CAPÍTULO 11
No puede decirse que Lenore tuviera miedo, pero sí muy bien aprendido en qué situaciones convenía actuar, de modo que su cuerpo reaccionó en consecuencia.
Se levantó a una velocidad que nunca habría creído posible y huyó hacia la puerta del fondo del cuarto, que con un poco de suerte conduciría al callejón donde había abandonado su sombrero.
Desgraciadamente estaba tapiada, así como la única ventana de la habitación.
Lenore se giró hacia Dariy como Edward le había enseñado años antes de comenzar su formación policial: no convenía darle la espalda a un enemigo peligroso...
si bien no había contado con sentir una absurda fascinación por dicho enemigo peligroso.
Sujetaba en la mano la lámpara de gas, lo que le permitió apreciar una vez más los rubíes ocultos en sus ojos de rey moro.
Quiso entender por qué centelleaban como el fuego de una estrella fugaz y quiso entender por qué había fantaseado muy en el fondo con que la descubriera espiando, pero no encontró la voz ni la insolencia para romper el silencio con preguntas.
—Lo he visto —le dijo con la barbilla alta.
Notó cierto engreimiento en su manera de advertirlo, como si de verdad tuviese el poder de amenazarlo. Comprensiblemente, su ingenuidad divirtió a Dariy. Gracias al fulgor dorado de la lamparilla, pudo apreciar su sonrisa socarrona.
—Sé que lo ha visto del mismo modo que sé que me ha seguido y sé que, antes de eso, me ha espiado desde el patio de su casa.
Me sorprende que no haya llegado a la conclusión de que, igual que soy capaz de sobrevivir al tiempo, podría ser capaz de apreciar según qué alteraciones en el ambiente.
La cuestión es —prosiguió tras tomar una profunda inspiración, de seguro innecesaria; aquello no fue más que un efecto visual para su retorcido teatro— que quería que lo viera.
Lenore pestañeó acuciada por la curiosidad.
—¿Por qué? ¿Ha decidido colaborar en mi investigación permitiéndome averiguar cómo se alimenta?
Dariy ladeó la cabeza como si hubiera dicho algo tan adorable como ridículo. El movimiento no alteró ni un solo mechón de pelo negro, que le cubría los pómulos perfilados y los hombros como el pañuelo de seda de un caminante del desierto.
—He decidido concederme un motivo sólido para matarla —la corrigió cortésmente.
—¿Y este es el motivo que se le ha ocurrido? —replicó sin aliento—. ¡Nadie me creería si contara lo que he presenciado!
—¿Nadie creería a la inteligente hija de un médico renombrado, a la nieta de un barón?
—¿Frente a la defensa de un marqués y diplomático? Desde luego que no.
—Coincido con usted en que la palabra de una mujer conjura más suspiros exasperados que hechizos de hipnosis, pero de entre todas las damas, usted, por no ser extranjera, es la que más credibilidad tiene.
—Se equivoca —se defendió ella con rapidez—, sobre todo si piensa que he incentivado esa credibilidad entre los miembros de mi familia. Esto siempre será un secreto entre usted y yo, señor Vranitsky, y será un secreto porque contarlo supondría no solo su final, sino también el mío.
Saber que había captado la atención del marqués por segunda vez en la historia le produjo un orgullo indescriptible.
Era una sensación similar a la de sorprender a su padre con un diagnóstico que, sí, a él se le había ocurrido antes, pero solo tras una larga reflexión, mientras que a ella apenas le había tomado un instante de inspiración.
—¿Por qué?
Lenore cogió aire y se amenazó con un terrible castigo si le temblaba la voz al responder. Consiguió mandar el mensaje alto y claro, pero perdió el control de la barbilla y su corazón brincó en desacuerdo con el diagnóstico que nunca había querido aceptar.
—Porque nadie cree a una enferma mental.
Sostenerle la mirada le exigió una dosis de autodominio que no recordaba haber cultivado.
No sabía qué esperaba que le respondiera él.
No ahondaría en el asunto, pues era prudente, y, cuando no, una criatura desentendida del mundanal ruido.
Pero tampoco insistiría en acabar con ella, porque él mismo había sentenciado que los locos poseían una lucidez sobrenatural.
Dariy se inclinó sobre su rostro como si lo necesitara para encontrar esa presunta locura.
Lenore entreabrió los labios, asombrada por la calidez que irradiaba su piel.
Había esperado el consabido escalofrío, el vértigo, y aunque fue víctima de este segundo, estuvo más relacionado con los nervios de una virgen que con el instinto de supervivencia.
—Ese ha sido históricamente el mayor defecto de la humanidad.
—Su aliento ya no era una brisa gélida, el ritmo de una canción que tuviese que forzarse a seguir para no despertar suspicacias entre el público.
Ahora respiraba de verdad—. Negarse a hablar con los únicos seres que ofrecen una conversación interesante.
Encerrarlos para que se pudran, incluso.
—¿Y esos seres que tanto admira serían los locos?
—Ajá. ¿Por qué cree que pierdo el tiempo charlando con usted, si no?
Lenore exageró una mueca.
—No sé si pretende halagarme, consolarme o despreciarme al aceptar mi condición sin miramientos.
—La acepté en el preciso momento en que la conocí, señorita Nightingale. Vengo sabiendo desde hace tiempo que no suele permitir que el buen juicio, o el juicio a secas, obstaculice sus dudosos propósitos.
—Creo que esa es la definición del estúpido, no del loco.
—Estoy convencido de que también la he llamado estúpida en alguna ocasión.
—Le veo de un humor excelente esta noche, señor Vranitsky.
En la media sonrisa que debió de inspirarle la ironía, Lenore no vio a la criatura aplastada bajo la apatía de la repetición; no vio esos siglos y siglos faltos de esperanza, sino un reflejo de su propia locura.
De pronto estaba despierto.
Vivo .
—Vengo de cenar —se limitó a contestar con un encogimiento de hombros—, y da la casualidad de que me han servido mi comida preferida. ¿Cuál es la suya?
—Los bollitos de Sally Lunn —respondió sin pensar—. Los que tienen azúcar perlado, no frutas.
Él abrió los ojos.
—Una opción dulce —meditó, pensativo—. No deja de sorprenderme, Lenore.
—¿Qué esperaba?
—Algo venenoso.
Dicho aquello, y muy consciente de la agitación que causaba en ella, dio media vuelta y abandonó el aseo por la puerta principal. Él no le había dirigido ninguna orden, pero no tardó en seguirlo como si estuviera hipnotizada.
Y quién decía que no lo estuviera. Si podía presentir «alteraciones en el ambiente», como que alguien lo mirara de lejos, ¿no podría también conjurar hechizos?
De entre toda la literatura asimilada, solo se explicitaba a través del vampiro Varney que su especie podía establecer control mental, paralizar con la mirada e inducir trances.
¿Hasta qué punto formaba parte la magia de la idiosincrasia del homo immortalis ?
Pensaba en ello cuando chocó contra la espalda del propio Dariy a las puertas del burdel.
Él la miró por encima del hombro.
—Supongo que no ha tenido la imprudencia de tomar prestado el carruaje del barón y ha optado por un coche de punto.
—¿Lo supone o lo sabe?
Dariy sonrió para su coleto y retomó la marcha, bien agarrado a su bastón.
—Venga conmigo. Todos estos siglos me han enseñado que es peligroso que una joven pulule por estos barrios a altas horas de la madrugada.
Ella no se lo pensó dos veces y salió con el pecho henchido de emoción.
La criatura había dejado su precioso corcel en manos del propietario de una empresa de coches de alquiler.
Estaba segura de que le recomendaría que pidiera uno prestado para volver por donde había venido, pero, para su sorpresa, Dariy tomó las riendas después de arrojar un par de monedas doradas al aire y la instó a montar con una ceja enarcada.
—¿Su caballo también está muerto? —soltó sin pensar.
Dariy equilibró la expresión levantando la otra ceja.
—¿Eso es lo que quiere preguntar? —Acarició el lomo plateado de la bestia un instante. Luego acercó la mano al morro y, a fin de matarla de expectación, tardó en decir—: A mí me parece que respira.
—Usted también respira a veces.
—Será para olerla mejor —la provocó con sorna. No estaba habituada a ese ánimo suyo, pero debía reconocer que le fascinaba—. El cuento de Caperucita Roja lo habrá leído, ¿no? ¿O solo le interesan los que protagoniza un monstruo sin corazón?
Le tendió la mano enguantada para ayudarla a subir. Lenore se percató de que su equilibrio se había vuelto precario nada más colocar un pie en el estribo. Agradeció el apoyo de Dariy con las mejillas sonrojadas. Sus dedos eran largos y finos como los de un pianista con recorrido.
Parecía que no era ajena a la caballerosidad, después de todo, o no a aquella tan siniestra y por eso perturbadoramente atractiva.
En cuanto estuvo montada a lomos del caballo, lo miró a los ojos.
—También quería preguntarle si sus manos siempre están frías —reconoció en voz baja.
Él le sostuvo la mirada con un brillo especial.
—Depende de dónde las ponga.
Lenore tragó saliva.
—Sé que mencionar partes del cuerpo en presencia de un hombre es una picardía indecorosa, pero...
las manos son mi parte favorita. Amaba las de mi padre.
Por su paciencia y su destreza. Antes de pasar las páginas de un libro, prodigaba una caricia vertical de una esquina a otra con la yema del dedo corazón.
Sabía que era él quien estaba leyendo por cómo sonaba.