CAPÍTULO 11 #3
—El don de la hipnosis, si es que quiere llamarlo de algún modo.
—A Dariy no le pasó desapercibido que Lenore tragaba saliva y se la quedó mirando con los párpados entornados—.
Veo que sabe de qué hablo. Es infrecuente que una jovencita haya oído hablar de estas...
avanzadas técnicas, pero no sé de qué me sorprendo a estas alturas —agregó con oscuro sentido del humor.
—Fui sometida a un experimento de esa índole. Permítame ahorrarle el tiempo y la decepción adelantándole que no funcionó.
—Y a Dios damos gracias por ello, ¿no es eso lo que dicen los cristianos?
—replicó con pasión y los ojos encendidos—.
Mi don de hipnosis poco se parece a lo que quiera que recurrieran para tratar de curarla —continuó sin un ápice de escrúpulo.
Lenore no podía dejar de fascinarse con el hecho de que su cruda confesión le hubiera sido indiferente, de que no prestara más atención a su pasado clínico de lo que valoraba su sagacidad—.
Es más bien una forma poética de llamar al ritual de compromiso.
—Ritual de compromiso. Ni siquiera me ha sacado a bailar ¿y ya me exige lealtad eterna, señor Vranitsky?
Las líneas duras de Dariy se suavizaron por efecto de un ramalazo de ternura, una emoción —¿o sentimiento?— que parecía pintada o superpuesta en un ser en teoría incapaz de sentirla.
Por desgracia, fue enseguida corrompida por la solemnidad que requería su explicación.
—Se habrá percatado de que mi sola naturaleza ejerce una poderosa fuerza de atracción sobre los mortales.
No se debe a que posea un aura mágica o se me puedan atribuir los encantos de las sirenas.
La clave de mi poder reside en una cuestión más sencilla: la muerte es el único misterio indescifrable al que todos los individuos sin excepción han de enfrentarse, y es la corazonada de que a través de mí podrán descubrirla lo que les persuade de acercarse.
—Imagino que entenderá este otro privilegio como una condena. Siendo una criatura solitaria y que prefiere no entretenerse con banalidades, le resultará irritante tener que ahuyentar a sus perseguidores.
—Es inusual que un humano me persiga, señorita Nightingale.
Por la muerte se siente una curiosidad temerosa, no la fascinación que usted airea, y todos los que muerden el anzuelo terminan huyendo acuciados por el instinto de supervivencia.
No me he topado con demasiadas mujeres ansiosas por mi atención.
—Hizo una pausa para estirar el cuello y mirarla de hito en hito—.
Solo en una ocasión, si le soy franco. Pero basta con que se me hayan acercado para comprometer su voluntad de manera que nunca jamás hagan nada en contra de mis deseos.
—¿Quiere decir que existe un rito que le permite convencer a los demás de obedecerle?
—Así es. La voluntad del sujeto queda subordinada a la mía de por vida.
No significa que no pueda pensar con claridad o abandone sus propósitos personales.
Mi existencia no interfiere en la suya a no ser que pretenda perjudicarme.
En resumen, digamos que herirme le será física, mental y emocionalmente imposible.
Lenore se humedeció el labio superior con la punta de la lengua. En lo que tardó en resumir las insinuaciones de Dariy, solo se oyó el rumor de la brisa, el ajado crujir de los árboles que los resguardaban proyectando una sombra sobre la sombra de la noche.
—Va a imponerme que me someta al ritual, ¿verdad? Es la alternativa a morir —susurró quedamente. Él solo la miró en silencio—. ¿Me dolerá?
—Hoy no. Pero algún día.
Lenore no fingió que había entendido el acertijo, pero tampoco indagó.
No era eso lo que quería saber.
—Una vez mi voluntad quede sujeta a la suya, podrá hablarme sin tapujos sobre todos sus secretos. No habrá ninguno que escape al... hechizo, ¿verdad? —Esperó a que asintiera—. En ese caso, prométame que lo hará. Que me dirá quién es.
—Podría prometérselo, pero no tiene ninguna garantía de que vaya a cumplirlo.
—Tampoco tengo ninguna garantía de que no vaya a matarme ahora mismo.
—¿Prefiere la muerte a la dulce ignorancia?
—La muerte es una certeza, y son certezas lo que busco.
Se reservó, no obstante, que perecer a manos de un ser único se le antojaba una forma bella y especial de abandonar el mundo; una de la que su padre estaría orgulloso.
No solo porque estaría siguiendo sus pasos, sino porque habría vivido hasta el último segundo con los pies bien plantados en sus determinaciones.
Lenore no tuvo que preguntarle si pensaba llevar a cabo el rito allí y entonces.
Esa supuesta corazonada que atraía a los mortales al precipicio, o solo a ella en concreto, ardió en su pecho advirtiéndola de que se acercaba un momento crucial: fue el mismo presentimiento que la avisó de la presencia del non mori en el cementerio e incluso antes, la noche que Gulliver cerró los ojos para siempre.
Lenore se agarró con fuerza al escote del vestido y cerró los suyos.
No sintió miedo, sino un agradable aturdimiento, como cuando se quedaba dormida en el jardín los raros días que el sol se asomaba por Londres.
Sus sentidos se afinaron con la ingenua pretensión de apreciarlo todo, si bien ya sabía que los pasos de Dariy no hacían ruido y tenía domadas las energías para que no interfirieran en su misterio.
Aun así, Lenore estuvo segura de que él se había acercado e inclinado sobre ella porque esa insólita calidez invernal que ahora lo envolvía le acarició la piel.
Sin abrir los ojos, se desabrochó los botones que cerraban el vestido a la altura del cuello y alzó la cabeza para facilitarle el acceso a la vena.
Porque tenía que haber probado la vena de Felicity, la vena más vital y también erótica.