CAPÍTULO 11 #2
»También podía dedicar horas a limpiar el instrumental quirúrgico.
Nunca llegué a verle practicando más de una incisión; las mujeres estamos prohibidas en espacios médicos en general, pero sobre todo durante operaciones de gran complejidad y riesgo, y...
—El corazón se le agitó al comprender que había arrancado a hablar porque estaba nerviosa.
El asombro fue tal que se le pasó el ataque verborrágico y pudo mirarlo con los ojos muy abiertos—.
Oh. Parece que puedo desenvolverme naturalmente con una criatura nostálgica y herida, pero no con un galán vitalista...
o lo que quiera que sea esto en lo que se convierte tras sus banquetes.
—Me estaba interesando su disertación sobre las manos. Imagino que llegaría a alguna parte —la apremió con suavidad.
—Supongo que solo quería manifestar mi admiración —reconoció con humildad, sosteniendo aún los dedos de Dariy entre los suyos—. Sus manos han debido de tocar tesoros y mujeres que ahora serán polvo. Son divinas en algún sentido.
—O una condena de muerte —sugirió—. Todo lo que tocan morirá.
—Pero eso no es culpa suya —murmuró ella—. En cualquier caso, sería su tragedia.
La expresión socarrona de Dariy se tornó casi solemne. Para mirar largamente a Lenore tuvo que echar la cabeza hacia atrás, una postura que le despejaba el cabello del rostro y por eso mismo le favorecía.
Siendo blanco de su interés sintió que el pecho le apretaba, se encogía y después se expandía, como si su corazón diera a luz. ¿El qué? No lo sabía.
Dariy rompió el momento de complicidad montándose en el caballo de un salto.
Al cabo de un rato, el animal había emprendido la marcha guiado por nada más que su instinto: el marqués no daba órdenes ni utilizaba las riendas para encaminar el sentido.
Solo se erguía, Lenore apostaba a que flamante y orgulloso, a espaldas de ella.
Eso bastaba para que los animales y la naturaleza se doblaran ante su voluntad.
—El chófer de esta noche me mencionó que los Akhal-Teke son caballos difíciles de adquirir —dijo Lenore con la vista clavada al frente.
No necesitaba mirar por encima del hombro para sentir a Dariy, que esa noche fría era un foco de calor.
—Es cierto. Se lo compré al jefe de la tribu Tekke.
—¿La tribu Tekke?
—Natural de Turkmenistán. Disculpe —se corrigió con brío—, creo que me he equivocado. Me parece que hoy día la región no se llama así y se define como «un pueblo turcomano» a secas. Si no recuerdo mal, se adhirieron al Imperio ruso hace unos años.
—¿Si no recuerda mal? ¿No está al tanto de todas las guerras y estrategias políticas ocurridas?
—Hay otras parcelas del saber que me interesan más, la mayoría optimistas.
—No le consideraría un hombre optimista.
—No debería considerarme un hombre, empezando por ahí. Pero sí, puede que tildarme de optimista no sea del todo preciso. La cuestión es que, si tengo que elegir una materia para empaparme de conocimiento, esa no sería el constante, repetitivo y por eso mismo tedioso conflicto geopolítico.
—¿Por qué elegir una materia cuando se tiene todo el tiempo del mundo?
—Precisamente porque se tiene todo el tiempo del mundo.
Los mortales manifiestan una urgencia desesperada por conocer y experimentar solo porque se les acaba el tiempo; cuando no existe esa prisa, puedes volverte quisquilloso.
Ya lo hablamos una vez, señorita Nightingale...
—Lenore entreabrió los labios al notar el roce de la boca de Dariy en el lóbulo de la oreja—.
Lo que da valor a la vida y todo lo que hay en ella es la muerte respirándote en la nuca.
Le habría gustado contradecirle, pero él interrumpió cualquier intento por naturalizar la situación colocándole un mechón detrás de la oreja. El viento había estado azotándole la melena con suavidad y la había despeinado.
¿Qué pensaría de ellos quien los viera? A esas horas de la noche, su público impresionable estaría compuesto de maleantes, vagabundos y mujeres de vida alegre, grupos sociales de cuya opinión no merecería la pena preocuparse de cara a la conservación de su buena imagen.
Pero Lenore se imaginaba la escena de una joven con el cabello suelto montada a lomos de un Pegaso sin alas y escoltada por un príncipe tenebroso y se estremecía de placer.
Incluso Isobel se estremecería de placer, pensó con regocijo.
—He podido observar que su temperatura corporal y su ánimo han mejorado significativamente —retomó Lenore.
Era muy consciente de su nerviosismo, y aunque no sentía que tuviera que fingir ante él, deseaba ponerle remedio—.
Usted mismo ha señalado que se debe a su cita con Felicity.
¿Es ese el efecto que la sangre humana tiene en el homo immortalis ?
¿Diría que es similar al del opio en un hombre de carne y hueso?
—No —contestó tras un instante de meditación—. En todo caso se parecería más al efecto de un beso de amor verdadero.
Lenore tardó en sobreponerse al giro de guion.
—¿Se está burlando de mí?
—No osaría atacar su susceptibilidad a sabiendas de que estaría arriesgando mi seguridad. Dicen que el carácter impredecible de los locos los torna peligrosos.
Para su sorpresa, Lenore soltó una carcajada.
—Nunca he sido una loca peligrosa.
Presintió un guiño jovial en su réplica:
—Permítame ponerlo en duda.
—Convengamos, entonces, en que solo soy peligrosa para mí.
—Permítame seguir poniéndolo en duda —insistió más despacio.
Ella se repuso del flirteo carraspeando.
—Me temo, señor Vranitsky, que no he recibido un beso de amor verdadero para entender su comparativa. ¿Cómo lo describiría?
—¿Un beso? Como una razón para vivir.
Lenore agachó la vista con un rastro de sonrisa todavía acariciándole los labios.
Cabalgaron en silencio mientras ella asimilaba lo que acababa de decir.
Si un beso de amor verdadero era una razón para vivir, entonces podía explicarse fácilmente, y sin recurrir a experimentos científicos o diagnósticos, por qué le había costado un infierno reponerse de su diagnóstico de melancolía: nunca había recibido la caricia de un hombre que la amara, y ni mucho menos de uno al que ella amase.
Siempre había sabido que el origen de su desdicha existencial provenía de una carencia, pero había dado por hecho que esa carencia era del tipo intelectual y que provenía de la impotencia de no poder solucionarla.
Tal vez hubiera estado equivocada. Lo curioso era que no habría aceptado que nadie a excepción de la vivísima encarnación de la eternidad le hubiera señalado su error.
Descubrió entonces que solo adoptaría como ciertos y propios los dogmas de fe de Dariy Vranitsky.
Le creía porque era una fuente de sabiduría inagotable, pero también porque era una criatura solitaria e incomprendida como solitaria e incomprendida era ella.
Apostaba por que Dariy había sido amado antes por mujeres impresionables, por mujeres cultas, por mujeres intelectuales, por mujeres sencillas, y, sin embargo, los sentimientos de sus pretendientas habrían nacido de la compasión distante que se sentía hacia aquello que en el fondo se admiraba demasiado para otorgarle una dimensión realista.
Lenore sabía lo que era ser apreciada por el concepto que encarnaba —una hermana, una hija, una amiga; hermana, hija y amiga que había sufrido más allá de lo humanamente soportable—, pero no vista y respetada por lo ajeno al parentesco.
Nadie la quería por ser curiosa, impertinente y soñadora. La querían a pesar de ello.
Y ella debía mostrarse agradecida.
Habría jurado que tampoco nadie había querido a Dariy por su sabiduría antediluviana, su bella nostalgia y su letalidad, rasgos inherentes a su condición.
Lo habrían querido a pesar de beber sangre, a pesar de habitar las sombras, incluso si esta era su primera naturaleza, lo que debería haberse contemplado antes de atreverse a perturbar su descanso.
Podía ver esto en el modo en que hablaba, en su renuncia total a la compañía: no quería que lo siguieran acostumbrando a un amor construido en las nubes de la fantasía que en realidad condenaba todo lo que era y que sobrevivía solo gracias a la romantización de su unicidad.
Dariy rompió el silencio cuando ya estaban a punto de llegar a Hampstead Heath.
—Me demuestra que no me equivoco al decir que los lunáticos poseen el don de la clarividencia. Su mente no funciona en un sentido único y eso le permite reflexionar en profundidad.
—¿Ha leído mis pensamientos? —se asombró ella, aunque no tanto como debería haberlo hecho—. ¿Posee ese don?
—No puedo leerlos como quien disfruta de una novela. Las palabras que conjuga para sus adentros no bailan ante mis ojos. Pero digamos que mi intuición es muy fina, y tiene un corazón que grita.
—Espero que no le haya dejado sordo. ¿Tiene algún otro talento oculto que deba conocer?
Dariy aguardó a haber desmontado del caballo y a haberle tendido la mano para contestar.
A Lenore le dolió poner los pies sobre la tierra. Era el primer signo de la inminencia de su despedida.
—Tanto como deber, no debe conocer nada.
—Pero ha decidido volver a perdonarme la vida, ¿me equivoco? Eso significa que va a prestarse a satisfacer mi curiosidad.
—Podría decirse.
—¿Podría decirse?
Dariy inspiró hondo con teatralidad.
—Le sorprenderá saber que la única responsabilidad con la que los humanos llegan a este mundo es la misma que tiene el... homo immortalis , o eso he podido concluir después de todos estos años.
—¿Y cuál sería?
—Conocerse a uno mismo con la mayor profundidad posible. Yo todavía ando en el proceso de desentrañarme, pero en su día averigüé que mi existencia fue concebida para permanecer a resguardo del conocimiento popular; de ahí que se me concedieran los dones necesarios para garantizar mi seguridad.
Lenore puso los brazos en jarras.
—¿Se refiere al don de la estrangulación? Ese también podría tenerlo yo si Dios me hubiera dado unas manos más grandes.
Él le reconoció la cómica salida tirando de la comisura del labio hacia arriba.