CAPÍTULO 7
Aceptó la invitación de Edward procurando no mirarle a la cara, sospechando que vería florecer en su semblante una emoción que prefería refugiar en el desconocimiento.
Él le sostuvo la pesada puerta de madera maciza para que pasara antes; ella se adentró, no sin la pertinente impresión, en la acogedora guarida del animal intelectual que era Archibald B. Whishaw.
Aunque no era el mismo despacho en el que el niño Eddie y la niña Noor se habían infiltrado mil veces, escurridizos y traviesos como eran, los recuerdos de la antigua casa y su viejo escritorio la embargaron.
¡Cuántas veces no se habrían escondido bajo la techumbre de la mesa, a los pies del crujiente sillón de cuero, para narrarse por turnos historietas solo interrumpidas por las ansias de deslumbrar al otro!
Aunque Lenore era despierta y soñadora, Edward siempre había sido más creativo que ella.
Poco importaba que sus relatos no tuvieran ni pies ni cabeza y Lenore se lo señalara desde el más estricto sentido común; él desmontaba sus contraargumentos dotando a los personajes y la trama de particularidades que su padre, en el fondo carente de esa chispa de lucidez que tenían los verdaderos genios, habría deseado concebir en su mente infértil.
Les gustaba, también, introducir en los cajones secretos las manitas manchadas del azúcar y la mantequilla de los toffees caseros.
No les interesaba el contenido del papeleo, los borradores insulsos y páginas descartadas del autor, sino fingirse detectives en busca de la verdad sobre el asesinato que se habían inventado en uno de sus juegos.
Si cerraba los ojos, Lenore todavía podía sentir bajo los dedos las fibras suaves de la majestuosa alfombra que ocupaba todo el estudio del escritor, sobre la que Edward y ella se revolcaban a matarse de cosquillas, a leer sus respectivos libros infantiles, a dotar de vida a las figuritas de plomo y caballos de madera tejiéndoles una trama propia de libreto teatral.
Lenore no se dio cuenta de que había cerrado los ojos, invadida por los recuerdos. Cuando los abrió, descubrió que Edward la había estado mirando desde el rincón de lectura con el hombro apoyado en la pared.
Se había deshecho de la chaqueta. En mangas de camisa y manipulando la pipa de su padre con aire distraído, parecía tan cómodo en su piel que sintió que estaba viendo algo que no había sido creado para su deleite.
—Aunque sea otro despacho, huele igual, ¿verdad?
—comentó Edward. Incluso si seguía proyectándola con su frescura natural, en el silencio de la sala su voz sonó diferente; más íntima—.
Yo le echo la culpa a esta basura. —Sacudió la pipa en sus narices antes de arrojarla sobre la mesilla donde descansaban las últimas lecturas: un poemario de Tennyson y la filosofía de Thomas Henry Huxley, por lo que Lenore alcanzó a ver.
Edward se frotó las manos para deshacerse del olor a tabaco que pudiera haberlas impregnado y se dirigió con denuedo a la caja lacada que dominaba una de las estanterías surtidas de libros encuadernados.
No tuvo que rebuscar por mucho tiempo. Extrajo al azar un puñado de folletines ilustrados y los examinó por encima a la caza y captura del título de su interés.
A Lenore le habría gustado decir que se acercó para acelerar la búsqueda, pero permaneció quieta como un animal asustado en el corazón del despacho, contemplando con una mezcla de recelo y distante anhelo cómo el chaleco de paño de lana se adhería a su estrecha cintura; el triángulo de cabello que penetraba en la gruesa nuca como un cabo de tierra en el mar.
Edward cantó victoria agitando los folletos con una sonrisa de alivio. Ella reaccionó a su mirada enderezándose en el acto, escarmentada por unos pensamientos que esperaba no haber dejado traslucir.
—¿Crees que lograré leer todo lo que se ha escrito jamás sobre el vampiro Varney en tanto que tu padre duerme la siesta? —preguntó para posponer el momento de acercarse.
Fue Edward quien redujo la distancia para tenderle uno de los relatos, que ella aceptó con vacilación.
—No subestimes las siestas de mi padre. Napoleón fue nombrado emperador de Francia y exiliado a Santa Elena durante una de esas.
Lenore encontró divertido el comentario, pero apenas curvó los labios en una sonrisa distante. Desvió la mirada hacia los folletos y deslizó los dedos por las páginas con aparente indiferencia, distraída de pronto de lo que había ido a hacer allí.
La presencia de Edward era algo incontestable. Constituía un firme toque de atención.
—El protagonista se conoce como sir Francis Varney —le contó él con su garbo natural, indiferente a la violencia con la que Lenore vivía su cercanía—.
Su principal objetivo a lo largo de las entregas consiste en atacar a una familia inglesa, en concreto a la joven Flora, una bella señorita sobre la que proyecta toda suerte de fantasías perversas.
Como podrás observar si vas hojeando las cuartillas —prosiguió, y alargó la mano para invitarla a acelerar la primera toma de contacto con la historia—, los relatos alternan turbias agresiones a la humilde parentela de Flora con los misterios que giran en torno a dicha familia, persecuciones y huidas...
Todo esto sin perder de vista que el objeto de interés es Varney en sí mismo, sobre cuyo pasado se van desvelando tenebrosos recuerdos que aportan mayor complejidad al personaje.
—¿Mayor complejidad respecto a quién? —preguntó sin apartar la vista de los folletos.
—A diferencia de uno de sus predecesores inmediatos, el vampiro de Polidori, Varney no es un cruel depredador disfrazado de dandi, sino una criatura que para desgracia de su espíritu melancólico es a menudo consumida por la sed de violencia.
Ahí donde lord Ruthven es enemigo de la moralidad, Varney se presupone capaz de arrepentimiento; en tal grado que aplica contra sí mismo el último castigo...
Edward se interrumpió cuando sus dedos tocaron los de Lenore en su propósito de desviarla a la última página.
Ella retiró las manos del panfleto, sobresaltada con un roce que entendió como traicionero.
Retrocedió un paso, incluso, y sentenció que no volvería a coger los papeles manteniendo los brazos junto a la cintura, controlando así un temblor confuso.
Se pasó la lengua por los labios.
Era muy consciente de que Edward la estaba mirando en silencio, y no con juicio hacia su reacción, algo que ella podría haber aceptado con alivio, sino con esa compasión cómplice que le hacía no ya partícipe de su secreto, sino su principal sufridor.
«Simplemente no quiero que me toque. Eso es todo.»
—Los penny dreadfuls solían ir acompañados de imágenes —retomó Edward al cabo de unos tensos segundos.
Lenore le estuvo agradecida porque supiera reconducir las situaciones incómodas, pero una recóndita parte de sí se quedó fantaseando con que la echaba de allí para siempre, por fin harto de sus excentricidades, y la liberaba de sí misma y de sus expectativas—.
Échales un vistazo, si te apetece... o si te atreves a adentrarte en el oscuro mundo de los vampiros.
Sin avanzar un paso ni moverse más allá de estirar el brazo, le ofreció los relatos con la promesa de retirarse acto seguido. La cumplió en cuanto los dedos de Lenore tocaron el borde de la historia que eligió al azar.
Aguantó el aliento al toparse con una ilustración del vampiro Varney.
Aunque estaba deslavada por el tiempo y la imposibilidad de conservar la impresión en perfecto estado, la imagen no admitía espacio para las dudas.
Mostraba a una bella joven con el rostro demudado de terror y los brazos arrojados en la única salida visible, la puerta que le permitiría huir de la criatura de aspecto humano que se abalanzaba sobre ella.
En esa ilustración concreta no habían pretendido retratar al vampiro como un monstruo a pesar de la pose sugerente.
Lucía las vestiduras que cabría imaginar en un caballero a la moda de la época, con su pañuelo al cuello y el elegante gabán desplegado en su esplendor por exigencia de la postura de ataque.
—Si crees que es un dibujo aterrador, echa un vistazo a los grabados de esta entrega. —La voz de Edward le llegó como un eco lejano, así como la mano que le tendió la cuartilla—. Recuerdo que siendo niño me dejó una fuerte impresión.
Lenore intercambió una mirada extrañada con él antes de pasar las páginas del relato. No tuvo que preguntarle si se refería a la ilustración de la cama: el corazón le brincó en el pecho nada más posar la vista sobre ella.
La explicitud de la imagen le impactó tanto que pudo imaginarse cómo habría reaccionado el pequeño Edward.
Al menos ella nunca había visto antes ilustraciones con poso erótico, y aquel sin duda lo tenía...
o Lenore pensaba que lo tenía porque apenas unos días antes había experimentado en sus carnes lo sensible que era el cuello a la proximidad de un monstruo cautivador.
La cuartilla representaba la arremetida de Varney contra otra joven, esta tendida boca arriba en el lecho. Lenore pestañeó varias veces, impactada, para cerciorarse de que no se trataba de una ilusión óptica y en efecto la mano del vampiro agarraba uno de los pechos de la muchacha.
Ella también tenía el rostro contraído en una mueca, pero Lenore no estuvo segura de que fuera correcto catalogarla de terror. Le parecía que el arco de sus cejas matizaba sus sentimientos hacia una suerte de agonía placentera.
—No lo entiendo —musitó con la garganta seca—. ¿Hay escenas de amor en los relatos de Varney?