CAPÍTULO 8
—Creo que debería mudarme con mi abuelo una temporada.
Percy soltó con estrépito el botín de cuero que acababa de desanudar. Sin llegar a incorporarse del todo, apoyó los codos sobre los muslos y desde la descalzadora miró a su esposa procurando que la incomprensión primara sobre el fastidio.
—¿Mudarte, dices?
Ella siguió lustrando la melena negra con el cepillo de cerdas de jabalí, fingiéndose ignorante de su más que obvia contrariedad.
No apartó la vista de sus ojos reflejados en el espejo.
La falta de descanso y la preocupación constante en la que vivía atrapada desde el entierro se los había inyectado en sangre.
—Solo hasta asegurarme de que mi hermana sobrelleva el luto con relativa bonanza. Calculo que no estaría ni un mes fuera; a lo mejor quince días...
—¡Quince días! ¿Para eso no sería mejor que la visitaras en las tardes? Si es que tu pretensión es cuidar de sus erráticas sensibilidades y no deshacerte de mí, claro —ironizó con humor.
Pero Isobel conocía a su marido y sabía de sobra cuándo hacía un mal uso del sarcasmo cómico para enmascarar su irritación.
Sacudió la cabeza y volvió la vista al otro lado de la ventana de su dormitorio. Una luna creciente brillaba en el cielo como un reflejo de plata en aguas negras. Depositó el cepillo sobre el tocador y se abrazó los hombros, estremecida de nuevo por el mal augurio de siempre.
Uno que no cesaba de perseguirla.
—Lenore ha recibido la misma educación que yo, Percy.
Aunque a veces no le apetezca exhibir su talante encantador, es innegable que lo posee y sabe cuándo le conviene emplearlo.
En una visita semanal o incluso diaria de dos, tres horas a lo sumo, podría convencer hasta a un espiritista de que es la jovencita más feliz del reino.
—Y si es su deseo fingirlo hasta creerlo, ¿por qué no concederle el gusto? A mi modo de ver es una táctica para asimilar la pérdida tan legítima como otra cualquiera.
—Es una forma de ocultarla —corrigió con tristeza—, y la negación implícita en el enmascaramiento cronifica la pena. Imposibilita su sanación.
—¿Quién no se enmascara en este mundo en el que vivimos? Es lo que nos enseñan nada más nacer, Bells: cómo disfrazar nuestro verdadero sentir en beneficio del saber estar. Insistiendo en que se abriera contigo la estarías forzando a remar a contracorriente. La estarías consintiendo. Como siempre.
—Conozco a mi hermana, Percy. Que se refugie en su soledad, en sus retorcidos pensamientos e ideas descabelladas es peligroso.
—Peligroso ¿para quién? —exclamó al fin, harto de la misma conversación.
Arrojó el segundo botín de cualquier manera al otro extremo de la habitación y se levantó para acudir a su encuentro.
Isobel notó la suave caricia de sus manos sobre los hombros, donde la empezó a masajear persuasivamente.
Moderó el tono para continuar—. Yo también tengo una hermana pequeña, así que créeme cuando te digo que este comportamiento que despliega no es más que un intento de llamar tu atención.
Los jóvenes viven por y para exasperar a sus mayores.
—Te equivocas —replicó sin apenas voz, sin verse o reconocerse en el espejo. Tampoco veía o reconocía a su marido—. Yo no existo para Lenore.
—¡Con más razón te insisto en que te desprendas de todo recelo u obligación!
Es más: esta última percepción tuya casa mejor con la idea que tengo de ella que con la que vendes de presunta alma frágil.
Desde que la conocí, se me ha antojado una jovencita insensible, obsesiva y profundamente egoísta.
Conmigo ha sido un colmo de cortesía y la encuentro también muy divertida, en sus raros días de extroversión, pero eso no compensa y ni mucho menos repara el mal que siembran sus defectos.
Bien sabes que he intentado quererla —terminó suspirando—, pero me es imposible cuando no hace otra cosa que causarnos sufrimiento... a ti primero y a mí por extensión.
—No la ataques de ese modo, te lo ruego.
—¿Cómo no la voy a atacar? —se ofendió, y le soltó los hombros para instarla a girarse en el taburete y encararlo de frente.
Isobel no quiso hacerse responsable de su indignación—.
Tú también has perdido un padre, Bells, y no la veo desvivirse por proporcionarte el consuelo que necesitas.
No es justo que pases noches enteras sin dormir, que te descuides a ti misma de tanto pensar en ella, y sea la señorita Yo, Mí, Me, Conmigo quien reciba los aplausos.
El afecto y la compasión que tu parentela vuelca en tu hermana es afecto y compasión que se te escamotea a ti.
No puedo soportar tan injusta desproporción.
—Sabes que odio que arremetas contra ella a la menor oportunidad, Percy.
—Esta no es la menor oportunidad, sino el momento oportuno. ¿No ves cómo acapara la conversación a su conveniencia? ¿No ves cómo da por hecho que estás ahí para servirla, y se atreve a desmerecer tus cálidos acercamientos poniendo los ojos en blanco?
Isobel se llevó las manos a las sienes y sacudió la cabeza, donde empezaba a instalarse la cefalea de todas las noches.
—Todo esto es culpa mía —murmuró—. Siento que no la despreciarías de esa manera si yo nunca te hubiera hablado de nuestras discusiones; si hubiese sido más benévola...
La mirada enfebrecida de Percy se suavizó hacia la compasión.
—Ojalá fueran solo las discusiones, querida. Ojalá fueran solo tus relatos familiares de discriminación y menosprecio. Pero resulta que también tengo ojos en la cara y veo a diario la confirmación de que no exagerabas al describirte como un miembro al margen.
Isobel fue a replicarle con frialdad que se callara de una vez por todas, pero no encontró el valor al hacer contacto visual con él.
La ira había agitado la respiración de su marido, quien para colmo la miraba como si ya no fuera ella, sino Lenore: a sus ojos había regresado ese odio atravesado que por fortuna sabía disimular en las visitas de domingo, pero del que Isobel estaba al tanto y que para su inmensa tristeza había visto crecer con el paso del tiempo.
Durante el breve cortejo de Percy, dudó si aceptar o no su mano por aquella exacta razón.
No le convencía la idea de introducir en la familia a un hombre que no adoraba a su hermana pequeña, si no con la misma devoción que ella, al menos gracias a la apreciación racional de sus numerosas virtudes.
Pero, para asombro de todos —el suyo el primero—, acabó dándole el sí repentinamente por ese mismo motivo; en concreto, justo después de una desagradable a la par que reveladora interacción con la propia Lenore.
Había llegado a la conclusión de que le sería propicio compartir su vida con una persona que por disposición natural la alejara de los Nightingale, quienes a fin de cuentas habían sido los antagonistas de su historia.
No había contado, sin embargo, con que el amor incondicional y desmedido que le profesaba a su sangre le impediría desentenderse del todo y que esto abriría una brecha dolorosa entre Percy y ella.
Relajó los hombros y le dirigió una sonrisa quebradiza a su marido, sonrisa que valía por una disculpa: le pedía perdón por haberlo hecho partícipe día tras día de las mismas y miserables diatribas... y porque seguiría haciéndolo en el futuro.
«Hasta que la muerte nos separe», recordó.
—Lenore es malinterpretada muy a menudo —le explicó con paciencia—. No es tan egoísta ni tan excéntrica como quienes no son próximos a ella insisten en describirla. Es una joven especial.
—Pues quizá debería empezar a preocuparse de la imagen que proyecta ante los demás.
—Oh, no —se rio Isobel con ternura, agitando la mano—. Lenore está muy por encima de las preocupaciones superficiales que aquejan a la mayoría de los mortales, entre ellas la reputación.
Percy no contestó enseguida. Se quedó mirando a su esposa con una concentración sospechosa, entre dolido y desesperado, como si no pudiera seguir soportando no adentrarse en las profundidades de su psiquis, que a menudo intuía tan compleja e inaccesible como la de Lenore.
—El rango especial se lo has otorgado tú, Isobel —dijo al cabo de un rato.
Empleó un tono de voz más serio, el que usaba con sus clientes, y se alejó de vuelta a la cama para empezar a desnudarse—.
Al final, sigue teniendo que responder a las mismas obligaciones sociales que el resto del mundo.
Porque, por si acaso se le ha olvidado, vive en el mismo mundo.
«Por desgracia para ella.»
Notando un nudo de culpabilidad en la garganta, Isobel siguió al elegante abogado con la mirada.
A fin de persuadirlo de amar a Lenore, habría destapado por fin la caja de Pandora, ahí donde llevaba toda la vida guardando con la requerida delicadeza las historias de terror que había presenciado en primera persona en su entorno familiar.
Pero hizo una promesa no mucho tiempo atrás, y si Isobel no juraba por su propia vida a la ligera, por la de su hermana menos aún.
Se acordaba con doloroso detalle de la noche que el doctor Nightingale la visitó en su dormitorio, se arrodilló ante su cama y la tomó de la mano para rogarle con una serenidad nunca vista en él que no hablara con nadie de lo que estaba sucediendo.
«La vida de Lenore quedaría arruinada para siempre, ¿comprendes? », le había explicado.
Aunque era un hombre de ciencias, su padre acostumbraba a hablarles a las niñas con metáforas coloridas y eufemismos, haciendo toda una fiesta del lenguaje que otros utilizaban únicamente para trasladar un mensaje.
Ese día se dirigió a ella por primera vez tal y como se habría referido a alguno de sus compañeros del hospital, e Isobel habría mentido si hubiera dicho que esto no la llenó de orgullo; la clase de orgullo que incentivaba a obedecer.
Había hecho con su padre un pacto de caballeros.