Immortalis CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Desde el rincón vio que un caballo único en su especie se dejaba guiar y luego ensillar por su amo.

Se perdió contemplando la caricia del guante de cuero a la crin, de un resplandeciente blanco plateado.

Lenore no había visto una bestia de esas proporciones o belleza en toda su vida, y podía jactarse de haber disfrutado de las carreras de Ascot, Epsom Derby y St. Leger Stakes.

Había visto un Thoroughbred, un Darley Arabian y un Lipizzaner de los Habsburgo, y todos ellos parecían pertenecer a una raza distinta del animal al que Dariy domó con un susurro persuasivo.

Su voz tuvo en Lenore el mismo efecto que en el caballo: le serenó el espíritu y la dispuso a aceptar cualquier proposición. Tanto fue así que, en lugar de aprovechar su distracción para buscar el modo de acceder a la casa, se dejó seducir por el misterio de su ruta.

¿A dónde podría ir un hombre así vestido, así de magnífico, y para colmo a lomos de un equino de leyenda mitológica?

Nada más montar con un salto poco esforzado, Lenore salió de su escondrijo en dirección a la parada de coches de punto más próxima, que para su fortuna quedaba a menos de dos minutos a pie.

Los salvó en tiempo récord corriendo sobre las puntas de los pies para que el tacón de las botas no levantara ecos indeseables.

Supo que la suerte estaba de su lado al reconocer un hansom cab detenido en la acera: su conductor estaba reprochándole a un cliente potencial que acusara de caros sus servicios.

Estaba tan alterado por la discusión que no se cuestionó que una mujer joven se subiera sin permiso o carabina en el asiento acolchado y señalase la estela del caballo blanco.

—Por favor, siga discretamente al señor. —E hizo sonar el valioso contenido de su bolsa agitando la cuerda dorada de la que pendía.

Cuánto se alegraba de haber obedecido los consejos de su padre llevando siempre consigo una suma que le permitiera desplazarse sin pedir favores, sin dar explicaciones.

Ni corto ni perezoso, el chófer, un hombre con ojos árabes y cabello ralo ocupó su lugar.

—Asumo que desea que lo haga a cierta distancia para preservar el anonimato... —Él mismo se interrumpió para lanzar una exclamación ahogada en el que sería su idioma materno—. Dios me guarde. Si no me engañan los ojos, eso es un Akhal-Teke.

Lenore se inclinó hacia delante.

—¿Disculpe?

—Un Akhal-Teke. Un caballo turcomano de linaje puro.

Solo los había visto antes en Moscú, y en aquel entonces los zares apenas empezaban a interesarse en estas bestias incomparables.

La conquista de Turkmenistán tuvo algo que ver, claro...

Santo Dios, un Akhal-Teke puede costar más que un purasangre de carreras.

¡Hablamos de una rareza de más de quinientas libras, y eso si alguien lograra convencer a los celosos criadores que perpetúan la raza!

—La miró por encima del hombro con recelo—.

No me habrá mandado usted seguir a un hombre importante o peligroso, ¿verdad?

«El grado de peligrosidad está aún por verse.»

Aprovechando que aún no la conocían en el barrio por su reciente traslado y las limitaciones sociales del luto, mintió con descaro.

—Solo es mi marido, señor. Sospecho que tiene una aventura.

—Y muy pocas luces —añadió el chófer con la boca pequeña—. Mire que, si pretende ser discreto, montando un Akhal-Teke plateado hasta los doseles de su amante solo conseguirá cosechar suficientes testigos para que el tribunal civil le conceda a usted el divorcio.

Lenore aguantó una risita impaciente.

Si los informantes de su abuelo no se habían equivocado, Dariy se dirigiría exactamente a los doseles de una amante.

O, en otras palabras, a los barrios donde abundaba la oferta carnal.

Estaba segura de que el cochero conduciría hasta los mencionados Soho y Covent Garden, pero la estela lunar del turcomano bordeó Oxford Street y Shaftesbury Avenue para adentrarse en el jolgorio vulgar de Whitechapel.

—¿Está usted segura de que quiere seguir avanzando? —vaciló el cochero—. Este no es lugar para una dama, señorita. Me quedaría intranquilo dejándola aquí, y todo apunta a que es donde el caballero pretende apearse...

—Descuide. —Lenore se preocupó de paliar su culpa añadiendo un par de monedas al monto del viaje y saltó fuera del vehículo.

Desde ahí le lanzó una sonrisa pícara—. No es la primera vez que visito territorios salvajes, señor.

Le deseo unas buenas noches. —Se tocó el ala del sombrero, que en este caso no era invisible, sino una precaución para no ser reconocible, y echó a andar hacia el callejón donde había visto internarse a Dariy.

No lo había engañado. No era la primera vez que la curiosidad la llevaba a lugares donde a uno le convenía esconder un revólver en el cinto, pero sí inauguraba —y no sin entusiasmo— la experiencia de Whitechapel.

A raíz de los asesinatos en serie del aún cómodo y feliz en el anonimato Destripador, la reputación del barrio clave del East End había empeorado de manera exponencial.

Lejos de asustar a Lenore, esto la llenaba de una ilusión febril.

Para ella era como visitar Regent Street después de haber leído la transformación parcial de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, los jardines de Vauxhall tras sumergirse en la tumultuosa vida de la protagonista de Vanity Fair o pasear por Culloden Moor, donde tuvo lugar la batalla que concedió la victoria a la Casa de Hannover en detrimento de la liberación jacobita.

Tuvo que internarse en la nube de esmog del cruce entre Whitechapel Road y Commercial Street para seguir la estela de Dariy.

La tenue luz de las farolas de gas se colaba a través de la bruma y la suciedad, creando un filtro amarillento que solo empeoraba el aspecto de los edificios de ladrillo ennegrecido.

Por las pocas ventanas que no estaban tapiadas se apreciaban retazos de vidas truncadas: borrachos apostados en las mesas carcomidas de un bar regentado por un hombre que no esperaba que le pagaran las cuentas pendientes, y sí una paliza si insistía en cobrarlas; mujeres de vida alegre con faldas mil veces remendadas y aspecto enfermizo.

Las carcajadas y aspavientos de las que aún hacían las esquinas con la esperanza de engatusar al cliente que les costearía la cena espantaban a las ratas.

Los roedores habían convertido los charcos de orín y brea que se formaban bajo los contenedores en su recreativo.

Lenore tenía la suerte de haber entrenado el olfato tras horas estudiando cuerpos en descomposición con su padre y, aun así, el olor le resultó insoportable: orina, restos de carne enmohecida y amontonada a las puertas de la carnicería cerrada, perfume barato, simple y llana suciedad.

Llegado cierto punto, no pudo tolerarlo y sacó un pañuelo bordado para cubrirse las fosas nasales y una sonrisa que no habría sabido explicarle a nadie, pero que se le ensanchó al oír la única campanada de Christ Church.

Dios anunciaba la hora mientras los demonios pastaban en campo abierto. Los locos del acordeón y la flauta bailaban en aquel infierno particular, y las prostitutas bebidas se defendían sin demasiado ahínco del abuso de clientes sin un penique en el bolsillo.

Tuvo la audacia de sorprenderse al confirmar que Dariy se internaba en un burdel.

Pensaba que un caballero de su categoría buscaría compañías algo más estimulantes que una pobre desdentada con aliento de anís.

A lo mejor se diferenciaba del resto de los caballeros de su entorno diplomático en que no creía que hubiese ni fulanas con clase ni clases de fulanas, sino fulanas sin más...

O a lo mejor había ido allí en busca de algo distinto de un rato agradable.

Costaba imaginar a una criatura inmortal dejándose tentar por los placeres efímeros.

Claro que no había otro tipo de placeres.

Lenore pretendía cruzar el umbral cuando se le desvió la mirada a las puntas de sus botas, un calzado reluciente y por eso mismo impropio de un establecimiento de esas características.

El sombrero satinado y el pañuelo de seda no la ayudarían a pasar desapercibida, de modo que rodeó el edificio destartalado y se refugió en un callejón abandonado para adaptar la vestimenta.

Arrojó el sombrero al otro lado de un vallado endeble que conducía a un descampado sembrado de cristales rotos.

Se ensució las botas introduciendo los pies hasta los tobillos en un charco de barro hasta que quedaron irreconocibles.

Escondió el abrigo en un agujero antinatural que solo Dios sabía cómo se habría abierto en el muro lateral.

Con la melena suelta cubriéndole las mejillas, agachó la cabeza y confirmó que nadie la miraba para colarse en el local por la que solo podía ser la puerta trasera.

Aunque negro y modesto, el vestido seguía siendo obra de una modista. Estaba segura de que alguna de las trabajadoras se percataría de que era una intrusa si no lo hacía antes por el simple hecho de no conocerla del barrio.

Comprendió que había subestimado la sobriedad de las prostitutas, así como su interés en los visitantes que no vistieran pantalones.

La vaga iluminación ayudó a disimular la calidad de su atuendo: las lámparas de gas alumbraban menos que las estrellas titilando en el firmamento, y apostaba a que esto no era arbitrario.

De alguna manera debían disimularse los desconchones del sofá, los agujeros que las cenizas del tabaco habían abierto en las alfombras y la suciedad de las mesillas auxiliares, donde se acumulaban colecciones de botellas y vasos vacíos.

Lenore buscó con confianza a través del gentío.

Un hombre como Dariy Vranitsky no pasaría desapercibido en un ambiente semejante.

Asumió que el alboroto que se había formado entre varias de las jóvenes se debía a la visita del rumano. Cuchicheaban entre ellas con impaciencia y excitación por atender labores fijas y asignadas hacía ya tiempo para cuando se diera el milagro de su reaparición.