CAPÍTULO 9
—¿Eleonora! —tronó su abuelo nada más oírla llegar.
No debía de haberla descubierto por el sonido de sus pasos.
Había tomado la precaución de deshacerse de los zapatos ante el atónito mayordomo y deslizarse con sigilo vestíbulo a través.
Habría sido el susurro del abrigo empapado al deslizarse por sus hombros, ateridos por el chaparrón que la había obligado a regresar antes de lo que le habría gustado.
Lenore se enderezó con un gesto premeditadamente culpable.
Él no le dio pie a justificarse. Avanzó hacia ella sin usar el bastón como apoyo. Su indignación era tal que apenas se balanceó en su carrera.
Tales milagros podía obrar la rabia en un hombre que había visto peligrar su reputación.
—¿Dónde demonios te habías metido? ¡Por la cuenta que te trae, ya puedes ofrecer una excusa verosímil, o de lo contrario...!
—Vengo del cementerio, abuelo —se justificó en voz baja, la cabeza gacha como exigía la etiqueta de un rapapolvo—. Necesitaba ver a mi padre y la visita se ha alargado más de lo previsto.
—¡Tonterías! ¿Desde la una de la tarde hasta las nueve de la noche en el cementerio? ¿Sabes a quién intentas tomar por necio, joven?
Lenore se mordió el labio inferior, fingiéndose escarmentada.
Suerte que había pasado todo el camino de vuelta estudiando un pretexto tras otro para ofrecerle al aventajado Humbert una coartada creíble, porque por supuesto que sabía a quién pretendía engañar para mantener a salvo sus aventuras: a un hombre que, antes de convertirse en un reputado barón, había sido el más travieso de los canallas de la universidad de Oxford.
—Kensal Green ha sido mi última parada —admitió a regañadientes—, pero reconozco que no ha sido mi único destino.
Antes he pasado por casa de la ahora señora Featherington, una compañera de debut que contrajo nupcias hace un par de meses y me insistía con ahínco en que conociera a su esposo.
Más tarde he cumplido una promesa que le hice a la parroquia del barrio: las benefactoras de Spitalfields...
Humbert reaccionó como había cabido esperar, poniendo los ojos como platos y ciñéndola del brazo con un tirón que pretendía espabilarla.
—¡En Spitalfields! ¡En el East End! ¡Por el amor de Dios!
—Me comprometí a colaborar en la elaboración de unos canastos para los desfavorecidos de Tower Hamlets, abuelo.
Tanto mi padre como usted me enseñaron la importancia de ser una persona de palabra, y no quería embarrar el buen nombre de mi familia desentendiéndome de una obligación para colmo hermanada con los designios de Dios...
—¡Saca el nombre de Dios de esta conversación!
«Es usted quien lo ha nombrado primero, y con intención blasfema», se cuidó de replicar.
—Discúlpeme, abuelo. No se volverá a repetir.
—¡Desde luego que no se volverá a repetir! ¡A partir de hoy no pondrás un pie fuera de esta casa si no es acompañada de Theresa o de mí mismo, y nunca en un espacio público donde se te pueda reprochar tu escaso compromiso con el período de duelo!
—Pensaba que quería encontrarme un marido antes de mi vigésimo cumpleaños, abuelo.
—¿Y se supone que vas a hallarlo en Christ Church, en el condenado corazón de un barrio más pobre que las ratas?
—Mi buena amiga, la señora Featherington, ha adquirido contactos de prestigio a raíz de su matrimonio. Pensé que si coincidiera con alguno de los visitantes de su marido durante una tarde de té podría ahorrarle trabajo.
Humbert selló los labios en un rictus severo y cuadró los hombros.
—Creí que estaría metiéndote en cintura adoptando el rol del referente estricto y distante, un rol diametralmente opuesto al que ejerció tu padre para fracasar con estrépito, pero ya veo que solo ha servido para que te hagas a la idea equívoca de que podrías mentirme con descaro.
Por intransigente que me muestre contigo y enfocado que esté en tus responsabilidades como mujer, Eleonora, sigo siendo muy consciente de quién eres.
No has pisado jamás una iglesia por voluntad propia y es poco, por no decir nada, lo que una recién casada de diecinueve años puede ofrecerte a nivel conversacional para retar o solo satisfacer las exigencias de tu intelecto.
Dime dónde has estado y seré clemente al escoger tu castigo...
Como caída del cielo, Theresa se asomó bajo el umbral del salón de visitas y alternó una cálida sonrisa y una expresión apremiante entre Lenore y su marido respectivamente.
—Humbert, querido. Te recuerdo que tenemos visita.
Esta vez fue la joven quien frunció el ceño con prejuicio.
—¿Una visita? —Echó una ojeada al reloj de pared del vestíbulo—. ¿A las nueve y cuarto de la noche?
Theresa solo levantó las cejas —«¡Quién lo diría!», parecía transmitir— y regresó al saloncito para atender al invitado.
Lenore podía apostar su alma a que se había presentado por sorpresa. Lo confirmó al buscar la mirada de Humbert y toparse con una mueca contrariada.
En lugar de aportar explicaciones, la advirtió con su ceño ominoso de no repetir la escapada de la tarde y regresó junto a su esposa.
Lenore todavía permaneció unos segundos en la entrada. Aceptó el paño que una criada le ofreció para secarse el pelo y la poca piel del cuello que el escote cerrado dejaba a la vista.
Vaciló antes de reunirse con su familia en el salón.
Y es que, por más extravagancias que se le achacaran a su carácter, seguía siendo consciente de que tratar a un desconocido mojada de la cabeza a los pies no era lo más respetable.
Pero la curiosidad la vencía en estos casos, y conforme se fue acercando por el pasillo comprendió que había hecho lo correcto al priorizarla: en lugar de ir entrando en calor cuanto más se aproximaba a la salita, más eco se hacían los escalofríos que le sacudían el cuerpo.
Para cuando se detuvo bajo el umbral con el alma en vilo, tenía los vellos como escarpias y una extraña sensación de familiaridad oprimiéndole el pecho.
Sentada tan alejada del fuego del hogar como le habría sido posible sin levantar la sospecha de la anfitriona, se hallaba una figura tan monumental como sorprendentemente frágil; una suerte de estatua sedente grecorromana que refulgía, dorada, a la luz de la chimenea.
Su postura encajaba en lo entendido por los modales canónicos, ni muy repantigado ni erguido en exceso. La riqueza de su atuendo formal y la belleza de la que él mismo había decidido abstraerse mostrándose ajeno a ella hacían parecer que posaba para un retrato.
Esa debía ser la razón por la que su abuelo luchaba por moderar su incomodidad, como incómodo había de estar un hombre en presencia de otro con madera para seducir a su esposa con su sola proximidad, y extasiada se mostraba Theresa, que antes que mujer devota o titánica anfitriona era una humana vulnerable a los encantos del otro género.
Lenore se puso rígida y a punto estuvo de retroceder un paso al verle incorporarse con una tediosa lentitud que, aun sin estar exenta de gracia, una joven más orgullosa habría encontrado grosera.
Luego comprendió que no pretendía ir a saludarla, sino solo mostrar sus respetos a la muchacha que acababa de entrar al salón, y pudo volver a respirar.
Unos ojos como piedras calientes la contemplaron desde la distancia.
—Señorita.
La voz se le metió bajo la piel a través del consabido escalofrío que no habría podido olvidar ni aunque hubiese querido.
—¡Lenore! ¡No te había visto bien! —exclamó Theresa—. ¡Estás empapada! Dios mío, tienes que subir a bañarte antes de que el frío te cale los huesos.
El invitado no cambió de expresión con el comentario de la anfitriona, pero Lenore encontró su mirada en la búsqueda de una broma cómplice y percibió que sus ojos emitían un destello de diversión oscura: él sabía tan bien como ella que el frío ya le había calado los huesos en dos ocasiones previas.
Estaba ante la tercera, y decían que era la vencida.
—Antes debería presentarme al amable desconocido, ¿no? —preguntó con la voz de otra.
—Nuestro estimado vecino —anunció Humbert—, Dariy Vranitsky, marqués de Volteran.
—Volteran —repitió Lenore. Le sostenía la mirada sin pestañear, temiendo que un simple descuido desdibujara lo que estaba convencida de que era una visión—. No conozco sus tierras, milord.
—Pertenecen a una región muy lejana, señorita Nightingale. Quizá haya oído hablar de Transilvania. Se halla en...
—El centro de Rumanía, en la Europa oriental —completó ella, y aunque su perspicacia le valió un asentimiento aprobador, se reprochó haberle interrumpido.
Lo que Lenore quería era oírle hablar; entenderle—.
Sí que se encuentra en extremo alejado de nuestra Inglaterra, pero si es usted nuestro vecino deduzco que no ha venido para disfrutar de unas vacaciones.
—Llevo un tiempo viviendo en la capital —confirmó. Aún seguía de pie, y aunque sus ojeras purpúreas denotaban un cansancio proverbial, nada en su postura indicaba que estuviera ansioso por volver a sentarse—. En la casa de aquí al lado, para más señas.
—¿La mansión gótica? ¿La que tiene las ventanas tapiadas?
—Cuando cerré la venta del edificio ya estaban las ventanas en ese estado, y por pereza y resquemor hacia los amaneceres soleados decidí no invertir en lo que costaba reabrirlas —se justificó con sencillez.
La forma en la que hablaba en público no se acercaba a la manera en que se había dirigido a ella: ante sus parientes se adhería a la urbanidad, pero un fondo de autoridad incuestionable evitaba que sonara del todo amable.
Todo en él advertía de eludir cuestionamientos y, por supuesto, de ahorrarse la tentación de ofenderle—.
No se me había presentado la oportunidad de prestar una visita en condiciones hasta ahora...
, por desgracia, pues ahora veo que me estaba privando de una excelente compañía —apostilló con un cabeceo deferente hacia la anfitriona.
Theresa no dudó en sonreírle.
A Lenore le pasó por la cabeza el pensamiento fugaz de que se hubiese personado allí durante su ausencia para represaliar a los Loxley por su fisgoneo.