Immortalis CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

La benjamina se le arrojó a los brazos con la energía de un torbellino de agua. Bajo el dintel de la que debía ser la salita de uso personal de las jóvenes Whishaw, una muchacha de dieciocho años recién cumplidos observaba la escena con gesto prudente y un bordado a medio hacer en la mano.

La sonrisa bobalicona en los labios de Ophelia no dejaba lugar a dudas: contenía su alegría, pero celebraba con la misma ilusión la insólita visita del hermano.

—¡Has venido con Lenore! —gritaba Seraphina, que no discriminaba a la hora de expresar su afecto.

Se lanzó a estrechar a la joven entre sus brazos, y no fue hasta después de halagarla desde todos los ángulos posibles que recordó la reciente tragedia—.

Dios mío, Noor, ¡no sabes cuánto lo siento!

¡Cuando supe que el doctor había fallecido estuve dos semanas llorando!

¡Le adoraba! ¡Es más: de niña estaba enamorada de él hasta el tuétano!

Era temporalmente imposible que hubiera llorado quince días una muerte que databa del sábado anterior, pero Lenore no habría podido ofenderse con la tendencia a la teatralidad de una criatura tan brillante.

Todo en ella destellaba como el oro viejo: la melena dorada, los ojos como topacios relucientes, la piel bruñida de una sirena mediterránea.

—Me alegro de verte —le decía Ophelia a Edward en voz baja.

El mayor se había desplazado para abrazar en condiciones a la muchacha, quien acto seguido cabeceó en deferencia a Lenore y le transmitió sus condolencias sin necesidad de palabras; así de expresivos eran sus ojos grises—.

Padre no ha amanecido en su mejor forma y ha optado por retirarse a sus aposentos después del almuerzo.

Madre ha aprovechado su descanso para prestarle una visita formal a la vecina y llevarle una compota de frutas con natillas.

—La señora Tompson perdió a su marido la semana pasada y se la oye llorar día y noche desde entonces —le explicó Seraphina a la invitada. Se cubrió los oídos con las manos—. ¡Es insufrible!

Si con alguien podía simpatizar Lenore en sus actuales circunstancias, era en todo caso con la desconocida señora Thompson.

Pero resultaba tan sencillo posicionarse del lado de las banales preocupaciones de la jovencita de dieciséis años que, si bien en el momento Lenore disfrutaba de su chispeante personalidad, volviendo a casa se sentía injusta: Seraphina era tan absorbente y firme en sus convicciones que uno le daría la razón incluso si se proclamara en contra de una vida inocente.

—En ese caso evitaré perturbar su descanso. Espero que me disculpe que eche un vistazo al baúl de sus recuerdos —comentó Edward— o, si no, que nunca llegue a enterarse de mi sigilosa incursión. Seguro que estas dos bellas señoritas me guardarán el secreto.

—Por un módico precio —apostilló Seraphina, balanceándose sobre los metatarsos con las manos cruzadas a la espalda.

—¿Un módico precio? ¿Pretendes sangrar a tu propio hermano?

—Dices «mi propio hermano» como si se tratara de una crueldad insólita; más bien se diría que pretendo sangrar precisamente a mi hermano.

—¡Cuán minucioso es su manejo de la lengua, señorita Whishaw! ¿No será usted por casualidad la hija menor de un formidable escritor? —comentó Edward con afectación.

Seraphina le dirigió una flamante sonrisa con hoyuelos, idéntica a la de su hermano mayor; tanto así que Lenore notó una punzada en el estómago al verla.

La joven aceptó el cumplido con una graciosa reverencia con la que no le importó mostrar los tobillos.

Lenore asistió al intercambio a caballo entre la tierna diversión y la nostalgia.

La relación con su propia hermana estaba y siempre estaría marcada por los trágicos acontecimientos que habían trastornado su crecimiento. Jamás podrían regresar a la dulce inocencia y la naturalidad con la que Edward se relacionaba con su parentela.

—¿Debería acompañaros? —inquirió Ophelia, vacilante—. Ejercer de carabina en el despacho, quiero decir.

Lenore abrió la boca para exhalar una afirmativa aliviada, pero Seraphina fue más rápida —siempre era más rápida— y se arrojó sobre su hermana dos años mayor con la intención de sacudirla.

—¡No digas tonterías, Cillia! ¡Es nuestra querida Noor! ¿Crees que sería elegante tratarla como a una de las estúpidas conquistas de Eddie, o siquiera justo con el lugar que ocupa en esta familia?

—Es lo apropiado; lo que se acoge al decoro, y...

—¡El decoro arruina la naturalidad de los intercambios! ¡En el decoro no puede existir la amistad! —Sin aceptar una negativa como respuesta, Seraphina empezó a empujar a Ophelia al interior de la salita, no fuera a oponerse físicamente a la infamia que estaba proponiendo—. ¡Disfrutad!

No solo consiguió imponer su voluntad, sino que selló sus palabras con un portazo tan indecoroso como los principios que defendía.

Lenore se quedó rígida hasta que fue consciente de su ridícula aprensión y se la reprochó enderezándose. Una aprendiz de doctora, quizá hasta futura doctora, no podía concederse mojigaterías absurdas, y menos en presencia de un amigo.

Un muy buen amigo.

Así pues, se tragó la perturbadora pregunta que se había quedado flotando en su cabeza —¿de qué estúpidas conquistas estaba hablando Seraphina?— y siguió el fluido paseo de Edward pasillo arriba.