CAPÍTULO 10
Durante la cena, Theresa había dejado los rodeos a los que tenía acostumbrada a la familia depositando el vaso de vino —así como cada una de sus cartas— sobre la mesa.
—He pensado que podríamos invitar formalmente a nuestro misterioso vecino. No sé tú, querida —apeló a Lenore ignorando de forma deliberada el ceño arrugado de su marido—, pero su breve aparición apenas colmó mis expectativas, y...
—De ningún modo —había atajado Humbert sin aportar mayores especificaciones.
Theresa y Lenore intercambiaron enseguida una mirada de cómplice curiosidad. Fue la actual baronesa la que colocó sus cubiertos con cuidado a ambos lados del plato, brindándose las fuerzas para insistir en su empeño.
—Lástima que me adelantara a tu consentimiento y le hiciese llegar ayer por la mañana mi deseo de recibirlo en la tarde de hoy.
Por suerte para ti, el marqués respondió en torno a las siete y media de la noche que su estricto horario de trabajo diplomático le impide socializar mientras el sol brilla en lo alto.
—¿Te has comunicado con él sin consultarme? —bramó Humbert.
—No sabía que mi mano estuviese atada a la tuya por un hilo invisible. ¿Se puede conocer el porqué de tu repentino recelo hacia el marqués, o está condenado a permanecer en el terreno del misterio?
A sabiendas de que contaba con la disputada atención de las señoritas, el barón Fellowes prolongó el momento de la respuesta con pueril regocijo. Dio un sorbo al whisky de Glen Avon y esperó a haberse secado las comisuras de los labios.
—A raíz de aquella intempestiva visita que nos prestó, me tomé la libertad de preguntar en mis círculos fiables acerca de sus credenciales.
Por lo visto, la existencia del señor Vranitsky no había llegado a mis oídos antes porque ni mis cronogramas sociales ni los espacios que frecuento coinciden con los suyos.
En otras palabras, es una criatura de la noche.
Lenore había tenido que procurar no atragantarse con el venado.
La descripción se acercaba demasiado a la verdad.
—¿Quieres decir que es un distinguido felón? —bromeó Theresa, indulgente como siempre.
—Quiero decir que es un vividor —repuso Humbert con el rostro sombrío.
—Y sin duda demostrar una desaforada pasión por la vida nocturna es considerablemente peor que cometer delitos a sangre fría —completó Lenore con la condescendencia que la baronesa le estaba no ya inculcando, pues la traía ella de nacimiento, sino sacando a relucir.
Humbert castigó a su nieta con una mirada reprobadora.
—Asimilar la vida como un patio de recreo al que exprimir los placeres inmediatos es propio de bribones con una visión reduccionista en el mejor de los casos, y un signo de irresponsabilidad en el peor.
¡Incluso una prueba de que podría dedicarse a actividades delictivas!
Ignoraré vuestras sensibilidades femeninas para ser franco: su nombre resuena en las casas de citas de Covent Garden, se repite en las comunas de actores de Drury Lane y es conocido en Whitechapel —continuó en tono informativo y con malicioso regocijo.
Theresa y Lenore seguían mirándose la mar de divertidas.
¡Nada como un hombre atractivo para poner a toda la especie en guardia!
—. El hecho de que prefiera moverse por los cafés nocturnos del Soho a luchar por la honorable membresía de White’s habla por sí mismo.
Mis camaradas lo han descrito como un hombre solitario y circunspecto.
—Mejor que ser descrito como un cascarrabias que para colmo solo tiene malas palabras para sus vecinos —lo atacó Theresa con fingida ofensa.
Se retiró airadamente la servilleta del regazo y la depositó sobre la mesa antes de dictar su sentencia—.
Es mi intención hacer buenas migas con el marqués, Humbert.
Nos conviene por su proximidad y abolengo, sus modales son irreprochables y, además, no me ha parecido oír que estuviera casado —apostilló, y lanzó un vistazo elocuente a Lenore.
—¡Válgame Dios! ¿Sopesas como candidato a ese escalofriante extranjero?
—Los ingleses también éramos extranjeros cuando llegamos a las tierras del Nuevo Mundo, las cuales además son lo bastante cálidas para que los indígenas nos tildaran de escalofriantes.
¡O fríos cuanto menos! —repuso, no sin razón—.
Y ¿cómo no sopesarlo? Si nos atenemos a las campañas de desprestigio sobre el carácter femenino, no hay banalidad que pierda más a las mujeres que la belleza masculina, y es innegable que de esto nuestro marqués rumano goza en abundancia.
Theresa le dirigió un guiño cómplice a Lenore, que se rio sin otro remedio, si acaso con preocupación.
La belleza solía parecerle, en efecto, una banalidad, pero el atractivo de Dariy era sobrehumano, y por un momento temió que la baronesa se sintiera tan inclinada por perseguirlo y descifrarlo como ella misma.
Suerte que Humbert estaba inevitablemente involucrado en las admiraciones de su esposa y la ató en corto advirtiéndola con la mirada.
—Sé lo que te propones, mujer. No pienso invitarlo a la pequeña soirée del sábado.
—¿ Soirée del sábado? —repitió Lenore.
—No podemos permitir que nuestros honrados conocidos olviden que sigues soltera, Eleonora. Sería imprudente volver a introducirte en la alta sociedad vistiendo el luto, pero una pequeña reunión entre amigos para allanarte el camino al altar no te perjudicará.
—Tampoco lo haría incluir al marqués en la lista de invitados —insinuó Teresa.
Le acabó saliendo al alto precio de una discusión.
Lenore esperó con paciencia el momento de su intervención con la esperanza de equilibrar la balanza en su favor alegando que le encantaría recibir a Dariy en la velada. Por desgracia, su opinión no llegó a plantearse como un aspecto relevante en la cuestión y terminó marchándose a sus aposentos.
Había sido en la soledad de los mismos donde había comenzado a tramar la escapada nocturna.
Aunque su abuelo se había creído el motivo de su desaparición la semana anterior —a nadie le extrañaría que a Lenore se le fuera el santo al cielo en una bien surtida biblioteca—, había sido riguroso al aplicar su castigo.
Era vigilada día y noche por una doncella y un joven lacayo, de los cuales, por fortuna, al menos el segundo era sobornable.
Suerte que el corrupto criado era objeto de la devoción de la criada y hubiera podido convencerla de quitarle la vista de encima para poder escabullirse brevemente a la mansión vecina.
Ahora que había confirmado la sospecha de que solo vivía de noche —y no para su coleto, sino bajo las vibrantes luces de la ciudad—, no podía perder más tiempo.
Se valdría de su llave maestra para forzar la cerradura y averiguar si, como se decía en la novela de Sheridan Le Fanu, el homo immortalis dormía en un ataúd.
¿Escondería sus reservas de sangre en botellas de vino tinto para disimular?
¿Encontraría un sótano atestado de cadáveres sin identificar?
¿Podría recuperar las anotaciones de su padre, o Dariy habría sido precavido arrojándolas al fuego?
Rezaba para que, en un alarde de humor privado, las hubiese conservado de recuerdo.
Lenore no podía negar que las preguntas que ardía en deseos de hacerle no eran tanto los orígenes de su especie o las peculiaridades de su dieta, si bien obtener estos saberes no le pesaría; ante todo ansiaba que le contara cómo había coincidido con el doctor Nightingale, si había tenido la oportunidad de charlar con él sobre las que eran sus inquietudes intelectuales; en última instancia, quería confirmar que incluso una criatura milenaria como el marqués opinó que el difunto había sido un genio único.
Pero sabía que tenía que resignarse a esperar para interrogarlo al respecto.
Por el momento estudiaría la complejidad de su morfología.
Esto requirió que cerrase con llave la puerta de su dormitorio y volviese a escabullirse por la ventana. Aterrizó gentilmente sobre los setos perfilados del jardín y se preocupó de arreglar las ramas afectadas antes de cruzar de puntillas el límite entre una vivienda y la siguiente.
Consultó su reloj de bolsillo: quedaban cinco minutos para medianoche.
Se había asegurado de que Dariy no emprendía su viaje nocturno en cuanto el sol se ponía ocupando igual que un vigía el sillón de la salita que se orientaba hacia su casa.
Sin saberlo, había confirmado el papel de granuja que le achacaba la maledicencia popular, pues por lo visto no salía hasta el nuevo día.
Lenore obtuvo su confirmación momentos más tarde, cuando el crujido de la pesada puerta principal le erizó el vello.
Las doce en punto.
Pegó la espalda al muro lateral y giró la cabeza con la aspiración de verlo cruzar la calle. Aunque iba abrigada, la humedad del musgo y las trepadoras de la pared mohosa le calaron el redingote. Se tuvo que morder el labio inferior para que no la delatase el inoportuno castañeteo de dientes.
¿Cuándo pensaba acabarse el invierno?
Dariy pasó de largo en dirección a las caballerizas, ajeno a su impertinente observación.
Lenore solo atinó a apreciar el satinado ondear de la capa, de un negro que destacaba sobre las sombras como el cielo azul sobre el mar, y el cabello azabache replicando las suaves ondas de la brisa.
Un hermoso destello de palidez fue lo único que captó de su expresión, que asumió reflexiva a la par que tristemente resignada.
Lenore tenía la tranquilidad de ser demasiado mediocre, demasiado mortal para que la oscuridad no la ocultara de su mirada rapaz.