Immortalis CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

—Existe un subtexto erótico en los ataques que Varney comete contra Flora —le explicó con tiento.

Se acercó a ella despacio y sin apartar la mirada del rostro femenino, sofocado por la vehemencia con la que había defendido su argumento—.

Tal vez yo puedo verlo porque por mis venas corre la sangre de un escritor, que siempre es más sensible a lo implícito que el lector promedio.

Lenore se irguió.

—O a lo mejor puedes verlo porque eres un hombre y, a diferencia de mí, te mueven las bajas pasiones y no las virtudes del amor o la intelectualidad.

Edward le dio la razón con un cabeceo, aguantando en los labios una levísima sonrisa resignada. No estaba fingiendo la ternura que le despertaba su inocencia, pero tampoco era del todo honesto con los instintos que trataba de reprimir, esos a los que ella había aludido en un arrebato de temeridad.

—Sin duda algo tendrá que ver la experiencia masculina en la captación de los detalles y la interpretación de un texto, pero nunca he querido achacar los vacíos del saber a una condición de nacimiento.

Ni mucho menos los tuyos. Si algo te impide apreciar el encanto de lo subjetivo no es tanto porque vistas faldas como por el razonamiento científico al que sometes todo aquello que ves, procurando reducir incluso el arte a su más mínima y simple expresión: la que puede explicarlo desde la obviedad material.

Lenore arrugó el ceño, no porque se hubiera sentido atacada, sino porque él se detuvo a un solo paso de distancia.

Hacía años que no estaban tan cerca. En los salones de baile habían tomado la costumbre de emprender una danza silenciosa que consistía en trazar círculos desplazándose horizontalmente y en la misma dirección, como si existiera un foso entre los dos y hubieran de rodearlo.

Cuando los espacios en los que coincidían no eran tan amplios, procuraban ocupar un punto concreto nada más llegar y no osaban moverse hasta la despedida.

—No hay nada de simple en aplicar el método científico para solucionar un problema o, en este caso, medir la calidad e intención de un fragmento literario —replicó a la defensiva. Se negó a dar un paso atrás, convencida de que estaba ocupando un espacio al que tenía derecho.

De pronto se había convertido en una cuestión de vida o muerte demostrarle que no se sentía intimidada ni con su cercanía ni con el tema de conversación.

Tampoco con el tono aterciopelado con el que se dirigía a ella, como si encontrara entrañable su irritación o, peor, conociera su procedencia y se solidarizase con esta.

—El método científico excluye las variables emocionales como esas bajas pasiones a las que te has referido con desprecio. Es ajeno a su importancia igual que a todo aquello que escape a la comprensión racional —apostilló—. Y huelga decir que no todos los problemas son de tipo científico.

—Pero ¡todos se pueden solventar mediante un sistema de ecuaciones! ¡Solo despejando la incógnita! —contestó en voz alta. En el momento no sabría por qué alzó el tono; por qué deseó que alguna de sus hermanas irrumpiera en el despacho.

Él tuvo que comprender el porqué de su agitación —Dios santo, cuánto lo odió por ser tan perceptivo, por conocerla—, puesto que esbozó una sonrisa que solo habrían entendido ellos y le acarició la curva de la mejilla con los nudillos.

—Permíteme corregirme. No todos los problemas requieren solución... O, mejor dicho, no todo es un problema.

—¡Es un problema que consideres atractivo desangrar a una mujer!

—Desangrarla no es atractivo, pero una habitación oscura preñada de susurros y jadeos, el desmayo agónico de una joven después de que un hombre se haya saciado de ella; el roce no consensuado de palabra, pero rogado con una mirada ardiente...

Todo eso es deseable. Es el erotismo en sí mismo.

—Mantuvo el suspense durante un segundo en el que Lenore se sintió desfallecer y, para su espanto, añadió con la vista fija en ella—: Tú mejor que nadie deberías saber que lo que subyace a la superficie es lo que hace temblar la tierra.

El deseo que no se expresa, que nunca se consuma es, lo queramos o no, el motor de nuestra vida.

—Será el tuyo, Edward. Yo no vivo por nada que no pueda ver o tocar.

—Eso ya es una simple y llana mentira —murmuró sin otro argumento. No lo necesitaba—. Nunca has vivido por nada distinto de aquello que habita tus sueños.

Aunque no decía más que la pura verdad, y lo demostraba que estuviese persiguiendo el delirio de su padre, Lenore irguió la barbilla en un arrebato defensivo.

—Y los sueños, sueños son. ¿De qué sirve hablar de ellos, si nunca existirán fuera de los muros que contienen sabiamente mis ilusiones? Todo aquello que sienta y no desee materializar permanecerá condenado de por vida al terreno de la fantasía.

Edward le sostuvo la mirada con los ojos encendidos, no supo si porque el entendimiento iluminaba la razón y, por ende, los espejos que la transmitían, o porque se rebelaba con férrea decisión contra su testarudez.

Cerró las manos en dos puños. Era la forma en la que un hombre con sus pasiones rezaba para que el autocontrol no lo abandonara.

Y no lo abandonó, porque no dijo nada y Lenore pudo marcharse del despacho con el penny dreadful y la paz interior de haber condenado abiertamente los sentimientos de los dos.