Immortalis CAPÍTULO 10 #4
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CAPÍTULO 10 #4

—Siempre he pensado que la locura es el último estado de lucidez; revela aquello que se esconde tras los límites de la conciencia —repuso con aire distraído.

Felicity alzó la barbilla para mirarlo con la admiración que merecía que cada palabra suya pareciese el verso de un poema.

Lenore debía estar contemplándolo con la misma expresión—.

No pretendo acostarme contigo, Felicity.

Lo que deseo de ti está muy alejado de tus habilidades. No tendrás que hacer nada.

Como conectadas por un alma gemela, Lenore y la prostituta se enderezaron cuando Dariy depositó los guantes en la mesilla y se acercó a ella con la paciencia de tener la eternidad a su disposición.

Se arrodilló ante la muchacha, un gesto de humildad con el que nadie la habría honrado antes. La tomó de la barbilla por gusto, solo para abandonar allí una caricia sencilla. Felicity ya le estaba poniendo toda su atención.

—¿De qué se trata?

Dariy se inclinó para hablarle al oído. Lenore obtuvo una vista reducida de la línea precisa de su mandíbula. El rostro de Felicity, en cambio, quedó girado en su dirección.

Nunca sabría cómo interpretar el cambio de registro: pasó de la expectación al asombro, del asombro al temor, y del temor a un sentimiento que Lenore no recordaba haber experimentado nunca en sus carnes. Conjugaba la resignación con la morbosa curiosidad.

—¿Veinte libras te parecen un precio justo? —le preguntó Dariy al cabo de un momento.

Felicity solo asintió con la cabeza. Había enmudecido.

A Lenore le costó tragar saliva. El susurro de la criatura había tejido un hechizo y ahora la habitación estaba preñada de misterios incomprensibles.

Al menos ella no entendió por qué se le encogió el estómago, por qué contuvo la respiración: su cuerpo supo antes que la razón que lo que allí acontecería no podría explicarse a través de la ciencia.

No lo vio a la distancia y con la minuciosidad que le habría permitido describirlo a posteriori en un cuaderno, pero averiguó la mecánica y los detalles gracias a la imaginación; imaginación inspirada por el modo en que Dariy halló un cómodo hueco en la curvatura del cuello de la joven.

Lenore supo que había separado los labios y supo que había hundido los dientes en la piel por el horror inicial que descompuso la expresión de Felicity.

Ese horror que había visto en el grabado del penny dreadful fue transformándose de manera gradual en puro éxtasis, tanto así que con la mano temblorosa le cubrió la nuca, invitándolo a continuar.

Lenore reajustó su postura con la incomodidad de estar presenciando un momento inexplicablemente íntimo.

Estaba formando parte de él de manera indirecta al contagiársele el cosquilleo que la prostituta debía de estar sintiendo en el cuello.

Se llevó la mano al lateral de la garganta, donde notaba una turbadora a la par que deliciosa presión, y acarició con los dedos la zona sospechando que la lengua de Dariy mimaba la piel de Felicity.

Ese placer entusiasta que había instado a la muchacha a participar en la alimentación del vampiro se fragmentó en sensaciones más profundas, más específicas, a las que Lenore lamentó no tener acceso.

La vio cerrar los ojos con los labios entreabiertos, como si la estuvieran meciendo para que se durmiera, y creyó percibir en esa entrega voluntaria el mismo abandono que había visto en sus padres momentos antes de que murieran.

Estuvo convencida de que la mataría. Y en lugar de horrorizarse o sentir un interés médico por cómo se vería la muerte a manos del homo immortalis , Lenore experimentó un ramalazo de envidia tan poderoso que creyó que la derribaría; que la convencería de delatar su posición gritando que por favor Felicity se cambiara por ella.

Quería vivir en sus propias carnes el funambulismo sobre el hilo de las nornas, el paseo triunfal hacia las puertas del cielo.

Con suerte podría ponerse una última vez en los zapatos de su padre y comprender por qué se había arrojado a la otra vida sin oponer resistencia.

No la mató, sin embargo. Ni siquiera la había dejado inconsciente cuando se separó y, con el pulgar, le secó una gota de sangre que había brotado de la herida.

Felicity tardó en enfocar la vista, pero, cuando lo hizo, le regaló una sonrisa temblorosa que solo podía leerse como un agradecimiento.

—Ha sido un placer, señor Vranitsky.

Él solo asintió antes de incorporarse y volver sobre sus pasos para recuperar los guantes.

Se los puso con la ceremoniosidad con la que lo hacía todo, más a su pesar que porque pretendiera refocilarse en su importancia.

Luego sacó del bolsillo del gabán una pequeña bolsa que tintineó al aterrizar sobre el cuenco de las manos de Felicity.

La joven miró su recompensa con cierta tristeza.

—¿Qué hago ahora con esto? —murmuró.

—Sé generosa con tus allegados... o cómprate un ajuar que sea la envidia de los ángeles.

Felicity lo despidió con una carcajada amarga y, junto con Lenore, lo vio partir hacia la salida equivocada: una por la que seguramente no habría entrado.

Para la prostituta esto fue indiferente. No así para ella, que apenas tuvo tiempo de arrastrarse de rodillas hacia atrás para que la inmensidad de su sombra no la aplastara al abrir la puerta del aseo.