CAPÍTULO 10 #3
Lenore rescató de una de las mesillas una botella en la que aún quedaba whisky, una bandeja que habían olvidado apoyada contra el respaldo de una silla y dos copas más o menos limpias de la barra de madera.
Se acercó a ellas con seguridad.
Una pelirroja con el rostro picado de viruela la miró de arriba abajo.
—¿A ti quién t’ha regalao ese vestío ? Además de dinero, tié buen gusto.
Dicen que el negro é un color mu triste, pero cuando llevas quince años vistiendo colores llamativos, apreciarías un tono apagao .
Además, la reina siempre viste de negro, y la reina é la mujé más elegante de toa Inglaterra... —añadió en tono pensativo.
—¿A quién buscas? —la interrumpió una joven esbelta.
Era la que había tenido que sellar los labios al verla llegar. Debía rondar los cuarenta años, y también debía haber sido inconmensurablemente bella en su juventud.
Lenore supuso que no le habían pedido que se presentara porque cada noche trabajaban allí distintas profesionales. A lo mejor la señora Gulp, a quien pertenecía el establecimiento según el letrero de la entrada, se limitaba a alquilar las habitaciones al mejor postor.
—El marqués me ha solicitado un refrigerio para él y para su compañera nada más entrar.
La tercera y última integrante del grupo torció el gesto.
—¡ Írala , qué bien habla la joía ! Milord nunca bebe na . Es bien sabío en el barrio.
—¿Estás segura? —La pelirroja arqueó una ceja—. Piensa qu’hay que sé cuidadosa con la información que recibimos sobre el marqués. ¡A lo mejor Betty te mintió pa que no le sirviéramos en condiciones y así volviera a su lecho!
—Si los rumores no se equivocan, poco importa si se siente agasajao o se marcha poco satisfecho: milord no repite amante bajo ninguna circunstancia. Tampoco bebe bajo ninguna circunstancia —añadió la tercera. Acompañó el comentario de una mirada sabedora a Lenore.
—Yo entiendo que sus amantes no quieran adormecerse pa yacer con él; ¿quién querría olvidar una experiencia tan placentera? —suspiró la pelirroja con las manos sobre el pecho—. Pero ¿por qué me se niega el marqués a gozar de tos los servicios disponibles?
—Estamos hablando de un hombre con un paladar exquisito, Jane —escupió con desdén la prostituta esbelta—. ¿Por qué querría probar una sola gota del veneno que nos regalan los contrabandistas a cambio de favores sexuales?
—¿Por qué querría probar las carnes fatigás de Felicity?
—contraatacó la espabilada muchacha. Era la única de las tres que aún conservaba el brillo de los ojos, si bien no se lo había brindado la esperanza; era más bien la insignia de su ferocidad—.
Si quisiera exquisiteces, se iría a las casas de placer del West End, donde las putas te tocan el piano o los cojones dependiendo de lo que les hayas pedío .
La rubia soltó una carcajada burlona.
—Debe de ser un hombre avaro —opinó Lenore en tono inocente—. Quiero decir que, si su fortuna es tan sustancial como parece serlo su título nobiliario, pero recorta gastos en sus aficiones...
—Yo creo que simplemente no es un tipo de morro fino.
—Jane se encogió de hombros—. Porque te pueo asegurar que no escatima en propinas.
Paga tan bien a sus mujeres que pueden permitirse vacaciones de seis meses; ¡incluso de un año!
Es más, a Rachel no la volvimos a ver, ¿ sus acordáis ?
¡Se fue a las Américas con el dinero que le pagó! ¿A que sí?
Le soltó un codazo impertinente a la esbelta, que se había quedado mirando a Lenore.
Estuvo segura de que la abordaría sin miramientos acerca de su atrevimiento, su identidad o su solo interés en Dariy, pero quiso la fortuna que en ese momento la interpelara a voz en grito un nuevo cliente y no le quedara otro remedio que abandonar la cuadrilla.
La pelirroja se enzarzó en un entusiasta intercambio de ideas con Jane que impacientó a Lenore.
Necesitaba entrar en aquella habitación cuanto antes, o que al menos se apartaran del agujero de la cerradura para echar un vistazo al interior. Esto no sucedería. No dudaba que, si no alguna de aquellas dos, otra prostituta conocedora del valor de la visita de Dariy se interpondría en su objetivo.
Lenore depositó la bandeja en la mesilla más cercana y echó un vistazo al cuarto inmediatamente paralelo. Dejó a las mujeres charlando entre cínicas risotadas y se dirigió a aquella segunda habitación con la esperanza de que conectara con la otra.
No era imposible. Era, de hecho, más que probable: las jóvenes intentaban asearse dentro de lo que lo consentían sus recursos entre cliente y cliente, por lo que la puerta vecina debía conducir a la sala reservada para las abluciones y estar a su vez vinculada al dormitorio principal.
Lenore se adentró en el cuarto procurando no llamar la atención.
El corazón le dio un vuelco de alegría. En efecto, aquel rincón infecto y apenas provisto de una serie de jofainas con agua turbia pretendía servir de baño.
No la turbó ningún escrúpulo en su búsqueda de la puerta que colindaba con el dormitorio, porque por supuesto había una y contaba con una cerradura.
La llave oxidada colgaba del agujero que alguien había forzado hasta dejarlo inservible.
Arrodillada ante la puerta, agarró una de las pocas lámparas de gas que alumbraban el triste cuartucho y se la acercó al rostro.
—¿Por qué me ha elegido a mí, señor Vranitsky?
—musitaba la muchacha con voz débil. Lenore tuvo que entrecerrar los ojos para localizarla sentada en el borde de la cama.
Tenía un aspecto desvalido con la cabeza gacha y las manos inmóviles en el regazo—.
¿Es porque ningún hombre me ha tocado en las últimas semanas?
Sé que hay clientes que se pirran por la mujer que en teoría es inalcanzable, incluso pura dentro de lo que cabe, pero mi falta de disponibilidad no se ha debido a nada distinto de mi situación.
—¿Y cuál es tu situación, Felicity? —inquirió amablemente.
Quizá para no asustarla, Dariy había abierto una distancia de varios metros respecto del pútrido colchón.
Las sábanas revueltas y salpicadas de manchas amarillentas indicaban su uso reciente.
Lenore creyó estar superponiendo una realidad de ensueño a una pesadilla al verlo quitarse los guantes de cuero con precisa lentitud: su mente racional no lograba congeniar la presencia de un príncipe en un escenario digno de Dickens.
—Sufro pérdidas de memoria; a veces incluso del propio juicio, y...
—Se agarró a las enaguas, lo único que la cubría—.
La última vez que yací con un cliente, me oriné encima.
Lógicamente se enfureció y me propinó una paliza tal que...
—Apartó la vista hacia un lado: el lado desde el que Lenore la contemplaba con una mezcla de oscura fascinación y compasión—.
Aún me duele el cuerpo, señor. No le serviré.
Por favor, no lo interprete como un desprecio; solo pretendo ser sincera.
—Eres una muchacha muy dulce, Felicity.
Lenore aguantó la respiración, como si le hubiese dirigido el halago a ella. No dejaba de sonar condescendiente y distante de un modo doloroso solo porque le estuviera regalando los oídos. Sabía que era sincero como también sabía que la dulzura no era una indulgencia, sino un soborno.
—¿Dulce? Dicen que estoy loca —confesó la prostituta.