CAPÍTULO 9 #3
—A ver si adivino. Después de aferrarse con desesperación a mi comentario sobre los penny dreadfuls para tener hilo del que tirar, llegando a importunar a su parentela con delirios infantiles, se le ocurrió investigar cuántos precedentes de Varney existen para tratar de encajarme en el modelo de un personaje sobrenatural...
—Se detuvo ante el espejo, como si de pronto hubiese olvidado algo.
Levantó una mano forrada de cuero y se retiró despacio el puño de la camisa, igual que se remangaba una escrupulosa mojigata, e hizo bailar los dedos al son de una indecisión fingida en tanto que escogía qué cajón abrir.
Eligió aquel en el que Lenore había escondido el penny dreadful sustraído del despacho de Whishaw.
Lo sostuvo en alto con la misma ceja enarcada—.
Apuesto a que ha estado leyendo a Polidori, el famoso poema de Lord Byron, el Thalaba the Destroyer de Robert Southey y, quizá...
¿ The Book of Were-Wolves , de Baring-Gould?
Había pocas instancias en la vida que Lenore odiara más que ser predecible.
En efecto, había pasado una infame cantidad de horas, algunas tardías, enclaustrada en la biblioteca municipal de St. Pancras, que estaba lo suficientemente bien conectada gracias a la línea de metropolitano como para haberse planteado viajar al corazón de Londres.
También en efecto había consultado en su mayoría los tomos de Sabine Baring-Gould y Polidori.
—Que yo sepa, no es un delito ni un pecado mortal disfrutar de la literatura popular.
—Pocos coincidirían con usted en que un burdo penny dreadful merezca tan elevada categoría; las mujeres menos que nadie, pues se procuraba alejar estas lecturas de la sensibilidad femenina... por una razón muy simple —prosiguió—, que es que son ustedes el género impresionable.
—Supongo que eso lo sabe porque estaba muy vivo y lúcido en la década de los cuarenta a pesar de no aparentar ni treinta años —contraatacó, envalentonada.
Dariy bajó el brazo que sostenía el relato y la atravesó con una mirada insondable.
En el fondo de sus pupilas seguía centelleando una chispa escarlata, como un fuego de artificio en la inmensidad del firmamento.
—Veo que persiste en su empeño.
—¿En el de culturizarme? No le quepa duda, milord.
Ahora que sé que viene usted de los Cárpatos, estrecharé mi búsqueda dirigiéndome a los títulos versados en la Europa septentrional.
Apuesto a que algún viajero habrá plasmado en mi lengua los mitos y leyendas del folclore rumano.
Ahora, si no le importa devolverme el penny dreadful ...
—añadió. Avanzó hacia él y extendió la mano en un gesto exigente—.
Es una cuestión de vida o muerte. Su propietario me estrangularía con sus propias manos si sufriera el menor percance...
Claro que no le imagino doliéndose por la violencia ejercida contra mí, sobre todo sabiendo cómo acostumbra usted a saludarme.
Si le había parecido percibir en algún momento el menor atisbo de simpatía en su expresión, esta se disolvió bajo el peso de su insolencia.
El marqués depositó sobre el tocador el panfleto antes de que causara una disputa y acto seguido redujo el espacio que los separaba.
Por algún motivo, Lenore había estado convencida desde la noche en que lo presintió por vez primera de que no la tocaría. Esto sin duda explicó su sobresalto cuando la criatura la tomó de la mandíbula con tal gentileza que se sintió una copa de vino entre sus dedos.
Fue ahí cuando se percató de que le habían estado castañeteando los dientes desde el reencuentro.
—Mírate —le dijo en voz baja, como cuando se le ocurría tutearla—, temblando como un recién nacido, y aun así te atreves a desafiarme. ¿No eres consciente del peligro que corres o es que acaso te es indiferente?
Lenore lo miró a la cara sin ambages.
—No tiemblo porque le tema, sino porque le admiro.
Dariy abrió los ojos un momento y la soltó como si el contacto lo hubiera quemado. Retrocedió un paso, incrédulo, y luego otro motivado por un rencor antiguo.
Volvió a parapetarse en su gélida cortesía.
—Veo que no ha leído suficiente, entonces.
—¿Por qué? ¿Cree que le odiaría si conociera todos sus secretos? De ser así, cuéntemelos —le rogó con vehemencia—. Hágame deplorar su existencia.
Un grave silencio corrió entre los dos. Dariy permanecía donde la bofetada de asombro le había obligado a detener sus pasos, más o menos inclinado hacia atrás, como los fuertes vientos del este torcían los árboles.
Su atuendo no difería del que vestiría un aristócrata: pañuelo anudado al cuello, rica camisa de seda, chaqueta cruzada y el pesado gabán coronando el conjunto, casi todo él de riguroso negro.
Pero Dariy parecía haber nacido con la ropa ya puesta; parecía haber estado allí de pie, plantado en la tierra, antes de que el mundo fuera mundo.
Habría aterrizado en Londres como una flecha perdida.
—Si no me engañan los relatos del folclore, que según descubro hoy se han dedicado a establecer certezas para las que el mundo no está preparado, es usted inmortal —insistió Lenore, temblando todavía de excitación—.
La garantía de su supervivencia no es otra que el consumo de sangre, aunque desconozco en qué medida y con qué frecuencia; si beben hasta matar al donante; si las tomas son diarias.
Sí sospecho que la preferencia por las jóvenes bellas es un mito urbano y que la sangre es la sangre.
Alimento, al fin. Algunas historias dicen que los vampiros son súcubos, muertos que regresan a la vida o simples y llanas criaturas demoníacas...
—Monstruos —la interrumpió él con voz queda—. Los vampiros pueden recibir múltiples nombres, pero en todos los mitos quedan recogidos en el bestiario como lo que son. Monstruos.
Algo se elevó en su estómago a modo de protesta.
—¿Desdeña la que es su condición?
—Como el vampiro Varney sobre el que ha estado informándose —confirmó con sorna—, ¿o acaso solo interpreta como válidas las características de la raza que encuentra adorables?
—¡Valido solo aquellas que entiendo! ¿Cómo puede usted despreciar la virtud más anhelada por los hombres, nada menos que una vida infinita en un cuerpo deseable?
Dariy entrecerró los ojos, dos carbones ardientes.
—¿Eso es lo que anhela?
—¿No es lo que anhela todo el mundo? ¿No enfrentarse al horror de la muerte?
—Qué respuesta tan decepcionante —murmuró con languidez—. Pensaba que no se dejaría seducir por la preservación de las virtudes estéticas.
Lenore apretó los labios en una fina línea.