CAPÍTULO 9 #4
—Y no lo hago, pero mi padre murió hace diez días. No puedo más que proclamarme en desacuerdo con el desdén con el que da por sentada la vida eterna. Encuentro su victimismo francamente atroz.
Dariy lanzó al aire su pregunta con la naturalidad de la costumbre, como si estuviese habituado a echar por tierra los argumentos de los ambiciosos mortales:
—¿Amaría al doctor si hubiera sobrevivido a costa de quitarle la vida a otras personas?
¿Personas inocentes? ¿Personas como su abuelo o la baronesa?
—Le concedió quince segundos de reflexión a Lenore antes de asentir, zanjando así un debate que ya de entrada no había creído necesario—.
Meditará esta cuestión que le he planteado durante días.
Semanas, a lo mejor. A ratos creerá que la respuesta es afirmativa, pero al final se rendirá a la única verdad posible en este mundo infectado de moralidad cristiana.
Lo que hace digno de afecto al hombre son las cualidades que le convierten en humano.
La transformación de su padre en una bestia como yo habría sido la tumba de su amor. Y de su respeto, si me apura.
Esta vez Lenore percibió lo que al principio había pasado por alto: la resignación. No había impotencia o victimismo alguno en su argumento defensivo, tan solo el conocimiento que solo podía consolidarse después de haber vivido las mismas y trágicas experiencias una y otra vez. Una y otra vez.
Dariy conocía todas las puestas de sol. Había descifrado ya la complejidad de la mente humana y los misterios del universo.
No supo qué encontró más fascinante, si su dolor o su infinita sabiduría.
—¿Puede una bestia tener un nombre, Dariy Vranitsky?
—paladeó las palabras, su sabor eslavo. Su tono se volvió aterciopelado—.
Así es como le llamó una madre una vez, ¿me equivoco?
Una madre mortal que tuvo un hijo. No es, entonces, una bestia.
Fue un niño amado y el sino de un niño amado es convertirse en un hombre querido.
Aquella fue la segunda vez que lo sorprendió.
Dariy volvió a abrir los ojos. Quiso aferrarse al escepticismo con el que asombrosamente se conducía por una tierra que conocía como a la palma de su mano, pero ella estaba ahí, frente a él, las palabras estaban saliendo de su corazón a través de los labios, y cómo desconfiar de una presencia tan viva.
—¿Quién demonios eres tú? —le oyó murmurar con un ligero agotamiento.
—Se lo dije la primera noche, milord. No soy nadie.
—Señor Vranitsky, en todo caso. No pertenezco a la aristocracia inglesa y, por ende, no merezco la consideración de lord —la corrigió con la voz hueca, como si le hablara desde un punto lejano a su cuerpo.
—Esa es la cualidad final y definitoria que nos convierte en humanos, ¿no le parece, señor Vranitsky?
—insistió ella, envalentonada—. Que incluso si ahora somos algo, algún día no seremos nada.
Es más: algunos, como yo, nacemos con la plena y dolorosa conciencia de que la mayoría no llegaremos a ser nada jamás.
Usted no puede entenderlo porque ya es un milagro de la naturaleza.
No tiene que acometer ninguna heroicidad para destacar.
—Eso es lo que usted teme —dedujo él— y de ahí su admiración por lo eterno: una existencia sin sentido.
Frenética, Lenore asintió con la cabeza.
La había embargado el presentimiento de que estaba logrando dar su brazo a torcer; de que si no lo había impresionado con su determinación o irritado más allá de la razón con su absurda temeridad, por lo menos había despertado su interés, y eso bien le valdría un pedazo de información invaluable.
Dariy se encaminó hacia el ventanal abierto de par en par y apoyó la mano enguantada en el marco. Lenore miró en la misma dirección que él, hacia una luna que había empezado a menguar la noche anterior. Se preguntó cuál sería la conexión de la criatura con ella, su acuerdo secreto.
Esperó con valentía y demasiadas esperanzas a que le prometiera una cita a solas para revelarse a sí mismo tal cual era. Aunque esto no sucedió, Dariy alineó el mentón con su hombro, hombro que trazaba una línea horizontal tan infinita como él mismo.
Como siempre que decidía hablarle en plata, prescindió de toda cortesía.
—Estás muy equivocada en tus aspiraciones y temores, Lenore. La trascendencia es una cualidad reservada a lo mortal. No hay nada más insignificante ni nada que se dé tan por sentado como lo que siempre estará entre nosotros. —Y aludió a la luna con una caricia imprecisa al aire.
—No estoy de acuerdo —insistió en voz alta, y fue hacia él con decisión—. Usted es único en su especie, y solo por eso ha merecido que generaciones de curiosos escribieran historia tras historia tratando de descifrarle. Nunca será polvo y ceniza. Ni siquiera si al final muriese.
Dariy la miró de soslayo sin cambiar la postura.
—En ese caso, tú tampoco —le dijo en un tono de voz tan cálido que la baja temperatura de la habitación pareció suavizarse—. Si tu afán investigador nace del deseo de que tu nombre no sea olvidado, deja de temer, Lenore. Todo lo que permanezca atrapado en mi memoria será tan inmortal como yo mismo.