Se puede amenazar a alguien con algo peor que la muerte?
Sintió que él se alejaba hacia el caballo. No oyó sus pasos ni el ondear de la capa, pero sí el tintineo de las riendas, los cascos del animal pisoteando la grava.
Aún estaba recuperándose cuando él le regaló el cumplido más excéntrico que oiría jamás.
—A alguien no lo sé —le pareció que le susurraba el viento, de tan lejos que estaba—. A ti empiezo a pensar que sí.