CAPÍTULO 9 #2
No permitió que esa posibilidad flirteara por mucho tiempo con su razón y preguntó:
—¿Y qué es lo que le ha persuadido de presentar sus respetos por fin?
—Mi animal de compañía no entiende los horarios de visita respetables y ha decidido colarse en la propiedad del barón bien entrada la noche.
No les habría importunado por una causa tan peregrina si la criatura no tuviese un carácter complicado; temía que se cansara de husmear por el jardín y sorprendiera a la señora en su propio salón con las garras fuera.
—Por eso no debería haberse preocupado, milord —desestimó Theresa, por completo ajena a la tensión instalada entre la nieta y el marqués—. Me jacto de conocer la naturaleza de las bestias y entenderme a las mil maravillas con ellas.
—Esta bestia mía es algo diferente de las otras, créame.
Lenore no se resistió a meter baza.
—¿Y por qué querría cuidar de una criatura así descrita?
—Esa es una excelente pregunta, señorita Nightingale. —Pausa deliberada—. Supongo que hay quien disfruta metiéndose en camisa de once varas. ¿No conoce a nadie así?
«Ha venido por mí», comprendió. Y aunque sabía que eso no conllevaba nada bueno, no pudo evitar que una parte de sí misma ardiera de excitación.
—Lenore, cielo, creo de verdad que deberías deshacerte de las prendas mojadas. Le diré a tu doncella que prepare el baño. Entonces podrás unirte cómodamente a la reunión.
—No será necesario que la señorita se dé prisa —intervino Dariy—. Bastante he abusado ya de su hospitalidad aceptando un café a horas intempestivas. Si me disculpan, les dejaré descansar.
Una ráfaga de decepción atenazó a Lenore. Tal fue su contrariedad que no pudo manifestarla antes de que su abuelo agradeciera la consideración y se levantase para despedirlo con un impaciente apretón de manos.
El marqués no se había deshecho de los guantes, como tampoco de la chaqueta o la larga capa negra hasta los tobillos.
Estos detalles serían acusados de mala educación por el riguroso Humbert tan pronto como el invitado desapareciera, pero ella estuvo segura de que había una razón de peso detrás de cada excentricidad.
—¿Dónde se encuentra el mencionado animal, milord? —quiso saber ella antes de que se marchara—. Pensaba que había venido a por él.
Dariy solo levantó las cejas, denunciando con la mayor de las sutilezas su insolencia.
Como atraído por la mención directa, un gato de pelaje negro como las plumas del cuervo emergió de las sombras para acariciarse con los tobillos del marqués; contra sus botas Wellington, mejor dicho, esas que Lenore había advertido en el despacho de su padre.
—¿Cómo se llama?
Se agachó para tomarlo en brazos, cariño al que el animal no se negó, y amagó una sonrisa.
—Varney.
Dariy se despidió de sus anfitriones con un sencillo cabeceo, dejando a Lenore sobrecogida por el guiño.
No se apartó de la puerta con la esperanza de que su hombro, su brazo, su capa, algo en contacto con su extraordinaria existencia la rozase y así pudiera cerciorarse de que era real.
Pero él se las arregló para no tocarla a pesar de que sus hombros eran anchos como el mismo quicio y las capas y capas de ropa le hacían aún más monumental, no en un sentido tosco o intimidatorio, sino como la efigie de un dios egipcio.
Supo aun así que no lo había soñado. La ropa empapada le quemó en la piel como la presión del hielo cuando cruzó por su lado, envuelto, como siempre, en ese nimbo escarchado que lo distanciaba del resto del mundo.
—Qué sujeto tan desconcertante —fue lo primero que comentó Humbert, ceñudo.
—Yo no lo tildaría de desconcertante —replicó Teresa.
—¿Y de qué lo tildarías? ¿De extravagante? ¿Maleducado, tal vez? ¡Aceptar a las nueve de la noche una invitación a pasar que se extiende por mera cortesía! ¡Habrase visto! ¿Y por qué no se ha deshecho de los guantes o las prendas de abrigo?
—Está siendo un febrero frío, querido, y uno no puede aceptar una invitación sin que antes le haya sido ofrecida.
En todo caso, deberías reprocharme a mí que haya sacado los pies del tiesto con mi generosidad; una con la que pretendía encapsular las bondades del apellido Loxley —agregó con intenciones evidentes.
Aturdida, Lenore lanzó una mirada a la puerta principal, como si esto fuera a ayudarla a imaginárselo golpeando la aldaba, sonriéndole con mortificación a Theresa por la travesura del gato y rechazando con un elegante ademán la petición del mayordomo.
Haberse perdido la escena casi hizo que se arrepintiera de haberse escapado toda la tarde.
Casi, porque en su aventura no había llegado a conclusiones que cupiera desmerecer.
Humbert empezó a recriminarle que hubiera insistido en alternar con el marqués en lugar de esconder sus prendas mojadas de donde pudiese verlas. Ella aceptó cabizbaja la amonestación y se retiró a su dormitorio con el beneplácito de Theresa.
Por suerte, la visita había descolocado al abuelo de tal manera que había olvidado seguir interrogándola acerca de la escapada.
Lenore empezó a desnudarse ya en el ascenso al segundo piso. Se quitó las abotonaduras del cuello trasero y aflojó la falda tirando del cordón con cierta renuencia, como si de alguna manera estuviese diciéndole adiós a ese roce tan peculiar del vampiro, al frío del que había impregnado las prendas.
Para cuando llegó al dormitorio, ya se había deshecho del vestido en sí mismo y lucía apenas el corsé y las filas de enaguas.
Descubrió que había dejado la ventana abierta. Fue yendo a cerrarla, sumida en un ánimo entre huraño y aturdido, cuando cayó en la cuenta de que alguien la había abierto. Frenó en seco y se giró hacia la presencia oculta en el preciso momento en que él había pretendido sorprenderla por la espalda.
Exhaló un aliento entrecortado. Esa fue su única reacción a la cercanía del marqués, si es que era marqués; del vampiro, si es que era vampiro. Al menos no era humano. Esta certeza la reafirmó al alzar la barbilla despacio y toparse con unas pupilas que centelleaban como rubíes en la oscuridad.
—No he revelado su secreto —se justificó en voz baja, inmóvil frente al mármol de su pecho.
Él meneó la cabeza muy despacio.
—Es cuestión de tiempo.
—Le juro que yo no...
—Sabe por qué me ha picado la curiosidad conocer a mis vecinos, ¿verdad, señorita Nightingale? No es ninguna necia por más que intente presentarse como tal con sus esfuerzos por provocarme.
Lenore tragó saliva.
Por supuesto que sabía por qué había escogido esa noche y no otra para arrojar su advertencia: porque había descubierto que persistía en su búsqueda de información.
—¿Provocarle? —repitió con debilidad, y se arriesgó a dirigirle una mirada inocente.
Él reaccionó a su segunda bravata inclinándose hasta quedar a un palmo de su rostro.
La luz de la luna dejó de ser un misterio del universo para convertirse en una esclava servil de su belleza: llenó de plata unos pómulos afilados como una navaja, los labios finos e inmóviles en un rictus despótico.
Tenía como ojos dos pozos de negrura abisal que escondían el fuego de todos los ancestros.
Parecía que se hubiera asomado a las fauces de un dragón.
Lenore sintió pavor por vez primera, pero no la clase de miedo que quebraba la voz e invocaba las lágrimas. Temió estar enfrentándose a algo con lo que no podría luchar; algo que nunca conseguiría entender.
Dariy debió de presentir su fragilidad, porque la comisura del labio se torció hacia la arrogancia sabedora cuando se inclinó sobre su cuello.
Lenore recordó el grabado del penny dreadful y se aferró a los párpados apretados y a los puños cerrados para resistir al mordisco. Pasaron dos, tres, cuatro y hasta diez delirantes segundos, y todo cuanto sucedió fue que le oyó inhalar conscientemente el lateral de su garganta.
—Huele a biblioteca, Lenore.
Aun en una situación de máxima tensión, demoró en abrir los ojos, como si resucitara de un amable sueño.
Él seguía inclinado sobre ella, muy cerca de su rostro, o más justo habría sido decir que ella estaba muy cerca del rostro de él.
Su mirada directa resultaba aterradora y, de alguna manera, también la cautivó.
Era como balancearse en el borde de un precipicio.
—¿Qué? —musitó, confusa.
—Huele a biblioteca —repitió, más despacio, y ladeó la cabeza para escudriñarla. Parecía en busca de un error de cálculo y no de un defecto estético—, lo que delata dónde ha estado y lo que andaba haciendo.
—¿A qué huele una biblioteca? ¿Cómo puede olerlo, si no respira usted?
¿Cómo habría descubierto mi paradero estando en casa de mis familiares mientras yo...
? —Se interrumpió para tragar saliva y se apresuró a cruzar las manos a la espalda, como si la hubiera cazado robando—.
Mientras yo realizaba los pertinentes recados —completó en tono inocente—, que en ningún caso serían de la incumbencia de su señoría el marqués de Volteran.
Dariy se enderezó con una oscura ceja arqueada, probablemente preguntándose qué clase de mocosa osaba desafiarle. Lenore había perdido la esperanza de volver a oír —o presentir, o incluso sufrir— su voz cuando él se encaminó al tocador, relajado, y comentó: