CAPÍTULO 8 #3
Le echó los brazos a los hombros y le recorrió la espalda pulsando ahí donde sabía que le gustaba.
Porque si algo había aprendido Isobel en sus primeros días de casada, era cómo complacer a su marido.
O, mejor dicho, si algo sabía Isobel después de veintidós años en el mundo, era que le convenía descubrir el modo de hacer felices a quienes la rodeaban, ya fuese fingiéndose invisible, riéndoles las gracias o prestando su cuerpo. Le apeteciese o no.
Fue cuestión de un intercambio de besos que Percy la despojara del batín y el camisón y la tendiese desnuda sobre la cama. Isobel se dejó hacer con la esperada laxitud, alternando sonrisas de complicidad con expresiones de placer que a menudo la sorprendían brotando sin tener que falsearlas.
Nadie le había explicado cómo se hacía el amor.
Su madre falleció antes de que fuera presentada en sociedad y su padre le había hablado de las implicaciones del coito de cara a la reproducción, evitando en todo momento incurrir en los aspectos prácticos —no se diga emocionales— del acto.
No lo culpaba porque informar de estas indicaciones no era ni por asomo la responsabilidad de un padre.
A un lado la torpeza de la noche de bodas, que en cualquier caso quedó eclipsada por las risas cómplices y la dulzura de sus caricias, Percy se empleaba a fondo para demostrarle que podía ser una placentera expresión de amor.
No era una gesta que tener en baja estima.
Isobel se describía como una mujer ajena a las pasiones, curada de las obsesiones que venían con el enamoramiento febril, por lo que convencerla de que hacer el amor no era una pérdida de tiempo requería de talento y obcecación.
Y también, suponía, de la chispa de la atracción física.
Sus conocidas la habían mirado con una mezcla de orgullo y envidia nada más conocer la noticia de su compromiso.
En un Londres donde el linaje aristócrata importaba cada vez menos y se deseaba, ya no tan en secreto, el dinero burgués, los hombres como Percival Bainbridge eran la fantasía de las madres.
Percy era hijo de uno de los abogados de mayor prestigio de la capital, quien a su vez había sido primogénito de un rico banquero; esto quedaba reflejado en sus educadas maneras y en las pinceladas de cultura universitaria con las que embellecía su conversación.
Además, había heredado del abuelo la planta orgullosa, y de la madre, el cabello oscuro y los ojos vivos.
Isobel no había pensado tanto en lo bien que la chaqueta cruzada se le ajustaba a la cintura como en los rasgos físicos que heredarían sus hijos.
Su único deseo desde la tierna infancia había sido formar una familia radicalmente diferente a aquella en la que había crecido.
Quería tener un niño que jugara con soldaditos de plomo, que soñara con destacar en Oxford, y una hermosa niña que la acompañara a Bond Street a elegir cintas para el pelo y vestidos apropiados para el próximo evento social.
Quería que su marido supiera comportarse en la mesa y no les hablara a los hijos de sus cirugías a pecho abierto mientras acariciaba el muslo de su esposa bajo la mesa; que no le robara besos en pleno pasillo, a la vista de su impresionable descendencia.
Quería que sus pequeños se quisieran entre ellos, pero sin rayar en la adoración, y que comprendieran desde niños que sus caminos estaban destinados a separarse.
Que no sufrieran por el inevitable distanciamiento fraterno, y que esto no interfiriese en su felicidad conyugal.
Percy ansiaba un futuro similar, de ahí que se decidiera por él en lugar de decantarse por otro pretendiente. Y como si hubiera sabido que necesitaba oírlo para recordar dónde estaba y a lo que aspiraba, se lo dijo nada más alcanzó el clímax y se derrumbó a su lado en la cama:
—Es cuestión de tiempo que te quedes embarazada, Bells, y cuando eso suceda habrás de volcar en tus hijos la preocupación maternal que ahora acapara Lenore.
Isobel asintió, de acuerdo con su firme advertencia. Mantuvo la vista clavada en el techo de tela de la cama de cuatro postes mientras Percy encontraba la postura cómoda para dormir.
Era impropio que marido y mujer compartiesen el dormitorio; cada uno disponía del suyo y lo ocupaba con la honrada excepción del rato que les tomara engendrar. Pero Percy estaba enamorado de ella, como bien sabía Isobel, y no había habido noche que no descansara aferrado íntimamente a su cintura.
No se opuso a que le apoyara la barbilla rasposa en el hombro desnudo. En completo silencio, se limitó a cubrirse el pecho con pudor. Orientó el rostro hacia la ventana con la cortina corrida, desde donde la luna llena le devolvía la mirada.
¿A quién quería engañar? Ella también deseaba gozar de una vida propia. Dirigir todo su interés y, por ende, sus cuidados y energía a la casa en la que vivía ahora, al marido que la apreciaba, a las obligaciones de la esposa en la que se había convertido.
Pero sabía que hasta que Lenore no encontrara su camino no conseguiría estar en paz.
Dejó que la belleza de la luna la meciera como en una fantasía.
Siempre había hallado un misterioso consuelo en la contemplación de la noche, en su silencio sepulcral.
Cerró los ojos, sintiéndose amparada por su luz de plata, y, como venía siendo costumbre, se sumió en un sueño plagado de figuras enigmáticas.