Immortalis CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Hay que ser audaz para acusar de grosera a una recién proclamada huérfana cuando no existe mayor descortesía que un pésimo sentido de la oportunidad.

—Digamos que no suelo pensar tanto en ese sentido de la oportunidad que dices como en la oportunidad en sí misma que se presenta. —Abarcó el carruaje con un aspaviento—. Ya que estamos aquí tú y yo, me ha parecido procedente sacar a colación una actitud desatinada que clama al cielo.

—No hay nada más desatinado que exigirle coherencia a una joven doliente.

—¿Y exigirle coherencia a mi amiga Lenore?

¿Eso tampoco puedo hacerlo? —Enarcó una ceja.

Viendo que ella no daba su brazo a torcer y permanecía rígida en el sitio, Edward arrastró las caderas al borde del mullido asiento y entrelazó los dedos sobre los muslos—.

Repasemos los hechos, ¿quieres? La víctima llega a las once cuarenta y cinco a la vivienda del barón Fellowes, que cohabita con su deliciosa esposa Theresa desde hace ya dos inviernos.

—¿Deliciosa?

—Allí, la ofensora le recibe con palabras amables.

¡Incluso acepta el ofrecimiento de su mano para ser guiada hacia el salón!

Ah, pero procura mantener una distancia abismal, rayana en lo absurdo, con la víctima, y evita establecer contacto visual con él a lo largo de la afable reunión.

Entonces, durante un debate literario no particularmente elevado, se aviva en ella un destello de interés, ¡oh!

—exclamó con los ojos muy abiertos. Lenore tuvo que esforzarse por mantenerse impertérrita, aun cuando había estado a punto de hacerla reír ya dos veces—.

En ese momento, la ofensora pone toda su atención en la víctima, con el único objeto de cumplir su voluntad: ojear unos antiguos relatos de corte fantasioso.

La víctima cede a los deseos de su verdugo porque, al final, solo es un hombre de naturaleza sensible, incapaz de negarse a las peticiones de una bella joven —se puso la mano en el pecho con aire trágico, a lo que Lenore puso los ojos en blanco y le rehuyó la vista para ocultar un rubor bochornoso—, y todo ¿para qué?

Para a continuación torturarlo verbalmente y con su infame indiferencia en la soledad del carruaje compartido, que, por cierto, se ha tomado por estricto deseo de la pérfida acusada.

Esta ha sido la dinámica habitual de los perturbadores crímenes contra el pobre inspector adjunto Edward Whishaw —concluyó en tono informativo—, perpetrados con sonrojante frecuencia a lo largo del último año por la terrible Lenore Nightingale, que muy pronto será juzgada en los tribunales de Old Bailey.

Ella sacudió la cabeza, debatiéndose entre la inquietud porque se hubiera atrevido a nombrar lo que no debía ser nombrado y la inevitable carcajada.

Se le terminó escapando una estúpida risita infantil, que él, que había estado esperando una reacción apoyado en su propio regazo, celebró con una amplia sonrisa satisfecha.

Lenore lo miró controlando a duras penas la mueca de tierna exasperación.

—Inspector Whishaw, es usted de otro mundo.

—No me digas que esa es la raíz del problema; que sientes que he emigrado lejos del mapa de tu maravillosa imaginación —se lamentó chasqueando la lengua—.

Te equivocas, Lenore. Aunque haya visto mundo en mi periplo universitario y continúe viéndolo como inspector adjunto que soy, sigo ahí donde tú me pusiste un buen día.

Lenore lo escuchó con el corazón encogido.

No podía evitar despreciarlo por aludir a una realidad tan evidente como brutalmente silenciada por la paz mental de ambos...

o por la paz mental exclusiva de Lenore, a quien no se le había querido ocurrir que quizá él sufriera con su distanciamiento.

Pero, a la vez, Edward estaba en lo cierto: seguía donde ella lo puso un buen día, en su corazón y como su mejor amigo, y eso le concedía privilegios tan peligrosos como solo podía serlo que jamás, bajo ningún concepto, podría serle indiferente.

—Los dos sabemos que nunca he sido la mujer más estable —se defendió en voz baja.

Él lo desestimó con un ademán enfático.

—Forma parte de tus numerosos encantos.

Esta vez Lenore sí soltó una carcajada.

—De los cuales alguno que otro remitirá a la brujería, supongo; tengo encantos que son virtudes, y luego, aparte, conjuro encantamientos.

Una sonrisa se abrió paso lentamente en los labios de Edward.

—Un poco hechicera sí que eres —le concedió en tono comedido.

Viendo que la atmósfera iba camino de viciarse por contagio de la coquetería, Edward se reacomodó en el sitio y añadió con el propósito de distender—: Supongo que por eso ahora te interesan las criaturas sobrenaturales.

¿Pretendes hallar en el vampiro Varney algún tipo de consuelo espiritual, pequeña bruja?

Lenore vio la oportunidad perfecta para cambiar de tema definitivamente y ahondar en la cuestión que le interesaba.

En una conversación sin trasfondo que pudiera incomodarla, se sintió lo bastante serena para mirar a Edward a los ojos y hasta aceptar su invitación a bajar del carruaje cuando llegaron al número 37 de Kensington High Street.

La zona apuntaba a convertirse en un barrio residencial para familias acomodadas.

Al estar todavía en proceso de urbanización, muchas de las fachadas de ladrillo modernas ocultaban detrás amplias extensiones de campo que funcionaban como jardín; un pedazo de la campiña inglesa había sido inyectado en el corazón de la capital.

Lenore estaba segura de que el escritor había elegido la casa como hogar por la calma que se respiraba en los espacios semirrurales y no tanto para ventilar que su nuevo contrato en la revista le estaba reportando jugosos beneficios.

Lenore no había puesto aún un pie en la nueva casa de los Whishaw, pero sabía con qué podría toparse nada más cruzar el umbral.

El flamante autor de moral victoriana la recibiría con su clásico asentimiento y, exhibiendo sus modales parsimoniosos, la convidaría a entretenerle con sus últimos descubrimientos intelectuales.

Su tolerante esposa Francine procuraría desaparecer del cuadro una vez cumplidas las pertinentes cortesías.

Enfrentar la fauna juvenil, por otro lado, exigía otra clase de preparación mental: estaba compuesta por un par de hijas solteras, ambas caras opuestas de una misma moneda.

Ahí donde Ophelia Whishaw dependía del fulgor del sol para imitar su ánimo resplandeciente, era imposible seguir el ritmo entusiasta de Seraphina, la pequeña polvorilla.

—¡Eddie! —aulló una voz femenina. El eco se propagó desde el pasillo.

Lenore se giró hacia el aludido a tiempo para captar la mirada de pavor que exageró en dirección de la hermana menor. Lo vio santiguarse y murmurar «Dios me guarde».

Entonces sí se rio con gusto.