Immortalis CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Por supuesto, Gulliver no se anduvo con paños calientes porque Isobel había cumplido diecisiete años unos días antes, lo que significaba que sabía diferenciar entre el bien y el mal.

No habría sido necesario que le explicara lo que estaba ocurriendo para que asimilara su gravedad y se lanzara a proteger a Lenore.

Ya empezaba a moverse por los salones, cosa que siempre ampliaba las miras, y estaba intimando con sus primeras amistades fuera del ambiente familiar.

Además, aunque no hubiera manifestado por la medicina el mismo interés que la menor, conocía las peculiaridades de según qué cuadros clínicos.

Estos contactos primitivos con el mundo real le habían bastado para reconocer en Lenore la otredad.

La otredad respecto de sus jóvenes amigas, respecto de sí misma, respecto de la normalidad.

La otredad de padecer la histeria y la melancolía de las que se hablaba en voz baja en espacios públicos; una histeria y una melancolía elevadas a la enésima potencia y capaces de hacer de la vida de quien la sufría, así como de la de sus allegados, un auténtico infierno.

Isobel estaba convencida de que su padre jamás había pretendido que mantuviera a su marido en la inopia y que no se revolvería en su tumba si descubriera que con él había roto su promesa.

Percy no era una vieja amiga circunstancial de su debut, sino la persona más importante de su vida.

Y, aun así, no se atrevía a decirle, ni siquiera para limpiar el nombre de Lenore, que el dolor de la pequeña sí era más importante que el suyo porque podía llevarla a los lugares más oscuros.

«Lugares que ni tú ni yo podemos imaginarnos, Bells», le había dicho su padre.

Desde luego que no podía. Isobel jamás había sufrido hasta el punto de arrancarse el cabello, arañarse hasta que brotara la sangre e incluso tratar de adelantar su muerte.

Al igual que Lenore, ella tampoco había sido capaz de pegar ojo las semanas posteriores al fallecimiento de la señora Nightingale, pero porque oía a su hermana llorar y aullar hasta desgañitarse, deambular por la casa en busca de un objeto con el que infligirse heridas que le recordaran que, para su inmensa desgracia, ella seguía viva.

Había visto cómo le temblaban las manos durante las lecciones de costura y bordado que el doctor tuvo que suspender después de descubrir que Lenore se introducía las agujas bajo las uñas.

Isobel no sabía quién había investigado más a propósito del comportamiento de su hermana, quien de la noche a la mañana se convirtió en una persona irreconocible.

Su padre se había volcado en los textos publicados sobre la neurastenia, sí, pero ella había aprovechado que una de sus conocidas se había casado con un francés para rogarle mediante carta que le hiciese llegar todas las publicaciones de Jean-Martin Charcot, un médico especialista del hospital de la Salpêtrière de París.

Para el momento en que Lenore se transformó en una víctima casi mortal de sus impulsos suicidas, el trabajo del galeno acerca de la histeria femenina se había convertido en la prioridad de Isobel.

Todas las observaciones que el médico documentó sobre la sintomatología física y sus causas llegaron a manos de Isobel en su idioma original; suerte que había mostrado un gran interés por las lenguas romances, incluida su raíz, el latín, y no le supuso esfuerzo alguno contarle a su padre que el tratamiento mediante hipnosis funcionaba con un elevado porcentaje de éxito.

Para cuando llegaron a Inglaterra algunas traducciones de los estudios de Freud, Lenore ya había superado los peores estadios de la enfermedad gracias a las técnicas de Charcot.

Gulliver no llegó a implementarlas en el hospital pese a tratar con numerosas enfermas de esta dolencia, en su mayoría prostitutas.

Bajo ningún concepto habría compartido con sus allegados que sabía del hipnotismo porque su hija adolecía de la misma afección que las marginadas de Whitechapel.

No obstante, defendió el psicoanálisis freudiano de sus detractores, en su mayoría médicos conservadores que antes atribuían la histeria a un problema o falta de moralidad femenina que a un defecto del sistema nervioso.

Si Isobel estaba convencida de que Lenore había superado la muerte de su madre gracias a la medicina, no creía que fuese tanto por las largas sesiones de hipnosis como por el hecho de haber encontrado en ella su vocación.

Entre los libros del doctor Nightingale y los relatos nocturnos de los pacientes que este había recibido en consulta a lo largo del día, Lenore había hallado después de un período muy oscuro una poderosa razón para seguir viviendo: la de librar a los seres humanos de padecimientos como el suyo.

Huelga decir que Isobel no apoyaba que las mujeres desempeñaran funciones o labores reservadas para el género masculino.

Opinaba que el mundo debía obedecer a un orden para no sucumbir al caos, y si dicho orden exigía respetar las distinciones establecidas por el género binario, que así fuera; ¡menudo desastre supondría lo contrario!

Ahora bien, nunca había encontrado el valor para oponerse abiertamente a las actividades médicas de su hermana por miedo a desencadenar un segundo brote...

o solo por mera humanidad. Y es que si existía una persona en el mundo con la habilidad de expandir sus miras a costa de salir una y otra vez de su zona de confort, algo que, en lo personal, la mayor encontraba aterrador, esa era la perspicaz Lenore.

Le costaba perdonarse que su hermana pequeña fuera quien la inspiraba a ella y no al revés. Lo interpretaba, aparte de como una suerte inconmensurable, como uno de sus tantos fracasos.

Isobel se levantó del tocador y prestó la debida atención a su marido, que lógicamente seguía irritado. Aquella era la discusión de nunca acabar. Percy intentaba mostrarse comprensivo, pero no siempre conseguía reunir el coraje necesario para aceptar que su esposa tenía una prioridad que no era él.

No era justo que un hombre casado debiese reivindicar su lugar en la vida de su mujer: mendigarlo, incluso. No se lo había trasladado aún con todas las letras, pero Isobel podía sentir su decepción al igual que por desgracia lo sentía absolutamente todo.

Se acercó a él por la espalda y le abrazó la cintura. Acababa de quitarse la camisa. La calidez de su piel le resultó tan agradable que apoyó la mejilla en su hombro y cerró los ojos para absorberla.

Quizá en ese calor familiar lograra encontrar algún día la paz que se le escurría entre los dedos.

—Recuerda que no la conoces como yo. Es una joven en extremo sensible. Aunque ella no lo crea, me necesita. Necesita que la protejan.

—Estoy de acuerdo —respondió en voz alta, en lo absoluto dispuesto a dejarse conmover.

Percy era un hombre tajante en sus determinaciones.

Si decidía tomarle ojeriza a un individuo, no había marcha atrás—, pero no es tu obligación, sino la de quien se convierta en su marido.

Lo que necesita, pues, es encontrar un pretendiente honrado, como toda mujer de bien.

Debería dejar de tratar al inspector Whishaw como un desconocido y aceptar su cortejo.

Aunque era anatómicamente imposible que Percy lo notase, se apartó de él para que no descubriera que se le había acelerado el corazón.

—En eso convengo contigo. Creo que Lenore se beneficiaría de la compañía de un hombre recto y afectuoso como él.

Su marido giró sobre los talones para mirarla a los ojos.

—Tú te has beneficiado de la compañía de un hombre recto y afectuoso, ¿no?

Ella sonrió con cariño.

—Por supuesto. He salido ganando en este pequeño acuerdo llamado matrimonio, porque no creo que tú puedas decir lo mismo.

Seguro que cuando pediste mi mano no esperabas toparte con una mujer tan obstinada —comentó con sentido del humor.

No era una disculpa, pero sí algo muy parecido y con lo que Isobel no contradiría ni sus sentimientos ni mentiría burlando el mandamiento divino: lamentaba herirle y, aun así, seguiría haciéndolo—.

Si no, apuesto a que habrías corrido tras las faldas de Mary Fennell.

Percy depositó sobre la colcha la prenda que acababa de quitarse. La apenó enfrentarse a su mirada de resignación, incluso si a su vez estaba empañada por el amor sincero. Ni siquiera habían cumplido su primer aniversario —ni tan solo un mes de matrimonio— y los problemas ya empezaban a pesarles.

No tanto como el deseo aguijoneaba al marido, por suerte. Percy le colocó un mechón de pelo tras la oreja y le sonrió de lado, como cada vez que ella hacía un comentario ingenuo.

—Subestimas mi eminente tolerancia al dolor, querida. Quizá me inclinara más por ti que por la señorita Fennell precisamente porque intuía una vida ajetreada. Ya sabes que desprecio el aburrimiento.

—Ajá. Es el caramelo de los vagos y los amargados —lo citó con una leve sonrisa.

Percy asintió con conformidad, aplaudiéndole la memoria.

Sus dedos seguían acariciándola detrás de la oreja, casi como si no quisiera que fuese consciente.

Todavía demoró unos segundos en inclinarse a besarla en los labios, beso que ella aceptó con el urgente deseo de conciliar, siempre con el sentido del deber por delante.